Crecimiento de los ultras, las ideas conservadoras y las oposiciones. Las consecuencias políticas a 5 años del primer decreto en el país de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (Aspo) dejó secuelas políticas, además de sanitarias, sociales, laborales, educativas y de convivencia.
El politólogo Mario Riorda consideró que “las crisis, cuando suceden, son bestiales y saquean la normalidad. Mucho más cuando son fenómenos sociales de gran escala”. Riorda enfatiza que “tras las crisis algo o todo se rompe”. Dice que “algunos tipos de rupturas se presentan como cambios a largo plazo y no como conmociones transitorias. Uno de estos ejemplos es como, en el rompimiento o cuestionamiento de paradigmas (racionales) instalados, cobran sentido las opciones alternativas, como los discursos políticos ultra”.
“El orden de lo impensable está al acecho y forma parte de la dinámica social y el trauma que suele quedar, adquiere múltiples formas. Eso fue el Covid-19, o antes, la Fiebre Amarilla. Sobrepasan los medios disponibles para enfrentarlas en comunidad. Incluyendo los recursos emocionales. El desastre se presenta y se despliega como un suceso incontenible, no controlable, que demanda condiciones que no se poseen, pero que podrían y deberían haber sido contempladas. Por eso también genera bronca o impotencia, además de incertidumbre”, reflexionó.
Para Riorda, “sin duda alguna, el Covid explicó una aceleración de los estilos políticos ultra que estaban al acecho, existían, pero eran estigmatizados. Tras esta crisis, se hicieron públicos y visibles y rompieron el estigma político previo. Como reacción, como rechazo al presente, se posicionaron con fuerza”.
“La magnitud de la crisis se asocia, intuitivamente, con la capacidad de aprendizaje social o institucional. Por convención se afirma que es sabio aprender del fracaso. El especialista estadounidense Birkland enseña que esa relación no es causal sino más bien azarosa. Quizás de eventos mayores se desprendan mayores oportunidades de intervenciones de reforma una vez sucedidos, especialmente en situaciones de desastres o catástrofes. Muchos factores dificultan el aprendizaje como la alta conflictividad y polarización en torno a creencias”, abundó, con espíritu docente.
Esto lo lleva a decir que “generalmente una crisis implica aceleración y cambio sin aprendizaje”. Esto fue el Covid, para Riorda. “Desde de la perspectiva de la psicología social, la evidencia es pesimista según enseñan los académicos de la Universidad de Cambridge Arjen Boin, Paul´t Hart, Eric Stern y Bengt Sundelius. El miedo y la amenaza quitan rendimiento intelectual. No siempre hay memoria institucional del pasado. Por lo que el aprendizaje inducido de las crisis no existe (salvo, curiosamente, de casos exitosos porque sus responsables tienen motivación a catalogar sus acciones) o bien porque hay una disposición institucional a aprender de los fracasos en algunas instituciones. Y como casi nadie lo pudo hacer bien, entonces nadie mira hacia atrás, salvo los que cuestionaron la gestión de la crisis”, aporta.
Bajado a terreno, Riorda dice que “por eso es que Milei es un emergente del proceso traumático vivido pero, a la vez, un actor que propició, en el desencanto, ser el epicentro de la frustración, y ser la respuesta a un desencanto que iba más allá de la pandemia y tenía que ver con los fracasos políticos previos”. “Fue opción -concluye- para el descontento y ser cauce para que afloren fuerzas estigmatizadas en el pasado que estaban ahí, agazapadas”.
En materia de herencia social de la pandemia, el doctor en Estudios Sociales, profesor e investigador de las universidades Católica y Nacional de Córdoba, Hugo Rabbia hace énfasis en dos aspectos que denomina el aumento de la brecha epistémica y la epidemia de salud mental.
“El aumento de la brecha epistémica en nuestra sociedad se ve reflejado en, por un lado, la revalorización del papel de la ciencia y el acceso a las vacunas y control de la pandemia, y, por otro, el aumento en la difusión y adhesión a teorías conspirativas, creencias esotéricas y desinformaciones, que contribuyen a aumentar la desconfianza en las evidencias y el conocimiento científico en algunos sectores de la sociedad”, plantea.
Sobre la epidemia de salud mental, dice que es “en parte fruto de la incertidumbre, el encierro involuntario, la crisis económica y las violencias y discriminaciones sufridas por algunas personas” y considera que “aún nos merecemos una discusión más profunda sobre cómo está impactando la crisis de salud mental en muy diversos aspectos: desde los vínculos familiares, pasando por ocasionales interacciones con otras personas en la vía pública, hasta llegar a los modos en que se ejercen los liderazgos en diversos ámbitos”.
