No creo haber sido la única que en los últimos días vio sus redes sociales inundadas de imágenes estilo Ghibli. Cualquiera pudo sentirse parte de ese universo hoy representado por Hayao Miyazaki, gracias a una herramienta despreciada por este mismo ilustrador: la inteligencia artificial. Además del hartazgo visual, este fenómeno tuvo severas consecuencias ambientales.
En el pico del fenómeno, Sam Altman (CEO de Google) pidió a la población mundial que frene un poco con la generación de estas imágenes porque los servidores de ChatGPT necesitan descansar. Fue como pedirle peras al olmo, porque ¿cómo puede un individuo excitado por la moda ser considerado del trabajo que hace una maquinita incomprensible situada del otro lado del mundo?
Mucho más contraintuitivo resulta el hecho de que esa tierna imagen suya con sus hijitos ghiblizados demande una ridícula cantidad de agua potable, esa que escasea en todo el mundo y que es candidata a convertirse en motivo de guerra mundial.
Modelos como ChatGPT y DALL-E exigen que sus servidores sean refrigerados con aire o agua, pero esta última es más efectiva. Se estableció la siguiente ecuación: 100 palabras generadas por ChatGPT requieren 500 mililitros de agua. Si esta columna, por ejemplo, se hubiese hecho con el ChatGPT (juro que no es el caso), habría costado tres litros y cuarto de agua.
Unos pocos
En 2022 Thomas Piketty pronunció una conferencia en París, editada luego como Naturaleza, cultura y desigualdades (Anagrama, 2023). Allí comparte importantes datos estadísticos que evidencian la enorme desigualdad económica del mundo y la urgencia que reviste trabajar en serio en pos de la redistribución de la riqueza.
Lo interesante de su enfoque es el modo en el que incluye otras variables para pensar la desigualdad, como la educación y, especialmente, la relación del hombre con la naturaleza. Un camino genuino hacia una mayor igualdad debe ser, necesariamente, ecológico; y a la inversa: una verdadera solución al calentamiento global no puede soslayar una reducción drástica de la desigualdad económica.
Estas variables se unen a partir de una constatación rápida: los países que concentran la mayor riqueza son aquellos que más contaminan. Las obscenas asimetrías que registra Piketty tienen consecuencias que no son para nada asimétricas, en realidad lo son en sentido inverso.
Los efectos del calentamiento global acaban con la vida de quienes no están en la minúscula porción poblacional que concentra toda la riqueza del mundo.
Futuro
A partir de Piketty se iluminan dos aspectos escondidos en el fenómeno de la ghiblización mediante IA.
Por un lado, se corrobora el legado colonial que Piketty halla en la base de las estructuras de las desigualdades. La porción que concentra la riqueza vive en el hemisferio norte, de donde surgen esas modas tan atractivas que implican ceder nuestros datos a las empresas acopiadoras de información, y que demandan un uso desmedido de un recurso natural que vienen a buscar a nuestro hemisferio.
Por otro lado, también se corrobora la existencia de una élite de conocimiento que atenta contra la justicia social. Esos tecnicismos innecesarios, propios de una illusio bourdiana que sostienen el prestigio del mundillo tech y, recientemente, de los ases de la economía, atentan contra la democratización del saber que rige la vida de todos.
Esa élite de expertos que, ¡oh casualidad!, forman parte de Google, Meta y Microsoft se comprometieron a disminuir su impacto ambiental para 2030.
Todavía no han explicado muy bien cómo, o al menos no han democratizado ese saber a nosotros, los que a jugamos con el ChatGPT por curiosidad.
En el terreno de la educación, la IA produjo retrocesos importantes y especulaciones delirantes sobre la sustitución del rol docente. Ahora empieza a sonar más fuerte la profundización del impacto ambiental que corre más rápido que la búsqueda de una solución.
De reproducirse las modas que exacerban el uso de la IA, nos encontraremos más rápidamente con un futuro en el que seremos brutos, pobres y sedientos.