Las dos últimas películas de la competencia ya se han proyectado. Que estén en una competencia que presume tener jerarquía es incomprensible. Una es tan anodina como olvidable y se llama Yo (Love is a Rebellious Bird). La otra es de una impericia escalofriante: Josephine no es otra cosa que un compendio de atrocidades microscópicas con fines didácticos. Como la nieve, después de una mañana de sol, se derretirán sin haber dejado rastros. Es inexplicable que dos películas objetivamente mediocres ocupen el lugar de muchas que no están y algunas que sí están, pero en otros espacios.
¿Por qué London de Sebastian Brameshuber, y Geunyeoga doraon nal, de Hong Sang-soo, ambas exhibidas en Panorama, no estuvieron entre las 22 de la competencia oficial? Películas hermosas, títulos que mejoran el cine y la vida de los espectadores.
Uno de los grandes temas del cine de todos los tiempos es la amistad. Destacable invención de nuestra especie, la amistad puede ser filmada de muchas formas, porque es un modo de asociación afectiva que tiende a desconocer reglas precisas. Lo único interesante de Yo (Love is a Rebellious Bird) consiste en que el retrato que una amiga hace de la otra está signado por la distancia generacional. 49 años de diferencia es un punto de partida fascinante, pero desperdiciado por un atolondrado amontonamiento de recursos “artísticos” que tal vez estimulen al nervio óptico, pero no mucho más.
Anna Fitch y Banker White dirigen; Anna está detrás y delante de cámara, junto a Yo, su amiga suiza que nació en 1924. Casi toda la película, la casa en la que esta vivió por más de 40 años es el lugar elegido, a veces en juego con una reproducción en miniatura de ese mismo hogar que sirve para dinamizar los fragmentos filmados por mucho tiempo. Hay curiosidades en la biografía de Yo, pero el método de indagación es más que nada un método de enumeración. Yo intentó estudiar Bellas Artes, probó LSD y tuvo un viaje espantoso, experimentó un amor destacado y nunca dejó de fumar cannabis. Parecen temas suficientes para desarrollar un relato, pero en la película permanecen como la potencia de algo que habría podido ser interesante.
Josephine lleva la firma de Beth de Araújo. Se ciñe a una violación que tiene como testigo a una niña. El trauma no es acá el de la mujer ultrajada, sino el de Josephine, la testigo, quien por su edad no tiene recursos simbólicos para comprender qué fue lo que presenció. El relato incluye en el final el juicio al perpetrador, pero se circunscribe esencialmente a observar el desarreglo emocional de la niña y la incapacidad de sus padres para encontrar un modo de abordar un acto semejante.
Cualquier desgracia se puede filmar, pero la pregunta para todo cineasta es siempre la misma: cómo (en la respuesta puede vibrar, además, un “¿por qué?”). Tan solo el modo elegido para mostrar la violación ya no parece contemplar la fuerza retórica del fuera de campo, el anuncio de un problema metodológico constante.
Es que hay otras decisiones de puesta en escena insólitas (el uso de ciertas subjetivas para otras escenas de sexo, la representación fantasmal del violador que merodea por la casa de Josephine) y un guion sobrescrito que pretende explicarlo todo.
Película ideal para instalar el debate sobre la masculinidad violenta en escuelas perezosas a la hora de seleccionar estímulos cinematográficos. Película no ideal para festivales de cine que pretenden reunir lo mejor del cine contemporáneo para discutir no solo lo que ocurre en el mundo, sino también para preguntarse qué es el cine.

























