Los ingenieros civiles tenemos muy en claro que somos quienes gestionamos el riesgo por medio de la optimización del diseño y de la construcción y mantenimiento de la infraestructura vial. Durante el desarrollo de los proyectos, nos basamos en tratar de minimizar los errores humanos para disminuir las causas de fatalidad. Para eso, aplicamos técnicas como separación física de carriles en diferentes sentidos de circulación, duplicación de calzadas (sobre todo para sobre paso en caminos de montaña), determinación de velocidades máximas de circulación, las que tienen directa relación con el diseño geométrico de la vía (radios de curvatura, pendientes y visibilidad, señalización clara horizontal y vertical), diseño de intersecciones que ordenan el flujo (semáforos, rotondas) y de reductores de velocidad, complementado con tecnología de control.
Además, ante una alta siniestralidad en determinados tramos, analizamos los puntos críticos a fin de introducir mejoras que permitan disminuir los riesgos. A pesar de todas estas precauciones, la Seguridad Vial enfrenta una crisis global, donde se destaca que la mitad de los fallecidos son usuarios vulnerables (peatones, ciclistas, motociclistas). Córdoba en particular no se encuentra exenta de esta triste realidad.
Si bien las estadísticas muchas veces se centran en el registro de las muertes, hay que poner atención en las alarmantes cifras de sobrevivientes con secuelas de por vida. Si bien la Ingeniería Vial es crucial para reducir estas cifras, ya que actúa como una contención física que tiene como norte mitigar las consecuencias de los errores humanos, el enfoque es multidisciplinario y debe enfocarse también en la educación el control.
Por este motivo, las políticas públicas de educación vial y los programas de control de la velocidad y alcoholemia tienen un papel clave en los esfuerzos para mejorar los indicadores de Seguridad Vial.
























