Donald Trump, Vladimir Putin, la extrema derecha, la guerra comercial, los bombazos en Ucrania y en Medio Oriente, los gestos y discursos políticos extravagantes: este es el mundo modelo 2025 que desafía todos los límites y desvela a la humanidad.
Desde la perspectiva del mundo occidental, Europa lleva la peor parte, porque es un vecindario cargado de tensiones que tienden a exacerbarse en medio de un gran arsenal. Hoy la porción del continente que integran la Unión Europea y el Reino Unido tiene que lidiar con dos sombríos interrogantes: ¿cómo ponerle freno a la Rusia putinista sin el respaldo de Estados Unidos? y ¿cuánto más puede avanzar la extrema derecha?

Trump decidió soltarle la mano a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), la barrera defensiva que Occidente diseñó tras la Segunda Guerra Mundial frente a la amenaza cercana y latente de Moscú. Ahora Europa quedó en soledad ante una Rusia que no calma sus pulsiones bélicas.
Radicado desde hace años en Portugal y atento a los movimientos del tablero político del Viejo Continente, el politólogo argentino Andrés Malamud considera que Europa todavía no está en condiciones de enfrentar a Rusia sin la tutela de Washington. “Estados Unidos provee tres cosas que Europa no posee en la cantidad necesaria: inteligencia, vigilancia satelital y defensa antiaérea”, afirma, lo que según su razonamiento implica que “Francia y Gran Bretaña deberían extender su escudo nuclear al resto de Europa y Alemania debería rearmarse fuertemente para sustituir la presencia norteamericana”.
Desde Córdoba, el politólogo Ignacio Liendo es otro observador de los acontecimientos en Europa y, con matices, coincide con la opinión de Malamud sobre la debilidad europea. “Nadie está en condiciones de enfrentar a Putin, porque la Federación Rusa en este momento es la potencia militar más consolidada y está en la avanzada de las armas convencionales, además de poseer arsenal nuclear que data desde la década de 1940 y que continuó desarrollando”, asegura, para agregar luego que “el ejército ruso es muy sólido, con mucha formación y mucha motivación”.
“Estados Unidos es el articulador del paraguas de seguridad que para Europa es la Otan, sin Estados Unidos no hay forma de pararse frente a Rusia”, destaca Liendo. “Lo que están planteando todos los actores de la Unión Europea es un programa de rearme en función de la situación en Ucrania, eso es lo que los sectores globalistas de la UE promueven, aunque no es lo que otros actores de la vida social y política del continente piensan, entendiendo que debe haber una alianza con Moscú”, señala.
Vínculos complejos
El desafío para los europeos occidentales es muy complicado. “Más allá de que Europa es una potencia industrial en muchos aspectos, con mucha cadena de valor que podría producir armamento, como lo muestran Alemania y naciones subsidiarias, esa producción está supeditada al vínculo con Estados Unidos”, recalca Liendo.
Desde su punto de vista, “romper eso es difícil, va a llevar muchos años, con el agravante de la cuestión presupuestaria que no es menor y está ligada a la necesidad de aumentar impuestos, hecho que sería antipopular y podría mover el tablero político interno”.
En ese marco, uno de los hechos más llamativos es la notable empatía que une a Trump con Putin. El resultado de ese vínculo es que Estados Unidos y Rusia nunca parecieron compartir intereses como ahora.
El manejo de la cuestión ucraniana por parte de Trump es lo que más inquieta a Occidente. Si bien no se puede decir que el presidente de EE. UU. queda en la misma vereda de Putin, al menos se alcanza a percibir el beneplácito ruso ante las señales que se dan desde Washington.
Multipolaridad
Para Malamud, el comportamiento de Trump obedece a un “error de cálculo”. En ese sentido, advierte que “alabar a los fuertes y humillar a los débiles sólo funciona cuando los fuertes son magnánimos y los débiles sumisos, pero en este caso ni Putin ni Zelensky cumplen esas condiciones”.

