Desde la conferencia de prensa del 12 de febrero, cuando Wim Wenders intentó cortar lazos entre cine y política, todos los días hubo algún pronunciamiento, declaraciones injuriosas y firmas de cineastas y estrellas expresando desacuerdo.
El test Wenders fue un clásico en casi todas las conferencias de prensa. La pregunta insidiosa nunca faltó. Es comprensible. La censura no existe, porque en teoría se puede hablar de todo, pero tomar la palabra y decir en serio lo que se piensa puede acarrear consecuencias imprevistas; quienes de verdad ejercen la osadía son realmente poquísimos.
Qué es lo que de verdad piensa Wenders, no lo sabemos; no es imposible que haya sido del todo sincero en sus declaraciones.
Todavía faltan dos películas de la competencia; se proyectan en las próximas horas; sin embargo, ninguna de las otras 20 dice algo del malestar de nuestra época.
Puede haber alusiones, temas secundarios que se deslizan sin estridencias. Si un antropólogo extraterrestre tuviera como única evidencia las películas de la Berlinale y quisiera a través de todas deducir qué sucedía en la Tierra en el año 2026, la perplejidad sería toda suya.
No hay rastros del presente; apenas algunas huellas, y de las menos acuciantes. En este sentido, pareciera que el cándido credo –llamémosle así– de Wenders se refleja en la programación de la competencia. Si el cine es el arte del presente, el presente en el cine de hoy es opacidad y ausencia, y entonces hay un problema crítico en el presente del cine.
Siempre es bueno ver cine hecho en África, el continente cuya representación suele aportar pruebas de la ignorancia de los occidentales. Soumsoum, la nuit des astres, de Mahamat-Saleh Haroun, se acaba de estrenar en la Berlinale.
Es bueno recordarlo: el cineasta de Chad no es un advenedizo; tiene varias películas en su haber, algunas muy buenas, como Daratt y El hombre que grita. La dimensión de lo fantástico es la novedad en su nueva película, donde las mujeres ejercitan una desobediencia admirable frente al poder administrado por los religiosos.
El argumento: una chica muy joven tiene visiones sobre el pasado y el futuro. En septiembre de 2024 entrevió que su comunidad podía dejar de existir. No es la única con tales poderes, e incluso es posible que su madre también haya sido una vidente.
Tales condiciones psíquicas en una aldea típica de África central, organizada y administrada por el poder religioso de los hombres, no es una situación cómoda. Una amiga lo dice muy claro: “No existen las brujas”. El relato se ciñe estrictamente a observar cómo Kellou asume su lugar en la aldea sorteando los obstáculos de una comunidad que se rige por autoridad y funciona por obediencia.
En una escena fundamental, el profesor llama al frente a la joven para que sintetice Astonishing the Gods, una novela de Ben Okri que versa sobre lo invisible.
Se ha buscado caracterizar algunas de las piezas literarias del escritor nigeriano como “realismo mágico”, etiqueta exotizante que los europeos suelen adherirles a quienes, fuera de Europa, practican lo que puede ser sintetizado con más justeza como formas especulativas o narrativas de metafísica filosófico-literaria.
Okri rechaza aquella lectura generalizante, chapucera, incluso ofensiva. Habrá quien quiera aplicársela a esta película, con su representación del mundo de los invisibles.
También se estrenó en competencia la película más querible del festival, The Loneliest Man in Town, de Tizza Covi y Rainer Frimmel. El hombre que está más solo que nadie en la ciudad, al que alude el título, es Al Cook, que interpreta a un músico de blues que puede ser él o un doble con una vida muy parecida.
No se trata de un documental, pero Cook juega con su trayectoria, y la pareja que dirige saca provecho de la experiencia del músico de 80 años para retratar una época que se evanesce.
En el corazón de todo, el drama consiste en una especie de mudanza forzada. Cook es el dueño de un departamento ubicado en un edificio que quieren demoler; los otros dueños y habitantes ya se han ido. Se tendrá que mudar, por las buenas o por las malas. La gentrificación avanza. El consuelo es vender todo y viajar a Misisipi, la tierra de Elvis.
La pivellina era hasta ahora la película más conocida de la pareja. Pero The Loneliest Man in Town está destinada a ser un pequeño hit de festivales y carteleras.























