Carlos Graziani (62) es veterano de la guerra de Malvinas, padre de Franco y Cristian, y esposo de Elisa Tissera. Nació en la localidad cordobesa de San Agustín, y fue uno de los tres soldados conscriptos del pueblo que combatieron en las islas: los otros dos son Miguel Calvo y Ramón Ángel Cabrera, quien murió heroicamente en combate el 28 de mayo de 1982.
Carlitos –como lo conocen sus amigos– creció en el seno de una familia trabajadora dedicada a la agricultura y a la cual ayudó desde pequeño. Mientras cursaba el secundario en el Instituto San José, en su pueblo natal, un número nombrado por la radio lo llevó a cumplir el servicio militar: “Lo escuché por la radio y por el número que me tocó, no tenía escapatoria”, recuerda.
El 27 de marzo de 1982 comenzó la hazaña que se enmarca en la historia argentina, cuando el Regimiento de Infantería 25 comenzó a alistarse para partir desde Chubut hacia las Islas Malvinas el 1 de abril.
Al menos ese era el plan, pero en los días previos hubo una fuerte tormenta que obligó a demorar todo. Finalmente, el regimiento desembarcó el 3 de abril, el día siguiente a la recuperación.
El servicio comenzó recién arribados a Pradera del Ganso. La tarea encomendada para el primer mes fue hacer pozos de zorro, realizar guardias y descansar, labores que se iban rotando entre las tres secciones del Regimiento. “En un momento, cuando dejamos de dormir en las escuelas, los pozos pasaron a ser nuestros hogares”, asegura Carlos. Así transcurrieron los días, hasta que llegó la hora del combate.

“El 27 de mayo, el teniente Estévez nos avisó que era muy posible que tuviéramos que ir al frente”, rememora Carlos. De inmediato, los soldados pusieron sus pertenencias en un bolso y las dejaron en una casa, aunque el miedo se quedó con ellos. El fuego en el campo de batalla comenzó entre el puerto de Darwin y Pradera del Ganso, un territorio dominado por un caserío.
Al grito de “cuerpo a tierra”, los argentinos se tiraron al suelo y comenzaron a disparar. El enfrentamiento contra el Segundo Batallón de Paracaidistas Reales duró cinco horas. Los veteranos le rinden honor a su teniente Estévez, quien hasta el último segundo de vida, colaboró con los suyos. “En ese momento combatí y me olvidé de todo. Ahí te olvidás de las instrucciones, luchás por el que tenés al lado y tratás de salvar tu vida”, asegura.
Tal fue el ejemplar papel que desarrollaron los soldados argentinos de la Sección Bote, que fueron reconocidos por el historiador británico Martin Middlebrook, como los más eficaces de los que combatieron en Darwin. En esa batalla contuvieron tres avances del enemigo. Un soldado de 18 años, Oscar Ledesma, abatió en un mano a mano al jefe de los paracaidistas británicos.
Según explica Carlos, en un momento los británicos los estaban rodeando y a los argentinos se les acababan las municiones. A esa altura de la batalla, ya habían sufrido casi un 50% de bajas, entre muertos y heridos. Fue en ese momento, tras cinco horas de combate, que el subteniente Ernesto Peluffo ordenó el alto fuego y agitó la bandera blanca.
Con lágrimas en sus ojos, Carlos confiesa que sintió muy de cerca la muerte cuando terminó como prisionero de los ingleses. Un momento duro, lleno de adrenalina, mil pensamientos. Por un lado –recuerda–, la alegría de no haber muerto en combate; por otro, la incertidumbre de qué iba a hacer el enemigo con ellos. En un momento le ordenaron mantenerse en el piso, con las manos en la cabeza, pero él realizó un movimiento y lo golpearon.
De todos modos, el excombatiente asegura que no le guarda rencor a los ingleses: “Siento respeto por el otro bando. No hay resentimiento, cada uno hacía su trabajo”.
Volver
30 años después, y tras superar la barrera de ingresar a Malvinas como “extranjero”, Carlos decidió volver a las Islas acompañado de su sobrino, Pablo Altamirano, y su amigo Pablo Petroff, con la intención de “cerrar un ciclo”. Fue en 2012.
Fueron muchas las sensaciones encontradas: la felicidad de volver a Malvinas y la tristeza por lo que allí había ocurrido. La escuela y la casa no estaban más. Se encontró con vestigios de los generadores, tanques, municiones, esquirlas, palas, la goma de las zapatillas de los argentinos, lonas, cables y más.

Emocionado por sus compañeros de combate, Carlos confiesa que pudieron dar cuenta del vínculo que se forjó después de la guerra. “Nos necesitamos unos a otros, se formó una hermandad”, destaca.
El héroe cordobés cuenta que para él es un orgullo haber sido parte de la historia por defender a su Patria, y afirma que sueña con una sociedad argentina que ame a la bandera, la respete y la defienda.
También pide a los argentinos que no los denominen como “los chicos de la guerra”, sino como “veteranos” de la guerra, ya que considera a esa etiqueta como una acto de “desmalvinización” que le quita importancia a lo que fue la gesta de Malvinas y los posiciona en un papel de víctimas.