La mirada de Liendo, mientras tanto, contrasta en este caso con la de su colega, al poner énfasis en la necesidad de Trump de admitir un nuevo escenario geopolítico: “El presidente norteamericano viene a realizar un aterrizaje suave del imperio, porque el líder republicano y los sectores sociales y empresariales que lo apoyan tienen muy claro que el mundo que viene, que ya está entre nosotros, es un mundo multipolar en el que Estados Unidos no puede sostener su dominio a escala planetaria”. Desde esa perspectiva, entiende que “la potencia norteamericana es hoy primera entre iguales frente a Rusia, China y otros actores emergentes”.
“Si se mira hacia atrás llama la atención, pero con vistas al futuro la estrategia planteada por Trump es la mejor para Estados Unidos”, asevera Liendo. “No hay que olvidar, por otra parte, que ese planteo tiene que ver además con cuestiones internas de la política estadounidense, porque Trump representa a una porción de la elite de ese país que, además de tener el diagnóstico sobre el mundo multipolar, apuesta a concentrarse en el país y no en el sistema internacional como una potencia hegemónica”, completa.
Equilibrista
Mientras Trump hace su juego, los países de la UE viven su propia dinámica política interna. La configuración de ese organismo supranacional frente al auge nacionalista de extrema derecha catalizado por el influjo trumpista y, por supuesto, la estrategia que finalmente la UE adoptará en torno a Rusia son, por supuesto, los ejes obligados en torno a los que giran las estrategias de sus líderes.

Un caso testigo es el de la primera ministra italiana Giorgia Meloni, que desde la derecha del espectro político hace acrobacia entre su cercanía con la administración Trump y la necesidad de formar parte de una Europa fuerte y centrada en la seguridad, tal como lo plantea Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea desde 2019. La senda moderada que parece haber elegido la premier italiana, contraria a las expectativas, también es objeto de la mirada de los analistas consultados por La Voz.
“La posición de Meloni es la más equilibrada entre los líderes europeos, siempre fue europeísta, atlantista, pro-Ucrania y anti-Putin y lo sigue siendo a pesar de Trump y de sus socios de coalición”, enfatiza Malamud. El rol de la líder derechista italiana es clave por el peso que tiene su país en el tablero europeo, tal como explica el politólogo: “Italia es un país relevante porque tiene mayor desarrollo tecnológico que, por ejemplo, la guerrera Polonia, además del peso demográfico como para influir en las decisiones de la UE”.
Liendo observa que “el reposicionamiento de Meloni es muy interesante, porque sintetiza la postura de líderes a escala nacional que, ante el reverdecer de los nacionalismos y del alterglobalismo (globalización alternativa), no quieren oponerse abiertamente a la UE y aliarse con Putin y Trump, pero tampoco le quieren firmar un cheque en blanco a Von der Leyen”.
El dilema al que se enfrentan los líderes equilibristas obedece a la siguiente lógica, según este analista: “Si la UE puede convertirse en un actor fuerte, van a jugar ahí, pero si lo va a hacer exclusivamente por posiciones antirrusas, es relativo, porque la clientela a nivel interno terminará orientándose hacia liderazgos más radicales, que no se sienten representados ni por la socialdemocracia ni por las derechas más prosistémicas y van a buscar otras opciones que sean profundamente antieuropeístas, antiinmigración y antiwoke”.
Orfandad
En momentos en los que Occidente afronta definiciones vitales, muchos extrañan el liderazgo de la excanciller alemana Angela Merkel, cuyo retiro de la centralidad política dejó huérfana de una personalidad potente a la UE. Asoma ahora la carta de Emanuel Macron, que parece resurgir como líder europeo al decidir tomar las riendas del espacio supranacional pese a la inestabilidad y las tensiones internas de su país.