También hubo impactos a nivel político y social. “En 18 de 20 elecciones en America Latina (salvo Ecuador) ganaron las oposiciones. Eso significa que los Estados no tienen las capacidades que la ciudadanía reclama. En 19 de 20 elecciones han ganado fuerzas políticas nuevas, alejadas de la política tradicional”, expresa la politóloga Paola Zuban.
“La pandemia mostró las debilidades de las dirigencias como fracturas expuestas. Un divorcio entre política y ciudadanía que no inauguró la pandemia, pero que se potenció por la falta de capacidad de protección de las personas. Personas que vieron trastornados sus trabajos, estudios, su vida en general”, suma la especialista.
“El miedo persiste, pero más el descontento de un estado ‘frazada corta’”, resumió Zuban.
“Desgraciadamente se perdió una bala como el aislamiento, que en algunas circunstancias puede volver a ser necesario. Esto pasó en todos los países, los que fueron más estrictos y los menos, los que tuvieron cuarentenas más tiempo y los que menos, las fuerzas política más conservadoras se han opuesto de manera enérgica a estas medidas con argumentos ideológicos. Si un 30 a un 50 por ciento de una población no respeta una cuarentena su efectividad se vuelve nula. Ojalá que no tengamos una pandemia de un virus aún más letal que el Covid porque los efectos van a ser desastrosos”, abundó, en un cruce con la política y la pandemia, el bioinformático Quiroga.
El mundo del trabajo
“La pandemia nos obligó a trabajar físicamente separados en gran mayoría de los de los industrias, de los negocios, de salvo las actividades esenciales y eso generó, por supuesto, una disrrupción, un cambio y un gusto - o llamémosle una apertura a muchas demandas históricas de los trabajadores de oficinas de cuello blanco, de la economía del conocimiento y demás, que es la flexibilidad”, reflexionó Andrés Pallaro, director del Observatorio del Futuro de Insight 21, hub de conocimiento de Universidad Siglo 21.
“Es decir, hubo un gran gustito a pesar de los momentos malos de pandemia, de decir, ‘Che, eh se acaban los traslados tediosos, se acaban las jornadas rutinarias, se acaban los controles de horarios’ y continuó bastante después de que se termine la pandemia”, explicó.
“Sí, el trabajo virtual se imponía como como criterio. Sí, la economía pudo seguir funcionando, las empresas y demás de esa forma con trabajo virtual. ¿Cómo lo vamos a seguir después si todos estamos mejor en nuestras casas con horarios flexibles y demás? Pasado un tiempo empezó a imponerse la lógica híbrida porque conectarse a las reuniones virtuales no es lo mismo que los niveles presenciales”, siguió.
El problema es a pérdida de atención en las instancias virtuales. Además, la productividad en algunas industrias empezó a sentirse la baja. Pero quedó algo. “La modalidad de trabajo híbrida es hoy como una especie de aspiracional, casi como una especie de activo para las marcas empleadoras”, valoró Pallaro.
El tema está en plena tensión. “Hay muchas compañías que creen que hay que volver a la presencialidad, que no han podido gestionar adecuadamente o no tienen datos adecuados de cómo trabaja un equipo de forma híbrida o presencial. Y esto depende mucho de cada industria. En industrias donde la oferta de trabajo es escasa, los trabajadores imponen condiciones y no aceptan propuestas si no son híbridas o virtuales. En otras industrias donde la mano de obra es más abundante y las empresas hacen uso de su de su opción de poder y imponen la presencialidad”, describió.
Para Pallaro, “el futuro está en las jornadas híbridas”. “En el diseño de la jornada laboral con cada área, con cada persona en esta oportunidad de tener flexibilidad sin descuidar la productividad, aceptando que la presencialidad es indispensable para los trabajos en equipo, para la creatividad, para las sesiones de trabajo grupal, para conocerse, para lograr eh química con la gente. Pero la virtualidad o el trabajo en el hogar es indispensable para la calidad de vida, al menos algunas horas”, consideró.
Es un desafío interesante el que se abre. “Se pone lindo el juego porque cada organización diseña sus propuestas y cada persona elige, pone en la balanza es un criterio de elección cada vez más fuerte de dónde ir a trabajar en función de estas de estas modalidades de trabajo que se ofrecen”, graficó.