Otro Belgrano-Talleres de esos inolvidables. Y no por el show futbolero, por cierto. Pero no es menos cierto que un Belgrano-Talleres siempre es más que un partido de fútbol. Es Córdoba. Es la cultura de Córdoba. Es todo en Córdoba. Con lo mejor y lo peor de la pasión.
Y el clásico en el Gigante de Alberdi tuvo ese todo. Y el choque 405 de la historia fue habladazo, dicho en cordobés. En el antes, en el durante y en el después. Acaso por ese condimento el 1-1 del 30 de marzo de 2025 vivirá en el tiempo.
Como las de las previas. Grosos las y los hinchas. Las y los de Belgrano, con un “papelazo” para darle el colorido a un recibimiento que hacía tiempo no se veía en el fútbol argentino. Lo de los papelitos generó una movida inmensa de hinchas que durante la semana trabajaron para cortar pedacitos de papel (como los del diario La Voz, que colaboró donando ejemplares).
Grosos las y los hinchas. Lo de Talleres, con un banderazo conmovedor en el Orfeo Suites, donde el plantel concentró. Lo de esa gente es de fábula: trapos, bengalas y más para un colorido de aquellos. Lo de siempre: ese acompañamiento es mágico en la y el hincha cordobés. Las y los de Belgrano se mirarán a sí mismos. Las y los de Talleres se mirarán a sí mismos. Quienes miren de afuera verán lo mismo: hinchadas sin igual. Creativas como ninguna.
Entre los cánticos de un lado y otro, los planteles llegaron al estadio Julio César Villagra sin problemas de seguridad. El de Belgrano recibiendo amor. El de Talleres recibiendo rechazo. Lo esperable. Lo inesperado fue que hinchas de Belgrano se quejaron que desde adentro del colectivo albiazul les mostraron tablets con imágenes de las dos estrellas sobre el escudo matador. Otros acusaron que desde ese bus les reregaron imágenes de la bandera de Bolivia. Nadie confirmó esos dichos que fueron calentando a un partido que arrancaría intenso. Intenzazo, para seguir con terminología cordobesa.
Agarrones de acá. Agarrones de allá. Todas las jugadas discutidas. El árbitro Sebastián Zunino sufriendo a los jugadores. Los jugadores sufriendo a Zunino. La gente sufriendo con los jugadores y... con Zunino.
Y entonces Rick, el brasileño de Talleres que estaba “endiablado” tirando gambetas, metió ese gol que estalló las gargantas de la gente de Talleres que lo veía por TV. Y que también provocó delirio en uno de los palcos, donde estaba la dirigencia albiazul sin Andrés Fassi, el presidente sancionado por la AFA, que estaba en otro sector del Gigante de Alberdi. Rick festejaba ¿haciendo el gesto pirata? y llovían botellazos desde la “Preferencial” por parte de hinchas que no podrían haber arruinado todo. De milagro ninguno de esos envases de plástico llenos de bebida golpeó a jugadores de la “T”.
Y ese primer tiempo se fue así, con Talleres 1-0 y con el nivel del equipo de Belgrano en tela de juicio en las tribunas. Otra imagen de la tarde: Ariel Rojas, director deportivo, salió a fumar su clásico cigarrillo de los entretiempos. No pudo. Duró 15 segundos hasta que la gente lo empezó a insultar y a pedirle que se vaya, que deje su cargo.
La segunda parte del clásico mostraría a otro Belgrano. Uno puro corazón, que cautivó a su gente hasta el empate. Que se llevó puesto a Talleres. Ese Belgrano fue uno: equipo/gente. Y fue el frente. Así llegó el penal de Guido Herrera a “Uvita” Fernández. Y el derechazo fuerte al medio de arco de Jara fue imponente. Sacado. Furioso. El grito gol también. La gente quería llevarse puesto a Talleres y a la racha de 19 años sin ganarle oficialmente. Pero algunos de esos hinchas jugaron “en contra”. Se subieron al alambrado y frenaron el partido por varios minutos que ralentizaron a ese Belgrano voraz y que le dieron a Talleres el aire para llevar el trámite a una dinámica cómoda.
A esa altura de la tarde y del partido, ya todo era un drama. Un dramón. Cada jugada se criticaba. Como que a Herrera lo deberían haber expulsado por la jugada del penal.
La gente en el Julio César Villagra estaba convencida que todo Talleres hacía tiempo en cada acción. Y empezaron a aflorar esas charlas entre jugadores de uno y otro equipo. Era evidente que se ponían picantes.
La primera fue antes del penal, en la que Herrera le dijo algo a Jara y Jara se lo devolvió. Lucas Zelarayán, el capitán de Belgrano, ya no tenía con quién más discutir. Gastón Benavídez, uno de los más activos de Talleres, también le decía lo suyo a cuanto jugador de Belgrano se cruzara.
En los últimos minutos, hasta los bancos de suplentes se decían cosas. Nadie se calló nada. No hubo una jugada forcejeada que no se sintiera como si fuera la última. No era un partido de fútbol. Era una batalla por el orgullo. Era un golpe por golpe. En el sentido literal, como el que protagonizaron Gabriel Compagnucci y Matías Galarza Fonda y que terminó en la roja para el lateral de Belgrano por una agresión al volante paraguayo. Lo que se venía iba a estar mucho más caliente. Recontra caliente.
El pitazo final de Zunino generó saludos de ocasión, pero... cuando se desplegó la manga para la salida de los jugadores visitantes explotó una bronca que duró minutos. En las imágenes que mostró ESPN en sus redes sociales se vio cómo Augusto Schott le hizo señas a la platea de Belgrano y a eso se le agregó un entredicho con Federico Girotti. Pintó el tumulto. De Belgrano se quejaron que jugadores de Talleres la “chapeaban” con lo de las dos estrellas (lo dijo Zelarayán a La Voz). De Talleres se quejaron que los de Belgrano los habían hostigado. Entre esas idas y vueltas, el que se llevaba una ovación era “Santi” Longo, referente de la resistencia celeste con sus quites.
Y cuando ese asunto parecía acabado... Una parte de la delegación de Talleres la pasó mal en la tribuna. Un joven hincha de Belgrano escupió a Sebastián Fassi, vicedirector deportivo, que simplemente iba saliendo del lugar sin provocaciones. Lo que pasó sorprendió a la misma gente de Belgrano en el lugar.
Las imágenes finales del clásico fueron el silencio oficial de los presidentes Fassi y Luis Fabián Artime, aunque el “Luifa” se quejó informalmente del árbitro y de lo “que se habló en Talleres”. Y sí, este clásico fue excesivamente hablado.