Para la historia intelectual de la izquierda latinoamericana, Las venas abiertas de América Latina (1971), de Eduardo Galeano, es el libro más importante que se publicó en ese tramo final del siglo 20 y en lo que va del siglo 21.
En abril de 2009, lo demostró el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cuando se encontró por primera vez en una cumbre internacional con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, le ofreció su amistad y le obsequió un ejemplar. En cuestión de días, tras la difusión periodística del obsequio, volvió a ubicarse en la lista de los libros más vendidos en varios países del mundo.

Se trata, para decirlo con sus palabras, de un libro sobre economía política escrito “en el estilo de una novela de amor o de piratas”, en el que Galeano se apropió del tema de su época: “el subdesarrollo latinoamericano es una consecuencia del desarrollo ajeno”, escribió.
Así, el subdesarrollo no es una etapa del desarrollo; es su consecuencia. El subdesarrollo de América latina proviene del desarrollo ajeno y no deja de alimentarlo.
De su extensa obra, acaba de reeditarse Nosotros decimos no. Crónicas 1963-1988, una compilación de 50 artículos que testimonian 25 años de arduo trabajo periodístico.
Textos que supieron transmitir, casi todos, hay excepciones, el imaginario de aquella izquierda. Un imaginario que se puede reconocer e interpretar y que, aunque hace unas décadas perdió casi todo su valor, por entonces servía tanto para explicar el presente de nuestros países y del contexto internacional como para proyectar sus correspondientes futuros más o menos utópicos.
Dignidad o imperialismo
Eduardo Galeano nació en Montevideo en 1940 y falleció en esa ciudad en 2015. Como periodista, trabajó sobre todo en las redacciones de dos revistas legendarias: Marcha, en Montevideo, y Crisis, en Buenos Aires. Su escritura se podría definir como pequeñas prosas que funden la crónica con la ficción y la historia, y el dato concreto con el símbolo o la metáfora.
En un autorretrato, afirmó: “Pertenezco a una tierra que todavía se ignora a sí misma. Escribo para ayudarla a revelarse –revelarse, rebelarse– y buscándola me busco y encontrándola me encuentro y con ella, en ella, me pierdo”.
Empezó a escribir cuando tenía 14 años y antes de los 18 ya se había vuelto cronista del movimiento sindical uruguayo. La utilidad que esa sentencia le asignó a su escritura, entonces, estuvo presente desde siempre. No sólo por su estrecho contacto con el gremialismo, sino también por los viajes que emprendió como periodista a lo largo de los ′60 y los ′70 que demostraron su temprana madurez.
La soltura con que manejaba las complejas tesis de la izquierda y su capacidad de observación de la realidad son dos elementos que llaman poderosamente la atención en estos textos.
A los 23 años, por ejemplo, viajó a China y entrevistó al primer ministro Zhou Enlai. Eran los tiempos en que una corriente de izquierda entendía que el maoísmo corregiría todos los errores cometidos por Moscú, de modo que la Revolución China rectificaría las tesis de la Revolución Rusa.
En la crónica de Galeano, el maoísmo ha salvado por igual, y sin hacer diferencias, a Pu Yi, el último emperador, y a Tan Yeng, que fue vendido como esclavo cuando tenía ocho años a un terrateniente. Ambos, en el presente del artículo (1963), se han vuelto comunistas y ese giro ideológico, que es el giro de la China misma, les ha devuelto la dignidad propia y esencial del hombre. “Ahora Tan Yeng tiene ropa y zapatos por primera vez; aprendió a leer y a escribir; trabaja ocho horas”.
Un viaje por Estados Unidos (1967), en cambio, lo puso en contacto con la “Roma de nuestro tiempo, capaz de gastar en un solo año el equivalente de la renta de Suecia para matar inocentes en Vietnam”. Estados Unidos no era simplemente un país capitalista que “se da el lujo del liberalismo”, era el imperialismo con todos sus tentáculos desplegados y lo sería por décadas: en 1980, era la fábrica de la “cultura de masas”, “que se exporta irradiando modelos de vida en escala universal” y actúa “a través de los medios de comunicación”.
Utopías latinoamericanas
Obviamente, cuando Galeano describe la realidad latinoamericana, lo que se destaca es la injusta desigualdad. En todas partes, en todos los países. Lo que cambia es la actitud política que asume la izquierda en cada uno de ellos. Es lo que permite imaginar cómo será el futuro. Cuba, en 1964, era la vanguardia, por supuesto, por la triunfante revolución, “vacunada contra el sectarismo y el dogmatismo”.
Quince años después, la Revolución Nicaragüense, “una revolución descalza”, representó una nueva esperanza. “A la revolución le sobran dignidad, entusiasmo creador y todo lo que los millones de la contra no podrían comprar, pero le faltan máquinas y repuestos, medicamentos y ropas, y lo esencial del plato de cada día: aceite, arroz, frijoles, maíz”.
Entre una y otra, aquí y allí latieron los focos revolucionarios que cambiarían el curso de la historia y Galeano viajó en 1967 a la selva guatemalteca para entrevistar a los guerrilleros y registrar hasta los símbolos del diálogo que se promovía entonces entre el marxismo y el cristianismo.
La contracara era nada menos que Juan Domingo Perón. ¿Por qué pensaba la izquierda argentina en aceptarlo como su líder si no era de izquierda?
En 1966, Galeano ya miraba todo el proceso con desconfianza: “Perón cree que cada una de las decisiones de apoyo que toma otorga mayor fuerza a las decisiones de rechazo que tomará, y este continuo zigzagueo táctico, pulgar arriba, pulgar abajo, le ha permitido sostener la hegemonía personal dentro de su movimiento y le ha brindado numerosas satisfacciones privadas en el enfrentamiento político con las demás fuerzas”.
¿Podía, ante ese cuadro general, constituir el retorno democrático de los ′80 una nueva utopía más pacífica pero más lenta, por su carácter reformista? En 1987, Galeano advertía, con testimonios, que los ciudadanos eran democráticos, pero que la democracia no aceptaba a todos los ciudadanos. ¿No hay algo de esto que sigue siendo comprobable en la actualidad, mal que nos pese? “No creo que crean en la democracia los ocho millones de niños abandonados que vagabundean por las calles de las ciudades del Brasil. No creo que crean, porque la democracia no cree en ellos”.
Por ello, un año más tarde, ante el plebiscito chileno contra la dictadura, Galeano emitió un “no” que significaba “sí a la lucha por la democracia verdadera, que a nadie negará el pan ni la palabra y que será hermosa y peligrosa como un poema de Neruda o una canción de Violeta”. Una democracia que, si bien se mira, no siempre supo sostener sus valores.
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Para leer
Nosotros decimos no
Editorial Siglo XXI
24.999 pesos