Donald Trump anunció este miércoles un nuevo paquete de aranceles del 10% sobre casi todos los bienes importados a Estados Unidos, con tarifas más altas para aquellos países con los que tiene mayores déficits comerciales. Esta medida, que pretende restaurar la manufactura estadounidense y corregir el desequilibrio comercial, también podría desencadenar una guerra comercial global y elevar los precios para los consumidores estadounidenses, advierten analistas internacionales.
El mandatario norteamericano precisó que países como China, Corea del Sur, Japón y Taiwán recibirán tarifas aún más altas; lo mismo ocurrirá con la Unión Europea: un 34% para China, un 20% para la UE, un 25% para Corea del Sur, un 24% para Japón y un 32% para Taiwán. Estas naciones, que exportan más a Estados Unidos de lo que compran, serán las principales afectadas, ya que Trump espera que ajusten sus políticas comerciales a las expectativas estadounidenses.
En cuanto a Latinoamérica, países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú recibirán un arancel del 10%, un porcentaje similar al que estos países aplican a las manufacturas estadounidenses. La imposición de esta tarifa “recíproca” podría perjudicar a países como Argentina, que dependen de sus exportaciones agrícolas y manufactureras, al aumentar los costos de acceso al mercado estadounidense, tradicionalmente uno de los más importantes para la región.
El inquilino de la Casa Blanca justificó su enfoque agresivo con la retórica de haber sido “saqueado” por otras naciones, especialmente aquellas que mantienen déficits comerciales con el país del norte. En consecuencia, a través de aranceles “recíprocos”, busca nivelar las reglas del comercio internacional, argumentó. Sin embargo, este tipo de política proteccionista podría aumentar las tensiones globales, afectando las relaciones comerciales no solo con Latinoamérica, sino con potencias económicas como China y la UE, que ya respondieron con ajustes de aranceles a productos estadounidenses.
Efectos inciertos y preocupantes
La principal preocupación en la administración Trump radica en que las tarifas más altas puedan desencadenar represalias, lo que llevaría a una guerra comercial. Esto, a su vez, podría disparar los precios de bienes y servicios, afectando tanto a los consumidores como a los productores. A pesar de que el magnate neoyorquino busca reforzar la manufactura estadounidense, los efectos secundarios, como la inflación, son inciertos. Además, los aranceles podrían prolongarse si otros países no ajustan sus barreras comerciales, lo que profundizaría el desequilibrio comercial.
A nivel global, el riesgo de una mayor inestabilidad económica es alto. Trump, está claro, optó por un enfoque unilateral, actuando sin la autorización explícita del Congreso, utilizando poderes de emergencia para implementar los gravámenes radicales.
Esta jugada arriesgada podría tener repercusiones duraderas para la economía mundial, especialmente si la medida no logra los resultados esperados de restaurar la matriz industrial estadounidense.
La clave de esta estrategia radica en la imposición de aranceles recíprocos, que según Trump, deberían corregir los desequilibrios comerciales. Sin embargo, la pregunta sigue siendo si este enfoque será suficiente para reactivar la manufactura estadounidense sin desestabilizar aún más la economía global. La historia dirá si este movimiento es una victoria para Trump o el inicio de un conflicto económico mundial que afecte a todos los actores, desde los pequeños productores en Latinoamérica hasta los consumidores en Estados Unidos.