Domingo, 22 horas. Llegué de trabajar con la noticia de que se había estrenado lo que prometía ser una comedia romántica: Gente que conocemos en vacaciones (2026).
Decepcionada de películas anteriores que se vendían como tales y resultaban ser malísimas, por falta de comedia o por falta de romance, prendí el televisor y me dispuse a verla.
En poco menos de dos horas que pasaron demasiado rápido como para sentirlas, este filme me dio todo lo que buscaba. Tiene los elementos necesarios para ser una gran comedia romántica, casi como “las de antes”: friends to lovers (de amigos a amantes), un casamiento en el que los protagonistas se van a encontrar y un beso bajo la lluvia.
¿Es cliché? Obvio, pero no representa ningún inconveniente. Es más, podría decir que esa es justamente la gracia de este tipo de películas. Lo predecible se vuelve un factor clave en la búsqueda de confort. Sin embargo, eso no significa que sean banales o superficiales.
“Las de antes” presentaban tramas y personajes sencillos, con los que cualquiera podía identificarse fácilmente. El ritmo era tranquilo, no pasaban mil cosas por minuto, ni se sentía la necesidad de que pasaran. El simple hecho de saber que iba a haber un final feliz era suficiente.
Últimamente, las rom-coms pegaron la vuelta. A partir de la década de 2010 hubo una decaída en su producción. Las pocas que continuaron en carrera se volvieron más críticas de sus antecesoras, poniendo atención en algunas cosas que en su momento aceptábamos como normales, pero que, con el diario del lunes, entendemos que no estaban del todo bien. ¿Cómo se atreven a decir que Renée Zellweger en El diario de Bridget Jones (2001) es gorda y por eso no tiene pareja?
Otro factor puede ser que ahora se les da más lugar a creadoras (productoras, directoras, guionistas, creativas) mujeres.
Muchas de las películas comúnmente consideradas “para mujeres” no son hechas precisamente por las mismas. Es el famoso male gaze (mirada masculina), un concepto de la teoría feminista que explica cómo las mujeres son representadas en la cultura desde una perspectiva masculina, heterosexual y cosificadora.
Probablemente, esto sea con el fin de saltar la barrera de la banalidad y de lo estereotípico. Cambiar el paradigma y hacer que las películas “para mujeres” dejen de ser más que un fotomontaje cursi habla de un signo de época.
Revival
Época que ya quedó en el pasado. Todo es cíclico y los estilos de vida también. Con el álgido clima económico, político y social, el regreso a los valores tradicionales es inminente.
Pareciera que todos (o mejor dicho todas) queremos un final digno de un cuento de hadas: el matrimonio, la casa, los hijos, el “felices por siempre”.
Lo que en algún momento de la última ola feminista se pensaba como una elección voluntaria y consciente, se transformó nuevamente en el deseo por default. No es novedad la viralización de las trad wives, el aumento de los casamientos y la tendencia de estéticas religiosas como en Lux, el último disco de Rosalía.
Por otro lado, las empresas cinematográficas se percataron de que había que competir contra franquicias como Marvel o Star Wars, que no paran de crecer y llenarse los bolsillos año a año.
Pero más allá de eso, la idea es reivindicar las comedias románticas. Son producciones sencillas, lineales, sin grandes efectos especiales.
Lo único que podría resultar costoso son los actores. Porque sí, admitámoslo; no producía el mismo nivel de emoción ver un póster con Hugh Grant o Julia Roberts como protagonistas que uno con actores no reconocidos.
Sin embargo, eso está cambiando con los nuevos paradigmas. Las productoras apuestan cada vez más por caras nuevas.
Algunos casos son A todos los chicos de los que me enamoré (2018) o Rojo, blanco y sangre azul (2023).
Evolución
Respecto a las comedias románticas, estamos en un punto en el que la nostalgia noventera y el pensamiento crítico se mezclan y conviven en armonía.
Gente que conocemos en vacaciones es el ejemplo perfecto. Combina un estilo de narración que siempre funciona, actores (hegemónicamente lindos), pero nuevos, tiempos rápidos y elementos clichés. Un poco de esto y un poco de aquello. No es reemplazo, es equilibrio y adaptación a los tiempos que corren.
Si bien las comedias románticas nunca se fueron, ahora se están instalando con más fuerza. Siempre existieron, mejores o peores. Lo que importa en este momento es la cuestión de la visibilidad.
Las historias de amor que nos proponen reírnos de nosotros mismos y de la vida en general, como A él no le gustas tanto (2009) o Enamorándome de mi ex (2009), siguen aportando algo de ternura al mundo. Simplemente que ahora mutaron, y seguirán mutando. Como dije antes, todo es cíclico.
¿Será por la nostalgia que nos lleva a pensar que todo tiempo pasado siempre fue mejor y queremos volver a vivir historias como las de Mujer Bonita (1990), Cómo perder a un hombre en diez días (2003) o El descanso (2006)?
O tal vez, el contexto social es tan cruel y hostil que estamos desesperados por un final feliz (propio o incluso ajeno) que nos haga creer en la bondad del mundo una vez más.


























