El 8 de enero de 2016, hace extactamente 10 años, David Bowie cumplía 69 y editaba Blackstar, un disco brillante que a todas luces fue un réquiem para sí mismo.
En este sitio, el relevamiento crítico de esa obra hablaba de desasosiego, de una estrella que se confesaba impedido, que atestiguaba el devenir del mundo sin poder desarrollar ningún tipo de sensibilidad al respecto. En ese sentido, el título fue categórico.
En Blackstar se oye a un Bowie desesperado, como intuyendo su propio final. Pero a eso lo entendimos cuando éste (su propio final) finalmente (valga la redundancia) se produjo el 10 de enero de 2016, sólo 48 horas después de la publicación de la obra.
Antes de eso, y haciendo caso omiso a un diagnóstico de cáncer de hígado sobre el que pocos habían reparado, el análisis más certero podía aludir a un nuevo terremoto de alter egos para estetizar la muerte, el destino inexorable que nos cabe e iguala a todos.
En La Voz publicamos la review de Blackstar el mismo día de su lanzamiento, dado que la multinacional editora nos lo había adelantado en exclusiva. Por lo expuesto, y por la discreción con la que Bowie se manejó en sus últimos días, la muerte se interpretó como un disparador más que como una amenaza concreta y cercana.
La crítica de Blackstar de La Voz, publicada el mismo día de su aparición
Hace exactamente tres años, cuando presente y futuro eran inciertos, David Bowie anunciaba nuevo disco de forma repentina. The Next Day, la obra en cuestión, se publicó el día de su cumpleaños sin casi pista que lo anticipase, algo que se consideró un milagro en esta era de plena interacción virtual.
Ningún posteo, ningún tuit, ningún músico resfriado filtrando información. Nada, sólo la música abriéndose paso de repente. Pero esa música obedecía a un cómodo clasicismo, muy lejos de corresponderse con esta estrategia promocional revolucionaria.
Para Blackstar, el 25° disco del británico que sale este viernes al momento de su cumpleaños 69, la difusión fue más convencional. Videos a modo de corte que insinuaron perfectamente el contenido del álbum, que aquí podemos adelantar en exclusiva.
Pero antes de eso, queda concluir que la primera estrategia era para este Blackstar, mientras que la más reciente armonizaba con del pasado The Next Day. Porque Blackstar es un antojo que se percibe amenazante, misterioso, torturado. Algo que abandona al Bowie que se sumía en el desconcierto cuando no lograba “sintonizar” con los tiempos y que reencuentra a aquel que se establece un nuevo estándar sin proponérselo.
Blackstar, el tema, lo corrobora en la apertura, revelándose como una suite que con sus 9.55 minutos casi empata la duración de Station to station, la canción más larga que el artista publicó en vida.
En esta creación de estructuras cambiantes, que cruza electrónica sincopada con movimientos free jazz y tiene un interludio que antecede a un funky siniestro, Bowie se refiere a alguien que pisa tierra sagrada y lo ejecutan sin más. Y también le opone el sustantivo “blackstar” a “popstar” y “gangstar”. Muy críptico, muy polivalente. Muy de una cinematografía davidlynchiana.
Para esta versión, que si bien es singular no se aparta de referencias a su etapa berlinesa (la que fue de Low a Heroes) o a otra más cercana que entregó el distópico Outside, Bowie ha trabajado con el saxofonista Donny McCaslin y el baterista Mark Guiliana.
De antecedentes jazzeros, estos músicos comulgan de maravillas con la enrarecida atmósfera general, que tiene a Bowie afrontando un canción de titulo pop (Girls Love Me) pero dueña de un ritmo marcial y una letra que le exigen un manejo teatral de la voz.
A propósito de teatral, Lazarus, compuesta para la adaptación en Broadway del libro The Man Who Fell to Earth, parece recorrer la parábola artística-existencial de un Bowie que quiso (y pudo) trascender su identidad formal.
Como en la década de 1970, la de la purpurina y la mirada intoxicada, Bowie vuelve a ser un alienígena, aunque ahora uno que ensombrece la expresión porque, supuestamente, está en peligro y no tiene qué perder. Aquí, el recurso es acudir a modos de Scott Walker para serpentear elegante sobre un entramado grisáceo de saxos y sintes.
Este tono de desasosiego se impone hasta en temas dulces como Dollar Days (lo más formal del disco, aunque preserva aires avant garde) y el cierre I Can’t Give Everything Away, donde el escepticismo se radicaliza al punto de que Bowie se siente un impedido en varios aspectos. Hay que oírle cantar versos como “sé que algo está muy mal” y “ver más y sentir menos”.
Otro detalle indisimulable de Blackstar: la extensión de su tracklist, que en siete canciones sienta posición ideológica – emocional de manera más categórica que su extenso precedente, el ya citado The Next Day. Si este tipo de lanzamientos tiene lugar cada tres años, no hay conflictos con que Bowie mantenga firme su decisión de no salir de gira nunca más. Por otro lado, un estadio no serviría para representar esta obra que destila desesperación.
Lazarus, la canción profética
Este pasado miércoles, el 10° aniversario le cupo al clip de Lazarus, acaso la canción en la que Bowie más profetizó su muerte. Es que su letra abre con “Look up here, I’m in heaven. I’ve got scars that can’t be seen” (“Mirá aquí arriba, estoy en el cielo. Tengo cicatrices que no se pueden ver“), acaso una referencia al cáncer que lo consumí de a poco, y se aproxima al final con “This way or no way, you know I’ll be free. Just like that bluebird now, ain’t that just like me?” (“De esta manera o de ninguna manera, sabés, seré libre. Como ese pájaro azul, ahora, ¿no es eso propio de mí?)”.
Lazarus fue el motivo central del músical que Bowie estrenó en Broadway en noviembre de 2015. Tal como señaló la crítica reproducida arriba, lo pensó como secuela de su película clásica de culto The Man Who Fell to Earth, donde interpretó al protagonista Thomas Jerome Newton.
Los cuadros narrativos estuvieron reforzados por algunas canciones clásicas de Bowie, aunque en otros se destacaron algunas nuevas. Lazarus fue la más resonante entre estas.
Este miércoles, la cuenta oficial de Bowie en Instagram reprodujo palabras del director Johan Renck, que también realizó el clip de la canción que da título.
Renck: “Uno sólo podía soñar con colaborar con una mente como esa; y mucho menos dos veces. Intuitivo, juguetón, misterioso y profundo... No tengo ganas de hacer más videos sabiendo que el proceso nunca jamás se vuelve tan formidable y satisfactorio como fue este. Básicamente he tocado el sol”.

























