Este martes falleció Pablo Dellatorre, un referente en arquitectura comercial y en diseño, pero sobre todo en el desarrollo conceptual de importantes emprendimientos gastronómicos en Córdoba y el país.
Desde hacía algo más de un año, venía enfrentando un cáncer. El sábado 29 de marzo había cumplido 49 años.
Nacido en Olivos (Buenos Aires), a sus 7 años la familia se trasladó a San Luis, lo que marcaría su tendencia viajera. A los 20, hizo un viaje iniciático a Europa (Francia y España, sobre todo), donde descubrió su otra pasión, además de la arquitectura y el diseño: la gastronomía.
“La verdad, me apasiona trabajar en gastronomía tanto como me gusta comer y beber. Y todo se fue dando solo o quizás a partir de algún restaurante o varios que le gustaron a la gente, y luego me fueron llamando”, le había dicho Pablo a La Voz en una entrevista, allá por 2016.

Un creador de espacios
“Las primeras tres obras de Pablo fueron en lugares hasta entonces poco propensos al desarrollo gastronómico, pero su impronta también ayudó a ponerlos de moda y a que las zonas empezaran a cobrar vida a partir de ellos”, repasaba en aquel artículo.
Se trataba de Cundeamor, en barrio Jardín; Bar Adentro, en barrio Güemes, y el primer local de Rincón Nuestro, en Urca. Fueron tres locales que anticiparon la explosión como polos gastronómicos en cada uno de esos barrios.
Entre las obras que diseñó Dellatorre, en barrio Jardín se pueden citar lugares como Kantine, Wollen, la cafetería Tipy y Medialuna Calentitas. En la calle Luis de Tejeda, Manjatu Pastas, Almacén con Mesas, Pizzería Popular, Ochre y Chui. En barrio Güemes, ideó nada menos que la Galería Barrio, Alma de Pueblo (Villa Allende), Pizza Z en el parque Sarmiento, Pase Propiedad Privada (de calle Arturo M. Bas).
Una de sus últimas y más impactantes creaciones fue el restaurante Matorral, en el Cerro de las Rosas, donde había un guiño al concepto de “el Nido”, una casa emblemática que él había realizado cerca de Potrero de Garay (que quedó arrasada por los incendios de 2021).
“Nuestro éxito nada tiene que ver con cosas extraordinarias, sino con cosas pequeñas que tratamos de hacer extraordinariamente bien. Aggiornamos rincones de la ciudad, no hacemos grandes edificios, tampoco me siento capaz de hacerlos hoy, pero como la vida misma está hecha de pequeños momentos de felicidad constantes y no sólo de grandes acontecimientos, la ciudad vibra con estos pequeños rincones”, definía conceptualmente su trabajo.

“Siempre me interesó más perderme por callejones que visitar grandes edificios. Armo el escenario sin importar la obra, tenemos que diseñar escenarios para la buena vida, ya sea para descansar, trabajar o recrearse, y en eso estamos”, continuaba.
Dellatorre confesaba que si bien sus obras debían responder a necesidades reales y funcionales, no olvidaba “las necesidades del espíritu”. “Me seduce más la esfera del arte en la arquitectura que la de la tecnología, quizás pongo más sentimiento que pensamiento y racionalidad en todo lo que hago. Trato de formar un horizonte, no un blanco concreto”, explicaba.
Dellatorre trabajaba intensamente su percepción de lo que el barrio, la zona o el mercado necesitaban. “Soy consciente que me gusta mucho trabajar con libertad y hacer lo que quiero, pero evito poner el ego por encima del encargo. El proyecto es para el cliente”.

El recuerdo de sus colegas
La noticia causó un gran pesar en el ámbito de la arquitectura, el diseño y la gastronomía de Córdoba.
“Alguna vez pude sentir el aroma de la arquitectura y fue con tus obras. Ese olor que va a quedar marcado para siempre y que hoy está desparramado por todo Córdoba. Un gran artista de sacarle chispas a la vida como pocos, y de cambiárselas a muchas personas. Un distinto irrepetible, con un legado inmenso. Un creador de talentos, ayudándonos siempre a crecer. Te extrañaremos mucho porque aunque tu obra es inmensa, tu persona era más grande”, escribió su colega y socio Gonzalo Viramonte para despedirlo en sus redes.
A Dellatorre lo sobreviven su esposa Mar y sus dos hijas, Juani y Toti.