¿Cuál es la diferencia entre historia novelada y novela histórica? Un joven que tiene vocación de escritor, y le gusta mucho leer ficción, me hace esta pregunta.
Según mi modo de ver, la historia novelada es aquella que recrea la vida y acciones de personajes reales que conformaron la historia de casi todos los pueblos de nuestro vasto mundo.
En contraste, en la novela histórica, los personajes principales son los de ficción, mientras que los reales son secundarios, pero conforman el destino de la gente común, la que siempre padece las consecuencias de guerras o cambios sociales.
En su momento de mayor auge, recuerdo la repercusión que tuvo en los lectores La princesa federal. Para los muy jóvenes aclaro, esta obra tiene por protagonista a Manuelita Rosas, y ha sido escrita por una de mis novelistas preferidas: María Rosa Lojo, que une una prosa impecable a una excelente investigación.
También guardo en la misma estantería a Ana y el Virrey, de Silvia Miguens, que me resultó muy entretenida. Pero, de aquel entonces, creo que una de las mejores obras literarias del género es Polvo y espanto, de Abelardo Arias, novela relativamente corta y que en su momento fue como un cambio drástico en el modo de novelar nuestra historia.
Si me retrotraigo a mis primeras lecturas, tengo que hablar de Manuel Gálvez: todavía recuerdo una tarde de mi adolescencia que pedí ayuda a mi padre sobre un tema de historia, y tomó varios libros de su biblioteca y los puso en mis manos: entre ellos, estaban las biografías del general don José de San Martín, de don Juan Manuel de Rosas, de Domingo Faustino Sarmiento y ese personaje legendario y tan nuestro: Juan Facundo Quiroga.
Los autores eran el mismo Sarmiento, don Ramón J. Cárcano –con dedicatoria a papá por mano propia, pues pertenecían al mismo partido político, el Demócrata de Córdoba–, don Ricardo Rojas y Manuel Gálvez, autor que supo llegar a muchos lectores.
A partir de ahí, seducida por nuestra historia y por la prosa –tan diferente de cada uno de ellos– comencé a rebuscar, primero en las grandes librerías de Córdoba, y cuando fui un poco mayor, en las librerías de usados, donde podía quedarme horas revolviendo estanterías o cajas de ofertas, textos sobre el tema.
Así descubrí a Estanislao S. Zeballos y una trilogía que no debería faltar en nuestra biblioteca y que está dedicada a tres grandes jefes indígenas: Callvucurá y la dinastía de los Piedra, Painé y la dinastía de los Zorros y Relmu, Reina de los Pinares.
De más está decir que Manuel Gálvez me sedujo con su prosa, y esos tomos, que ya tienen aproximadamente cien años de haber sido editados, descansan, encuadernados, en un lugar privilegiado de mi biblioteca.
Con ellos comencé a leer historia argentina, y más adelante conseguí otras, entre las que figuran La ciudad pintada de Rojo y la que cierra el círculo: Y así cayó don Juan Manuel.
Años después, conseguí la novela Amalia, de José Mármol, que transcurre en la misma época: nunca me entusiasmó, pero de ella extraje muchos detalles para mis novelas, como costumbres sociales, moda femenina y masculina, nombres propios, bebidas, utensilios, tipos de carruajes, con los cuales armé una pequeña enciclopedia de época a la cual todavía acudo de vez en cuando, ya sea para agregar o confirmar datos.
Gracias a que a mis padres les gustaba la historia, y no sólo la de nuestro país –tenían libros sobre la historia de países europeos como Francia, España y Gran Bretaña, y varias colecciones de Historia Universal–, es que nunca estudié esta materia en el secundario y siempre obtuve buenas notas.
Otra cosa que aprendí de ellos fue que hay que leer autores que estén a favor junto con aquellos que estén en contra del personaje estudiado, investigando a la vez autores extranjeros que puedan tener una visión menos sectaria que los propios.
Y recordando esas lecturas de entonces que me formaron, recuerdo la fascinación que nos produjo un libro de muy hermosa edición, con una portada e ilustraciones coloreadas muy atractivas que un amigo de mis padres nos regaló allá lejos y hace tiempo, de Guillermo Hudson, hermosamente encuadernado.
























