Cualquiera que se dedique al trabajo creativo lidia con el mismo temor: quedarse sin ideas. Cuando eso sucede, hay quienes lo disfrazan con burdas copias de sí mismos y hay quienes lo asumen. Julian Barnes es de estos últimos y lo anunció durante una entrevista en ocasión del lanzamiento de su última novela, Despedidas (Anagrama).
El escritor británico de 80 años explicó en un encuentro con The Telegraph que su convicción es que se debe escribir hasta haber expresado todo lo que se necesita expresar, punto al que siente haber llegado. “Ya toqué todas mis melodías” dijo, y subrayó su llegada al ocaso con la mención del progresivo deterioro de su salud.
Hace seis años está en tratamiento por un cáncer de sangre que lo llevó a tener una nueva relación con su cuerpo y con la muerte: la creciente debilitación del primero transformó el terror de la segunda en una suspensión de las emociones marcada por la incertidumbre.
En la misma entrevista, Barnes se refiere al fin de su carrera como novelista con una constatación obvia: “No debería escribir un libro sólo porque vaya a ser publicado”.
No por obvia deja de ser una declaración relevante, especialmente por ir en contra del espíritu contemporáneo, donde la publicación parece determinar la escritura.
Menos es más
Con una importante pátina de sensacionalismo se suele decir que actualmente existen más autores que lectores.
El avance tecnológico ofrece herramientas cada vez más accesibles para hacer circular la propia obra, especialmente en los casos de autopublicación; el costo cada vez más alto de los libros impresos convierte la lectura en un pasatiempo que hay que pensar dos veces.
Visto en términos numéricos, parece haber una importante brecha. Rubén Goldberg, dueño de la emblemática librería cordobesa Rubén Libros, afirma que por mes ingresan alrededor de 80 títulos nuevos que se ajustan al paladar de sus clientes y estilo de su catálogo.
¿Quién tiene tiempo de leer tanto? Incluso después de una selección por tema o género, el número sigue siendo muy alto. ¿Para qué tipo de lector se editan tantos libros?
Hace tiempo que el mercado editorial y la literatura como arte se volvieron un asunto separado, aunque con acercamientos ocasionales.
Naturalmente se publica más de lo que se puede leer, pero la proliferación excesiva de autores se acerca a la supresión de la propia novedad, a la sobreabundancia de obras de temáticas similares que construye un terreno donde no cabe esperar ningún tipo de originalidad. Si se publica todo, no hay diferenciación posible.
Todo apunta a que la figurita que falta en esta ecuación es la del editor. Existen, claro, pero lo que nos llega a los lectores es que la mayoría de los editores siguen el olfato de lo vendible, del hit, del golpe de suerte comercial.
Saber (qué) leer
La declaración de Barnes sobre la completitud de su expresión es especialmente poderosa para los lectores. Nos enfrenta a la circunstancia de que tal vez nuestro escritor o escritora de cabecera ya dijo lo que tenía para decir y su obra bien puede ser una deuda hacia su editorial o un autoplagio.
Esa declaración nos enfrenta a la finitud creativa, pero también a nuestra responsabilidad lectora. Ante la presencia desdibujada del editor, somos los lectores los responsables de hacer la curaduría.
¿Por qué leer esta obra? ¿Qué fuerzas me llevan a elegirla entre otras opciones? ¿Tiene algún viso de novedad? Y la más difícil de todas: ¿qué espero de ella?
Tal vez para Barnes haya sido difícil descubrir que llegó a un punto final, a la última oración que agota la necesidad de toda continuidad.
Es esa misma rigurosidad para reconocer lo nuevo y detectar lo distintivo de un matiz la que debemos defender con nuestras lecturas. Es complejo, pero elimina el ruido que impone el mercado para que la experiencia lectora sea más auténtica.
























