La pantalla se dividía en dos. Córdoba ardía bajo el sol de la siesta. Buenos Aires también. Nicolás Testoni aparecía del otro lado con esa mezcla de serenidad y electricidad que le conocí hace años, cuando tocaba con Nina y yo todavía intentaba entender qué era exactamente lo que pasaba en el under cordobés.
Era, quizás, 2015. O por ahí. La vida nos llevó por otros caminos, pero cada tanto volvía a esa banda que, con acento cordobés, llenaba Nicetos sin pedir permiso.
Hoy, Nicolás está detrás de Proyectiles, un proyecto punk que verá la luz el 20 de febrero con la presentación de su vinilo en Tresca vinilos y copas. No habrá Spotify. De hecho, no habrá ninguna de las plataformas. Solo 100 copias físicas, de las cuales 70 están en Argentina. Las otras 30, en Europa. Esta decisión no caprichosa es un estandarte.
“Cuando llegás a los treinta y pico, volvés a tus raíces”, dijo. Y en su caso, esas raíces huelen a adolescencia, borcegos, remeras rotas y tardes entre “punkies” del barrio. Después vino Nina. Mucha actitud, y mucho descontrol, que terminó con la partida de Testoni a México. Allí comenzó a gestarse otro proyecto, Belún, con canciones folk psicodélicas. Sin embargo, aún había algo que tenía que salir.
“El punk volvió”, afirmó Nicolás, y agregó: “El rock está fuerte otra vez. Todo lo que pasó con el trap, el reggaetón, esa mixtura medio rara, iba a cansar”. No hay desprecio en su palabra, sino una especie de diagnóstico. Él cree en los ciclos, que cuando el entretenimiento se vuelve superfluo, algo más formativo regresa. “El rock siempre tuvo una postura de educar. Te invita a frenar y a pensar. No es solo entretenimiento”, subrayó.
Proyectiles empezó a gestarse en Europa.
Nicolás maqueteó el disco en su casa y llamó a Agustín “Guli” Bucich, su socio musical. Grabaron baterías, ajustaron clímax, invitaron a músicos de Berlín y de Italia. El álbum se terminó a distancia, entre continentes. Pero desde el minuto cero, la premisa fue clara: solo se imprimirán vinilos. La razón detrás de esta decisión, según Nicolás: “Salió a la luz que el CEO de Spotify invertía plata en una fábrica de armas. Bandas grandes bajaron su catálogo. Ahí entendí lo que conlleva subir mi música a esas plataformas”.
Además de no querer contribuir a la sangre, también destacó la miseria de las regalías y de la cadena en general: redes sociales, algoritmos, autopromoción. “Tu música no vale nada y encima alimentás un sistema que no te devuelve nada”, sentenció Testoni.
El punk, históricamente, fue DIY (Do it yourself). Hacelo vos mismo: fotocopiá el fanzine, grabá en cuatro canales, armá tu propio circuito. Hoy, el enemigo no es solo la industria, sino la hiperconectividad que promete visibilidad a cambio de… ¿qué?
“Veo colegas compartiendo números de Spotify. Está todo dibujado. Tienen siete mil oyentes mensuales y tocan para 20 personas. No sirve de nada”, declaró y a la vez destacó que, en cambio, el vinilo pesa, se toca, se colecciona. “Ahí veo quién realmente me escucha. Cuántos tickets corto en vivo. Eso es real”.
“Prefiero involucrar más personas en mi proyecto que meterme en la IA para crear. Si estoy corto de creatividad, salgo a la calle, hablo con alguien”. No hay mucho más para agregar.
La conversación derivó hacia la “tiktok-ficación” de la música. Nicolás nunca tuvo TikTok. Instagram le quema la cabeza en cinco minutos. YouTube le es un poco más honesto. Pero lo que le preocupa, además de la distracción, es la sobrecarga de “información”.
“Estamos siendo víctimas de una sobreestimulación para confundirnos mientras pasan genocidios, guerras. Se reeduca a las personas para que estemos más tontos. Les pegan a los jubilados y hacen recortes estúpidos. Es una contradicción recortar presupuesto a la cultura y después ir a Jesús María a sacarse fotos”.
La reflexión no es liviana. Nicolás tuvo la suerte de salir al mundo. Vivió en Londres, en Camden. Vio punks de 80 años con el pelo de colores, genuinos, sin pose. Chicos viviendo en la calle, resistiendo. Recorrió los lugares de The Clash, se empapó de mística. “Soy eso”, dijo y sumó: “La vestimenta es un lenguaje, pero la ideología es lo que importa”.

Proyectiles se llama así porque, para él, vivimos en un mundo de balas cruzadas.
“Cada vez va a haber más guerras. En ese contexto, mis canciones son mis proyectiles”, explicó, un poco romántico, y reveló que las letras nacieron de conversaciones en bares europeos. De un hombre que respondía “okey” a todo hasta que lo hizo explotar: “¡No está todo OK!”; de un viejo sindicalista italiano, fanático del Che, que sentía que el mundo estaba cada vez más al revés; de sombras e inconformismo.
“Siempre trato de crear desde la incomodidad. Si llega, llega. Si no, no”, dijo.
Entonces, ¿qué es ser punk hoy? En décadas anteriores, quizás era más claro: vivir del subsidio de desempleo, usar ropa encontrada en la basura, estar a las piñas en un recital, gritar contra la reina. Hoy el sistema es más difuso y, por momentos, más seductor.
“Ser genuino”, respondió Nicolás, sin dudar. “Conocer una persona real es un acto punk enorme. Hay mucha pose, poca sinceridad”. Y en esa sinceridad, aclaró que no se ilusiona con cambiar el mundo, pero sí cree en la lucha cultural.
Cree en el artista que sacude el puño contra el poder, y en el pibe de 17 que escucha eso y se deja atravesar.
“No busco vivir de la música. Si Proyectiles se sale de lo normal, me doy de baja. Soy músico. Mi vida se alimenta de hacer canciones”, expresó.
Con Belún, artistas que admira, como Javier Suker o Lucas Martí, lo empezaron a recomendar. Sony lo llamó y dijo que no porque entendió que el culto y lo sincero puede ser más potente que el mainstream.

Después de irnos por las ramas, la pantalla se puso en negro. El calor no aflojó. Pensé en la palabra proyectil. Las canciones de Nicolás atraviesan el aire e impactan.
Ser punk hoy es eso: elegir el margen cuando el centro es obsceno, sacar un vinilo cuando todo pide inmediatez, medir el éxito en abrazos y no en escuchas.
Para ver Proyectiles
El 20 de febrero, en Tresca vinilos y copas, se lanzará Proyectiles. Nicolás Testoni, junto con músicos que lo acompañen, dispararán canciones como balas, algunas amorosas, otras no tanto. Pero todas con un recordatorio: los ciclos se repiten hasta que aprendemos la lección.



























