Graham Green escribió una obra de teatro llamada El cuarto en que se vive (The living room, en inglés). Mi escritorio es algo como eso: junto con la cocina, son las piezas en las que paso más horas.
En la cocina, comiendo, escribiendo a mano, buscando datos en libros voluminosos, cocinando, cenando con Carla o amigos íntimos, viendo televisión.
En el escritorio paso los días escribiendo, contestando correspondencia, recibiendo periodistas o atendiendo cuestiones prácticas. Tiene una ventana con mucha luz, por donde veo un rosal trepador que permanece florecido varios meses al año; las cortinas son de crochet, tejidas por mi hermana Eugenia, y la reja es Art Nouveau, conseguida en un remate.
Tres de sus paredes son biblioteca; la mesa escritorio es grande y de pinotea y sobre ella tengo la computadora y la impresora, una caja de madera que era de mi padre con lapiceras, tijera y un abrecartas de Toledo, regalo de un amigo escritor.
Tengo un cuadro muy querido, pintado por una amiga que ya nos dejó, de la capilla de Guido Buffo, un mapamundi antiguo desplegado y encuadrado, un diploma, un perchero, un cuadro a lápiz de dos jovencitas con ropa de finales del siglo XIX y una foto grande, en blanco y negro de mis hermanos y mi padre, en Cabana, recién llegados a las sierras.
Los libros que guardo en esta habitación son los de consulta: de historia, de arqueología, de usos y costumbres, sobre la población africana o indígena de nuestro país, novelas históricas de otros autores, algunas escritas hace más de un siglo.
También de geografía y arte, enciclopedias y distintos diccionarios, entre ellos el etimológico y otros de varios pueblos indígenas. También revistas culturales viejas, que colecciono y algunos de los premios que me han concedido. Y una hermosa bandera argentina, regalo de una querida amiga.
La máquina de escribir con la que -hace más de medio siglo comencé a escribir, regalo de mi padre cuando dije que quería ser escritora- la conservo en el living, suplantando a la primera Continental, esa que aparece en las películas norteamericanas de los años ′40.
La computadora, para una persona de mi edad –me faltan unos siete meses para cumplir los 89- es una bendición, sobre todo para corregir rápidamente.
Sigo usando el bolígrafo y de vez en cuando, alguien me regala una buena estilográfica, aunque tengo biromes en casi todas las habitaciones, junto con cuadernos o libretas, por si se me ocurre apuntar una idea.
Me encanta internet, el mundo que nos ofrece a través de galerías de arte, páginas de literatura, contacto con otros pueblos, artículos de búsqueda, películas y series, libros inconseguibles, horrores de todo tipo, etcétera.
La facilidad y rapidez del trabajo que puede hacerse gracias a ella es increíble. A veces pienso cómo Dickens, o Balzac, o Dumas, pudieron hacer la obra que hicieron totalmente a mano.
Pocas veces como allí, aunque suelo tomarme un café, un jugo de fruta, una tónica amarga con hielo. De noche, después de cenar, a veces me preparo un whisky con hielo.
El día que no me siento creativa, corrijo o busco detalles de arte o de la vida privada de la época. Cuando estoy con la obra adelantada, que es cuando más rápido trabajo, suelo escribir tres o cuatro horas y dormir otras tantas, para levantarme y continuar así por días, hasta que pierdo la noción del tiempo.
A veces, cuando despierto y miro el reloj, no sé si son las 7 de la tarde o de la mañana. Para ese momento de la narración, es escribir o volverme loca.
Los diálogos no me cuestan. Uno de mis trucos es leerlos en voz alta y cambiar todo sonido discrepante o difícil de pronunciar. Muchos escritores no trabajan con diálogos; algunos los evitan por gusto personal; otros, me han confesado que “no les salen” o que les cuestan mucho.
Como lectora, me gusta el diálogo. Mucha gente me dice que les parece como un descanso en la prosa. En general, salvo que la obra venga muy recomendada, cuando abro una novela en la librería, y veo que no tiene diálogos, la dejo: me resultan opresivas, me gusta acercarme a los personajes a través de su forma de hablar.
Es entretenido buscar dichos populares, refranes o citas intelectuales en cartas de época o textos de consejos sociales.

























