“Luces y aparatos que se encienden o apagan, alarmas que se disparan, vehículos que arrancan solos. Voces, gritos, risas, susurros, lamentos de origen ilocalizable”, situaciones a las que habría que agregar sueños premonitorios, encuentros con videntes y espiritistas.
El libro Fantasmas de la dictadura, de la Investigadora Mariana Tello Weiss viene a poner en palabras el horror de lo espectral (o la dimensión espectral del horror) que hasta ahora permanecía en la esfera más íntima de las víctimas de la última dictadura militar argentina.
Weiss, desaparecida cuando era una bebé junto a su madre en 1976, es una reconocida investigadora sobre asuntos de derechos humanos que ha trabajado en el espacio para la memoria ex-Centro de Detención Clandestina de La Perla.
Tanto ella como su mamá volvieron al seno familiar luego de meses de búsqueda con la diferencia de que su madre estaba muerta, había sido víctima del terrorismo de Estado. Con el tiempo ella se doctoró en antropología y dedicó su estudio al campo de la represión.
Su libro oscila entre lo “comprobable” y lo “coherente”, entre lo “narrable” y lo “inexplicable”. Weiss realiza una investigación etnográfica en la que pone en tensión las distintas formas de experimentar y comprender el terrorismo de Estado: “la estable y la inestable, la racional y la siniestra, la de los hechos y la de la imaginación”.
Dice la autora en su libro: “Los cuerpos que no son entregados inmediatamente, que permanecen desaparecidos por un tiempo, los ataúdes que se entregan cerrados, los funerales que se privan, potencian los estragos de esas malas muertes en el mundo de los vivos”.
La investigación
Consultada sobre el germen de este proyecto, la investigadora asegura que fue decantando después de muchos años de trabajar en el campo de la represión y las políticas de la memoria. En todo ese tiempo era recurrente escuchar historias vinculadas con lo fantasmal.
Es que en muchos de los relatos de los familiares de desaparecidos había dos dimensiones de búsqueda, por un lado la ordinaria, la que los hacía recorrer comisarías, oficinas de abogados, iglesias, morgues o manicomios; y la otra, la oculta, que los llevaba a consultar a videntes, a espiritistas, a brujos.
“Fui anotando todas esas historias pero sin incorporarlas al repertorio de mis preguntas analíticas, eran más bien curiosidades. La posición en el sentido común y en el pensamiento académico en relación a este tema es que los fantasmas son un tema de la ficción, no existen. Eso es algo que el libro busca tensionar. No existen porque cesa la vida biológica pero no necesariamente cesa la vida social, los entramados que se dan entre los vivos y los muertos, sobre todo en los casos de las desapariciones que son muertos que no mueren del todo porque no están sus cuerpos para sepultarlos. Me interesa saber qué produce eso en el mundo de los vivos”, explica.
Entonces insiste: “Me llevó muchísimo tiempo poder construir una caja de herramientas con las cuales poder analizar la vitalidad de esos muertos. Eso terminó cuajando después de muchísimo tiempo”.
Weiss asegura que para eso fue fundamental el impulso de la socióloga Estela Schindel, quien le advirtió que ahí había un tema que sí se podía investigar desde la Antropología.
“A Partir de allí se me empezó a abrir un campo de estudios sobre eso. A nivel internacional es bastante grande. En torno a cada masacre del mundo hay un antropólogo estudiando estas cosas. En lo empírico, son extremadamente frecuentes los relatos en torno a los lugares, en torno a las fosas. Los académicos han ido elaborando estrategias de análisis para esos temas”, dice.
Asegura que entre sus miedos estaba, por un lado cómo lo iba a tomar el público académico pero también le preocupaba “que las personas directamente implicadas, las que trabajaban en los sitios o eran familiares de desaparecidos sintieran que de alguna manera se estaba cometiendo una profanación porque esos relatos formaban parte de las memorias subterráneas, íntimas, siniestras, inexplicables que muchas veces cuando uno las cuenta quedan en un lugar de ingenuidad, fantasía o locura”.
No sucedió nada de eso. Su primer artículo fue bien recibido en la Academia y también por las víctimas. Eso la llevó a conversar con una editorial española y luego con Sudamericana. Ambas, muy interesadas en publicar sobre el tema.
−Hay una tensión en el libro entre lo narrable y lo comprobable, ¿fue también una tensión tuya a la hora de escribirlo, de ponerlo en palabras?
−Desde luego fue el desafío más grande, el de poder encontrar un lenguaje que acompañara la ambigüedad que tiene la situación. Hay una antropóloga que se llama Taly Baran que dice que en muchos casos ocurre “el síndrome de Scooby-Doo” en las ciencias sociales, que es que el investigador dice que en realidad “pasa esto otro”. Pero en realidad las personas lo viven, tienen esa experiencia, esa estupefacción y tienen después la necesidad de buscarle algún tipo de explicación a la situación. Entonces hay que acompañar esas fases de la experiencia, el sobrecogimiento, el balbuceo, la duda y a veces una posible explicación a lo que pasó. Y sobre todo lo que a mí me interesaba era qué generaban los muertos en la vida social de los vivos, situar la existencia de esos muertos en lo que producen en la vida social.
Respecto a lo narrable, Weiss advierte que estas experiencias “no son lo primero que va a contar una persona cuando uno le pregunta cuál es su experiencia con la represión” y asegura que espera que hoy comiencen a hacerse otro tipo de preguntas sobre la dictadura: “Por ejemplo, ¿qué produce vivir en un país donde hay tantos muertos insepultos?”.
−Hablar sobre esto también es devolverle la dimensión humana, dolorosa al asunto que se pierde con los discursos políticos…
−Sí. Hay un discurso social sobre lo que pasó que es muy importante, nuestro país es uno de los países que en el mundo tiene la mayor cantidad de políticas de memoria. Argentina es un ejemplo que ve el mundo. Y creo que también la posibilidad de hablar sobre estos aspectos más aterradores, siniestros, tiene que ver con que se pudo construir acá una serie de certezas que pudieran de alguna manera dar lugar a hablar de este otro tipo de cosas. Nosotros en Argentina hemos llegado a ciertos consensos que no permiten que se ponga tanto en tela de juicio lo ocurrido, aunque ahora hay una avanzada de vuelta en ese sentido. Aunque se dispute el número de desaparecidos o lo que sea, son un poco irrefutables las pruebas que aportan las exhumaciones o los testigos en los juicios de lesa humanidad, eso lleva a una serie de certezas colectivas que hacen lugar a esta singularidad.
Los discursos de la actualidad
−¿Qué opinás de los discursos del negacionismo? ¿Es solo una herramienta de los políticos o tiene raíz en la sociedad?
−El negacionismo siempre es algo que está ahí a disposición, no es algo que sea de este momento, se ha expresado históricamente en casos como el argentino, como el holocausto, un montón de casos más. Al negacionismo lo fundan los perpetradores al esconder los cuerpos, las pruebas, los documentos, es fácil después decir no son 30.000, son 9.000. Ellos mismos han escondido o han imposibilitado contabilizar a las víctimas (…) Sigue siendo una perversidad y sigue abonando esto siniestro de lo que estábamos hablando, incluso el número de víctimas es fantasmal (…) Hay algo que ya se sabe y es que la memoria no se mantiene sola, es algo que hay que trabajar, que hay que relacionar con el presente y que siempre está en disputa.
Para ir a la presentación
El 3 de abril a las 18, en el Museo de Antropologías de la UNC (Av. Hipólito Yrigoyen 174).

Para leer
Fantasmas de la dictadura
Sudamericana
351 páginas
Precio: 28.999 pesos