A favor: el tema correcto y en el momento justo
Diego Tabachnik
Son muchos los motivos para celebrar no sólo la llegada de una serie como Adolescencia, sino también el abrumador éxito que tuvo.
En un contexto de bombardeo permanente de producciones vacías, repetitivas, algunas incluso con presupuestos millonarios malgastados, la miniserie inglesa que coescribió y protagoniza Stephen Graham brilla como perla en catálogos opacos e hipertrofiados.
Repasemos. Desde lo formal de su realización, el planteo cuasi teatral de plano secuencia permanente es hipnótico y atrapante. Mientras el consumo audiovisual del mundo se hiperfragmenta –bien en sintonía con el imperio de las redes sociales–, Adolescencia toma la dirección opuesta, se pasea lentamente y nos ubica como espectadores imbuidos casi como espías de todo lo terrible que ocurre en esta historia.
Claro que eso funciona así de bien y aceitadamente porque, tanto atrás de cámara como adelante, todo fluye en base a talento y trabajo.
Las actuaciones son todas de muy buenas para arriba, con hallazgos como el del niño protagonista, Owen Cooper. Para invertir el razonamiento, en los cuatro episodios no aparece nadie que “desentone” con su interpretación.
Sin embargo, aún con todo eso a favor, lo que realmente inclinó la balanza a favor de la producción de Netflix fue haber tocado una fibra sensible tan a flor de piel en el mundo como el abismo generacional y la violencia urbana. El tema correcto y en el momento justo. Una conversación global necesaria.

Por eso es reconfortante ver que una serie dolorosa, incómoda, y que nos deja con un nudo en la garganta imposible de digerir fácilmente, se vuelve un suceso.
Que a este mundo, por momentos tan anestesiado y en piloto automático al borde del precipicio, todavía le quedan anticuerpos para reaccionar.
En el Reino Unido, la serie será de visionado obligatorio en colegios para luchar contra discursos radicales y machistas. Es muy difícil cambiar aquello de lo que no se habla.
Hay, por último, una forma más, muy sencilla y “casera”, de comprobar lo buena que es esta producción: ¿vieron qué difícil es encontrar otra serie que esté a la altura cuando terminan de ver Adolescencia?
En contra: los chicos no están bien
Por Javier Mattio
Hay algo incómodo, insidioso y sospechoso de principio a fin en los cuatro episodios de Adolescencia y no es el supuesto hecho de que el joven Jamie Miller (Owen Cooper) haya asesinado a puñaladas a Katie, su compañera de curso.
La primera cuestión para considerar son los cuatro largos planos secuencia en que la miniserie de Netflix fue filmada, y que si bien son una proeza técnica –elogio objetivo que merecen asimismo los exigidos actores– no encuentran justificación alguna en el relato, que fluiría tal vez mejor y de manera más auténtica con un montaje clásico.
El naturalismo que intentan exhibir los creadores Jack Thorne y Stephen Graham se ve seriamente comprometido en escenas coreográficas y encadenadas que rozan lo irreal, y que en su opresivo continuum delatan la premisa tendenciosa de la tragedia; en definitiva, el alarde formal disfraza un vacío.
Los repetitivos y exasperantes interrogatorios a los que es sometido Jamie por parte de autoridades varias no ayudan a abrir las capas del drama, sino a constatar un dictamen, a probar una hipótesis de sociología o psicología rudimentarias que involucra al neologismo “incel”, las redes sociales, la misoginia y la herencia paterna, y un mundo reducido al mínimo: la escuela, la policía y el núcleo familiar.
Más allá del oportunismo streaming –hay toda una compungida audiencia global mirando–, Adolescencia es sádica y cruel con sus menores, a los que les impone drásticas diferencias y segmentaciones que secretamente parecen promover la sociedad paranoica, prejuiciosa, voyeur y violenta a la que se pretende enjuiciar.
Los adultos preguntones, acosadores de la serie matan toda inocencia, toda ambigüedad presente en quienes aún buscan una identidad, un sentido, una sexualidad. ¿No deberían estar en el banquillo de Adolescencia los directores de escuela, los ministros, los creadores de redes sociales?
De igual manera, la tira falla al establecer una situación general a partir de una excepción, ya que el perturbado Jamie no es parámetro para reflejar un estado de cosas (¿no hubiera sido mejor algo más sutil que un homicidio?). El pavoneo moral de Adolescencia es fatídicamente parcial, sesgado, ingenuo y, sí, involuntariamente célibe.