Estrictamente, la única película latinoamericana de la competencia oficial es mexicana y se titula Moscas.
La dirige Fernando Eimbcke, el cineasta mexicano más amable de los independientes, aquel que comenzó su carrera con Temporadas de patos a principio de siglo y nunca participó de la sordidez a la que tantas películas de su país recurren como estilo de representación donde se supone que la exposición gozosa y en primer plano de lo atroz va de la mano con la osadía, el talento y la verdad.
El lugar que tiene Moscas en la competencia es parecido al que ocupó el año pasado El mensaje, del cineasta argentino Iván Fund. Película delicada con un niño como protagonista en la que se observa desde la perspectiva de la infancia un asunto que no es de niños.
Lo primero que pasa en Moscas pertenece al sonido. La pantalla permanece en negro, pero el sonido inconfundible del insecto se impone. Las moscas existen, es lo que molesta.
En el departamento vive Olga, que no tiene mucha tolerancia a los ruidos, empezando por el de las moscas. Es una mujer solitaria y su afición cotidiana principal consiste en jugar con la computadora al sudoku. Ese orden doméstico es trastocado cuando alquila una pieza a un hombre que sin decirlo lleva a su hijo a escondidas por unos días.
El departamento está a unas cuadras del hospital en donde está internada la mujer del inquilino temporario. Tarde o temprano, Olga y el niño se ven obligados a interactuar, y lo que sucede entre los dos es indiscutiblemente hermoso.
En las películas de Eimbecke, la distancia intergeneracional entre los personajes es habitual y por esa razón estos se disponen a situaciones impropias del mundo que conocen.
En la interacción entre Olga y Cristian, y en el caso del niño con otros personajes ocasionales ligados al personal del hospital, es donde Moscas descubre en los pequeños actos un abecedario emocional con el que se forman palabras como soledad, desamparo, fantasía, necesidad, afecto.
Esto se puede observar en la forma en la que se incorpora a la trama un viejo juego electrónico que es un nexo inesperado para Olga y Cristian.
En ese recurso, además, puede constatarse la inteligencia sensible de un cineasta que puede aunar un saber de la infancia que se piensa desde la visión de un adulto y una memoria de la infancia que aún vive en el adulto.
Esa maquinita para jugar es lo más parecido a un medio para viajar en el tiempo y una distracción eficiente para atenuar el dolor y liberar la imaginación.
Bastián Escobar es el niño, Olga es interpretada por Teresita Sánchez, la mejor actriz mexicana de la actualidad, la misma que resplandece en otra de las grandes películas de esta Berlinale, El resto es ruido, de Nicolás Pereda, exhibida en una sección paralela. Pereda, otro cineasta que jamás abrevó en la crueldad y que ha contado con Sánchez en casi todas sus películas.






















