No es ni será el único caso de un bombero voluntario que, sin dejar nunca su vocación de servicio en el cuartel de su pueblo, estudia una carrera universitaria y se recibe. Pero un ejemplo sirve, muchas veces, para reflejar en uno el de tantos otros casos.
Y vale la pena contarlo. A los 28 años, Marcelo Peralta acaba de aprobar su última materia de la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Todavía le quedan por delante las prácticas finales, pero el paso más largo ya está dado.
Lo singular de su historia es que durante los ocho años de cursado en la Capital nunca dejó de ser bombero voluntario en Luque, el pueblo en el que vive en el departamento Río Segundo, y al que regresó cada fin de semana para cumplir guardias, entrenamientos y reuniones en el cuartel.
“Cursar y ser bombero fue un verdadero Tetris”, resume, aludiendo al juego de ingeniero en el que hay encastrar piezas. De lunes a viernes vivía en Córdoba para cursar una carreras dura del sistema universitario. Y los fines de semana volvía a Luque, a seguir siendo bombero.
En el medio, trabajó varios años en un canal de televisión, fue ayudante alumno (ad honorem y luego rentado) y participó en investigación científica.
Ingresó a Medicina con 20 años, en 2018. No venía de una familia con tradición universitaria. Su mamá trabaja cuidando adultos mayores y niños. Su padre falleció cuando él era pequeño y su abuela se convirtió desde entonces en un gran pilar. Él mismo se sostuvo durante la carrera para no generar gastos en su casa.
Dice que desde chico jugaba a ser locutor, a ser bombero y a ser médico. Con el tiempo, esas fantasías se materilizaron. La de ser médico nunca estuvo desligada de la idea de servicio. “Siempre lo pensé más por el otro que por mí”, explica. Quizás por eso, aun en los momentos más difíciles, nunca dejó el cuartel ni la carrera.

Lo que sigue
Además del cursado, hoy está redactando una tesina sobre una enfermedad renal asociada a la diabetes y un tratamiento experimental, en el marco de un trabajo de investigación en el INICSA–Conicet.
En paralelo, continuó su formación dentro del sistema de Bomberos Voluntarios: realizó el curso de suboficiales y actualmente cursa el de oficiales jefes.
Aclara que acepta hablar de su historia “para decirles a los chicos que se puede. Que puede ser difícil, pero se logra”.
Él es, como dice, el resultado del amor de su mamá, del acompañamiento de sus hermanos y de un esfuerzo sostenido durante años. Y de la educación pública.
Ahora se prepara para iniciar la Práctica Final Obligatoria en 2026. Después vendrán la matrícula y el ejercicio profesional. Pero hay algo que tiene claro: su lugar está en el interior. “La universidad pública me formó, y eso también tiene que volver a la comunidad”, sostiene.

