“Macron, como Francia, suele tener el diagnóstico acertado y la legitimidad magullada”, sentencia Malamud. “A la conocida arrogancia francesa se suma el antecedente de haber dejado tirados a sus aliados europeos en las misiones conjuntas en el Sahel africano, del que se retiró junto con su potencial logístico y defensivo casi sin aviso previo”, recuerda el politólogo, aunque aclara que “esa actitud no afecta el argumento francés, pero sí su liderazgo”.
“Macron intenta suplir la vacancia que dejó Merkel, pero no tiene la entidad ni los apoyos internos suficientes, entonces no va a cuajar su intención de trascender la mera conducción burocrática de Von der Leyen”, puntualiza a su turno Liendo.
“Hoy no se ve por dónde podría surgir ese liderazgo, sobre todo por las restricciones que implica la propia Unión, por eso algunos no sólo hablan del fin de la Otan si se retira Estados Unidos sino también del fin de la UE si no hay un liderazgo claro que conduzca esa organización, en una dirección correcta que satisfaga los intereses de los ciudadanos europeos”, concluye sobre la cuestión el analista internacional.
Elites y plutocracia
El condicionamiento que impone sobre la estrategia de la UE el avance de la derecha radical es una cuestión que alerta sobre la debilidad de las democracias en ese espacio supranacional. La insatisfacción ciudadana con la dirigencia tradicional europea es un denso caldo de cultivo para los que pretenden poner en jaque las políticas moderadas.
A pesar de ese escenario propenso a la avanzada de fórmulas extremas, Malamud sostiene una mirada optimista sobre la persistencia de los sistemas democráticos: “Pese a que la democracia ha reducido su nivel de aprobación en los estudios de opinión, sigue obteniendo apoyo mayoritario, los críticos recientes no se la agarran con el sistema sino con quienes lo conducen”. En otras palabras, “la culpa no es de las instituciones sino de la casta que se enquistó en ellas”, sentencia.
Sobre este tópico, Liendo muestra una total coincidencia con Malamud, aunque va más allá en su reflexión: “La tremenda crisis de representación que hay en Occidente no es culpa del sistema democrático, ni de la república ni de la tecnología, sino que es una crisis de las elites que fueron cooptadas por la plutocracia internacional y, de un tiempo a esta parte, esto provocó que la mayoría de las políticas públicas beneficien a la plutocracia globalista y no beneficien al pueblo”.
En este punto, el mismo analista hace una observación que es atinado subrayar, habida cuenta del actual estado de ánimo y de las expectativas que se perciben en las sociedades occidentales: “Distintos países han ensayado salidas heterodoxas, en este tiempo mayormente corridas a la derecha, pero muchos de esos movimientos también están cooptados por los sectores del poder internacional que han generado la crisis de representación en los sistemas democráticos, con lo cual también aquí hay una trampa”.
Bukele, Milei y Trump, la ultraderecha en América
La oleada de extrema derecha que se observa en Europa y en Estados Unidos tiene su correlato en Latinoamérica. Jair Bolsonaro en Brasil, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina son experiencias de poder concretas de esa avanzada, que muestra parecidos de familia y conexiones con el fenómeno observado en el hemisferio norte aunque cada caso ofrece matices no exentos de contradicciones.

