Existe una ingeniería cultural diseñada a moldearnos como argentinos. La familia y la escuela, primero; el fútbol y la política, después. Aprendemos expresiones de la argentinidad pero rara vez se explicita en qué consiste esa definición de “argentino” en la que entramos todos. El corazón más puro de la argentinidad se convierte, así, en una categoría amorfa y descuidada que se utiliza en argumentaciones execrables.
La semana pasada en el programa de streaming 540° de la plataforma Cenital fue entrevistado el diputado nacional Miguel Ángel Pichetto, para ofrecer su lectura de la actualidad. Sus declaraciones rebosantes de absolutismos mostraron una marcada preocupación por las magras políticas migratorias, que reflejan la mentalidad excesivamente generosa ante los países vecinos.
Las consecuencias de esa mentalidad, según Pichetto, también son culturales: “Te cambió la cultura, te cambió la mirada, te cambió la música. El charanguito, esa música del norte, no tiene nada que ver con la Argentina. La música de la llanura, el folklore, no tiene nada que ver”.
El charango no es un instrumento argentino por la única razón de que no es exclusivamente argentino. Es andino y, por lo tanto, Argentina lo comparte con otros países de la región. Pero Pichetto no estaba dando una lección de historia de la música argentina; sentenciaba que la música propia del norte argentino no pertenece a la tradición argentina. Es decir, detecta que nuestra inmaculada nación ha sido contaminada.
Además de incurrir en un flagrante racismo, Pichetto permite accidentalmente apelar al pantanoso debate sobre la identidad nacional.
Rotas cadenas
A fines de 2024 se editó Curso de literatura argentina (Sudamericana), que reúne las diez clases que Jorge Luis Borges dictó en 1976 en la Universidad de Michigan. Esta obra es interesante por varias razones, una de ellas es que los estudiantes no hayan sido argentinos. Esta circunstancia obligó a Borges a condensar en pocas ideas el núcleo de la argentinidad para volver comprensible la especificidad de su literatura.
Antes de abordar los próceres de las letras (Domingo F. Sarmiento, José Hernández, Leopoldo Lugones, entre otros), menciona algunos episodios de historia argentina, como la Declaración de la Independencia en 1816 en Tucumán, en la que unos señores “tomaron la curiosa decisión de ser argentinos”.
La curiosidad de ese acto radica, para Borges, en que no había claridad acerca de lo que era ser argentino. A pesar de las enormes diferencias poblaciones del territorio (estancieros, gauchos, indios e inmigrantes), se apostó por la creación y consecuente existencia de un universal nacional que incluyera a todos (no necesariamente por igual).
Más adelante, Borges explica esa curiosa decisión: “tiene que haber habido el deseo de ser distintos”. No es, entonces, poseer la quintaesencia argentina sino la necesidad de diferenciarse lo que define la pertenencia a nuestra patria. Es un querer sentirse parte eligiendo la diferencia en lugar de la igualdad.
El gran pueblo
Tal vez el deseo de ser distintos prime en todas las fundaciones de una nación. El caso es que en Argentina ese deseo se mantiene vivo, muy vivo, hasta la actualidad.
“Argentinos de bien” es una categoría desgraciadamente muy utilizada en estos días que esconde el intento de diferenciarse puertas adentro. Parecería que hay argentinos más argentinos que otros, y para personalidades como Pichetto eso se ve en la invasión musical perpetrada por el charango.
Apostar por la identidad es imposible por lo inabarcable y, sobre todo, porque exige aceptar más de una paradoja. Apostar por la diferencia entraña el problema de que arroja una identidad vacía, una vacuidad que es aprovechada como instrumento de manipulación y que implica que no hay comunión posible.
Hay otra alternativa: asumir que lo extranjero no nos es ajeno, sino que somos eso y algo más. Ese excedente puede ser nuestra crisis de identidad perenne, nuestros traumas transgeneracionales y la conciencia silenciosa de que si no hay comunión, nos devoran los de afuera.