La política latinoamericana atraviesa un momento de polarización irresistible. En cada elección y en cada debate público, se percibe una fractura creciente que divide a las sociedades en bloques casi irreconciliables.
Pero lo más llamativo es la fortaleza que han adquirido las ideas de ultraderecha en amplios sectores, mientras las fuerzas progresistas y de centro parecen desorientadas, sin un proyecto convincente que recupere credibilidad.
Los renovados bríos de la derecha más extrema parecen hoy un canto de sirena para sectores sociales que, probablemente, serán los más perjudicados si los referentes de ese espacio logran avanzar con sus objetivos.
Chile es un ejemplo paradigmático. Tras el estallido social de 2019 y el fallido intento constitucional, el país quedó atrapado en un clima de desconfianza hacia las instituciones.
En ese vacío, la derecha radical se instaló como opción de orden frente al caos, mientras la izquierda, dividida, intenta recuperar un relato que vuelva a conectar con una ciudadanía cansada de la incertidumbre.
Argentina, con la llegada de Javier Milei, exhibe con claridad la capacidad de la ultraderecha para seducir a sectores amplios.
Su estilo confrontativo y su sintonía ideológica con Donald Trump lo han convertido en uno de los interlocutores privilegiados de Washington.
El peronismo kirchnerista, debilitado y en gran medida responsable de su propio desgaste, no logra rearticular un mensaje que compita con la narrativa rupturista que Milei impone con eficacia.
La dirigencia centrista de distinto pelaje ideológico, mientras tanto, no logra deslumbrar y también es mirada con desprecio por buena parte de la sociedad.
La excepción brasileña
En Brasil, Lula da Silva gobierna en un clima de tensión constante frente a un bolsonarismo que, aunque fuera del poder, conserva enorme capacidad de movilización. Sin embargo, Lula ha demostrado una habilidad política que contrasta con el retroceso de otras izquierdas de la región.
Pese a su orientación progresista, logró recomponer canales de comunicación con Donald Trump, priorizando la estabilidad comercial brasileña sin sacrificar, a la vez, una agenda climática que nada tiene que ver con la actual mirada de la Casa Blanca.
La habilidosa muñeca política de Lula también avanza para impulsar un gran acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, mientras Argentina con Milei es una piedra en el zapato para esa pretensión.
Más al norte, México enfrenta un escenario diferente pero igualmente complejo. La presidenta Claudia Sheinbaum, heredera del proyecto de izquierda de López Obrador, combina continuidad con moderación, pero en las últimas semanas debió enfrentar manifestaciones masivas que cuestionaron su gestión en seguridad, transparencia y reformas institucionales. Aunque mantiene respaldo, el conflicto callejero evidenció tensiones internas dentro del oficialismo y un desgaste que la oposición busca amplificar.
Amigos
En Centroamérica, Nayib Bukele profundiza su alianza estratégica con Trump. Su modelo de seguridad, polémico pero popular, lo posiciona como socio clave para Washington en temas migratorios y de control territorial, reforzando la idea de que la política exterior estadounidense busca aliados ideológicos antes que acuerdos multilaterales.
La vuelta de Trump a la Casa Blanca reconfigura el mapa regional. Su estrategia prioriza vínculos bilaterales con líderes afines; busca socios que refuercen su agenda en migración, seguridad y comercio.
Milei y Bukele destacan en ese esquema. Los gobiernos de izquierda, en cambio, enfrentan presiones y un vínculo más frío, a excepción, como ya se dijo, de los acercamientos con Lula, al que parece respetar.
Aquí conviene evitar simplificaciones: Trump no rehúye por completo a la región, pero sus alianzas se estructuran más por afinidad personal y política que por una estrategia regional coherente.
Esa dinámica, repetida y sobredimensionada en algunos análisis, merece precisiones: no se trata de un abandono total de América latina, sino de un rediseño que excluye a quienes no comparten su orientación.
La estabilidad latinoamericana depende de la capacidad de sus gobiernos para navegar entre conflictos internos y presiones externas. La región se transforma en un espacio de disputa geopolítica donde conviven tensiones domésticas y rivalidades globales.
La pregunta es si la región logrará superar esta lógica de confrontación permanente. La polarización extrema amenaza con paralizar la gobernabilidad y profundizar desigualdades.
Chile y Argentina muestran que el costo de la división es alto, mientras México y Brasil lidian con dilemas distintos pero igualmente intensos.
Estados Unidos, bajo Trump, insistirá en buscar aliados que refuercen su visión del mundo, consolidando un escenario donde la polarización no es solo interna sino también internacional. Y América latina, una vez más, parece atrapada en un déjà vu político: líderes que prometen salvar a la patria, otros que denuncian que se la están entregando, y en el medio, una ciudadanía exhausta que empieza a sentir que la política se parece más a un espectáculo que a una herramienta de transformación.
Quizás el verdadero consenso regional sea ese: la ultraderecha ha aprendido a hablarles a las emociones, mientras la izquierda aún busca reencontrar el lenguaje que alguna vez la convirtió en alternativa mayoritaria.
El futuro dependerá de si la región elige seguir atrapada en la polarización o construir un proyecto común que permita pensar más allá de la urgencia y recuperar la estabilidad que hoy parece distante.
