“Jair Bolsonaro es parecido a sus familiares estadounidense y europeos, por su condición de nacionalista, autoritario y proteccionista, que gobernó como liberal por necesidad”, marca Malamud. Sobre Milei señala la incongruencia del discurso y de los hechos que produce: “El actual Presidente argentino se definía como liberal y libertario, estaba en contra del Estado y a favor del libre comercio, pero su gestión lo encuentra defendiendo las banderas opuestas a las que enarboló en campaña”, apunta el analista..
“Milei desde el gobierno promueve un Estado presente en toda manifestación de protesta, apoya al presidente norteamericano más proteccionista de la historia, valoriza el peso y el Banco Central mientras aplasta el valor del dólar y asiste regularmente a la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), el foro que reúne a la dirigencia conservadora y por lo tanto antiliberal de Estados Unidos y el mundo”, recalca Malamud. A la luz de los hechos, el dogma va por un lado y la práctica por otro.
El autor de El oficio más antiguo del mundo. Secretos, mentiras y belleza de la política (2020) reconoce que Milei y Nayib Bukele son los dirigentes tomados como modelo por las derechas continentales, el argentino por la economía y el mandatario salvadoreño por la seguridad. No obstante, Malamud advierte: “El límite de Milei es el fracaso, si la estabilización se derrumba, sus pergaminos se marchitarán”.
Liendo se detiene, mientras tanto, en el contraste entre la ola de extrema derecha europea y la consolidación de la figura de Trump en Estados Unidos. “Pese a que el sistema liberal, globalista y europeísta por el momento no encuentra demasiados cortafuegos, en Europa hay por el momento sectores de extrema derecha mayormente minoritarios que aún no han mostrado todo su potencial en términos generales, con excepción de Alemania y otros países en los que ese movimiento ideológico evidencia un marcado crecimiento”, subraya.
“En el caso de Estados Unidos, Trump trabaja desde hace mucho tiempo en la cooptación del Partido Republicano y en la consolidación de su liderazgo partidario, lo que le permitió construir una base social muy sólida en el marco de su segunda presidencia”, resalta Liendo. “Podemos decir que en este caso hay un grado de avance mucho mayor, Trump armó una nueva coalición de poder al que adhieren sectores que se sienten fuertemente representados”, concluye.
Los intelectuales frente a la crisis de la izquierda y de la moderación
En ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021), el historiador y periodista Pablo Stefanoni pone en debate la pérdida de terreno de la izquierda como pensamiento rupturista del statu quo.
Desde la mirada de ese intelectual, dicho espacio ideológico antes emparentado con la rebeldía parece haber perdido su encanto, mientras la extrema derecha, con un aura de incorrección política que atrae a los jóvenes, alza la bandera de la indignación y promueve una revolución en la política occidental.

En sintonía con ese diagnóstico, Andrés Malamud traza para La Voz su visión sobre esa metamorfosis política: “La izquierda pasó de defender a las mayorías populares, encarnadas en los sectores trabajadores, a representar a un crisol de identidades minoritarias”. El politólogo argentino radicado en Portugal entiende que “el pensamiento de izquierda pasó de lo material a lo posmaterial, configurándose en una élite”.
“Para recuperar el encanto, más que la ideología importa la empatía”, agrega Malamud. “Lo contrario, la superioridad moral, es lo que todavía prevalece”, remata.
El analista internacional Ignacio Liendo comparte la mirada de Malamud. “La izquierda dejó de representar los intereses de los trabajadores, desfiguró su esencia marxista y se convirtió en parte del esquema de poder del globalismo, particularizando su agenda en cuestiones de género, ambientales o climáticas”, recalca el titular de la consultora política Interméstica.

“La solución para la izquierda es volver a representar a los trabajadores, de esa forma también sacará partido de la crisis de representación de los sectores liberales o globalistas”, sugiere Liendo. Pero para retomar esa agenda, el politólogo pone de relieve el desafío que afrontan los sectores de izquierda: “Deben retomar sus banderas en un contexto complejo, porque la tecnología ha desfigurado las relaciones laborales y el capital ha avanzado mucho con el discurso del emprendedurismo y el individualismo”.
Pero no solo la izquierda entró en una crisis existencial: los sectores moderados también perdieron anclaje en las mayorías sociales, una problemática que, según Liendo, lleva al terreno de la psicología política. “Esto tiene que ver con la extrema polarización generada desde los centros de poder mundial, los medios globales y las redes sociales, estrategia que favorece la radicalización de derecha y el no pensamiento”, señala.
“Así como la izquierda debe recuperar su esencia en favor de los trabajadores, los sectores verdaderamente republicanos tienen que recuperar la racionalidad, el diálogo y bajar esa energía psíquica que está motorizada desde las herramientas tecnológicas”, afirma Liendo. “De lo contrario, lo que vamos a ver es radicalización, fascismo y violencia”, concluye.
“La moderación tiene mala prensa porque suele venir acompañada de la falta de nitidez”, dice Malamud. El desafío de los moderados, desde su perspectiva, es muy complejo: “Un moderado no tiene que ofrecer agua tibia en vez de agua fría o calienta, tiene que ofrecer vino, cerveza o gaseosa, sin olvidar que de los laberintos se sale por arriba, no por el medio”.