Los análisis sobre las tareas de cuidado ponen de manifiesto un tipo de relación entre personas: unas asisten para que otros produzcan. Sobre esta estructura se montan desigualdades de género y clase, que se maquillan con eufemismos para lavar culpas. Este fue el caso de Calu Rivero y su búsqueda de niñera, que trajo nuevamente el tema a la conversación.
El anuncio de la actriz desencadenó críticas especialmente por las palabras que emplea para disipar el tufillo a explotación. Amparada en una metafísica que induce al desarrollo espiritual en lujosas residencias de la costa uruguaya, solicita una niñera dispuesta a trabajar de sol a sol.
Tiene que ser tan nómade como su familia, que organice sobre la marcha pero que también fluya, que antes que trabajadora sea un alma viajera mágica con inclinación a la vida de campo.
Caritativamente se puede asumir que el salario es proporcional a las exigencias, además del valor agregado de estar junto a una familia cool. La niñera estará cerca de famosos de primera línea, viajará por lugares bellísimos y vivirá en la ilusión de ser un poco como Calu y su pareja, Aito de la Rúa, porque después de todo viven lo mismo, ¿no?
Más que un trabajo, parece una explotación dorada.
Carga moral
Alizée Delpierre es una socióloga francesa que durante meses trabajó como niñera de familias ultramillonarias. Durante ese proceso de investigación, conoció de primera mano sus excentricidades y escuchó historias del personal doméstico que recopiló en Servir a los ricos (Península), recientemente traducido al español.
Los testimonios y el análisis de Delpierre muestran otra forma de dominación que se aleja del imaginario popular por su brillo cegador, de allí el término “explotación dorada”. En el fondo, se reproducen los eternos estereotipos raciales y de género: los hombres son mayordomos, choferes o jardineros; las mujeres, niñeras o sirvientas según su nacionalidad.
Entre las excentricidades se cuenta el caso de un jardinero obligado a hablarle a las rosas para que crezcan mejor, o el de las mucamas que despiertan a la familia cantando a coro una canción.
Ni para los empleadores ni para los empleados estas costumbres son excesos. A los primeros les parecen necesidades vitales para poder reproducir el dinero y sostener su estatus; para los segundos, es su trabajo y también una forma de sentirse indispensables y agradecidos.
Se establece, así, no una relación laboral (a menudo informal) sino una relación de deber moral. Los sirvientes deben lealtad y compromiso a sus jefes, ya que ellos los acogen a pesar de ser inmigrantes o de no tener estudios, es decir, se sienten salvados.
Además de un salario que duplica el de una empleada doméstica promedio en Francia, reciben costosísimos regalos de marcas como Rolex, Gucci y Chanel. El problema es, claro, que los empleados no tienen tiempo de usar estos tesoros; no tienen días libres para pasear, construir amistades o una familia.
Sin Dignity
Estoy segura de que para Calu esa niñera será como parte de la familia, de la misma manera que una señora millonaria entrevistada por Delpierre dice de la mucama con la que vive desde hace 40 años: “La quiero como a una hija, pero es la sirvienta”.
Buscar a una persona mágica y nómade para un trabajo hace que esa persona se sienta especial y única.
Se oculta que esa persona tiene derechos laborales, que pertenece a un sindicato y que su salario está estipulado por leyes que son para todos iguales. Es decir, es aislada del poder colectivo para formar parte de una familia que puede despedirla si así le parece.
Pero hay un nivel de gravedad aún mayor. Los casos de Delpierre y la expectativa de Calu hacia su niñera no encarnan una dominación física como la del esclavo con grilletes. Es peor todavía porque, al consolidarse en el plano de la voluntad, resulta imperceptible: se espera que la explotación no sea sufrida sino deseada.