Por estos días, las redes sociales se llenaron de imágenes de una década atrás. Celebridades y usuarios de todo el mundo se sumaron al desafío 2016 y compartieron fotos en un tono de nostalgia dulce.
Sumir al mercado de trabajo argentino en ese challenge puede ser engañoso, porque la comparación muestra que ahora estamos peor, pero eso no significa que 10 años atrás haya sido la panacea. Por el contrario, el espejo retrovisor ya muestra una mueca que, con el paso del tiempo, no ha hecho más que acentuar su deformidad.
En la antesala del debate parlamentario que tendrá en febrero el proyecto de reforma laboral, el empleo sigue arrojando datos que reflejan una nueva morfología que empezó a moldearse a puro pragmatismo desde hace más de una década y cuyas consecuencias se han profundizado en los últimos años.
Las cifras del tercer trimestre de 2025 confirmaron el punto de quiebre que se produjo en 2024: hay más puestos en la informalidad y en el cuentrapropismo que el número de empleos formales registrados.
Esa división de aguas es, quizás, uno de los síntomas más elocuentes del deterioro y el agotamiento de un ecosistema que sólo es capaz de reproducir en escala las figuras menos virtuosas y con impactos negativos de corto y largo plazo.
Veamos: la estadística oficial computa 22,7 millones de puestos de trabajo, de los cuales 11,06 millones son asalariados registrados entre los sectores público y privado. Por cierto, hay personas que pueden tener dos o más ocupaciones formales.
Al margen de ese universo, que equivale a las mejores condiciones que puede ofrecer el mercado (más allá de la heterogeneidad sectorial) están los asalariados no registrados: son 5,67 millones de puestos informales
Y en otro anillo aparecen las personas sin salario, es decir, que no tienen asegurado un ingreso mensual, sino que sólo cobran cuando trabajan. Los cuentapropistas (la mayoría, monotributistas), que llegan a 5,9 millones de puestos.
Estas últimas dos figuras son las únicas que crecen y ya suman 11,6 millones. O sea, son la mitad más uno de los puestos de trabajo totales (51,2%) en todo el país.
Además, son quienes más trabajan. El promedio, medido en cantidad de horas anualizadas, revela que los asalariados registrados destinaron menos tiempo que un año atrás a sus tareas, mientras que los informales y cuentapropistas trabajaron 3% más de horas.
Una nostalgia engañosa
El contraste gana claridad si la comparación se hace con la foto del mismo trimestre de 2015. Un challenge amargo.
Mientras la cantidad de puestos asalariados registrados creció apenas 5% en una década (520 mil puestos), los informales aumentaron 17% (837 mil personas más) y hay 1,19 millones más de no asalariados (25% más).
El agotamiento supone ahora un altísimo riesgo, porque ocurre en una fase de transición en el modelo económico que produjo un remapeo traumático en los sectores productivos más sensibles para el empleo.
Además, está la acelerada incidencia de la tecnología sobre la productividad y la competitividad, que funciona como profecía autocumplida.
En el Foro de Davos, no pasaron inadvertidas las previsiones de expertos como Dario Amodei (CEO de Anthropic) o Demis Hassabis (CEO de Google DeepMind), quienes advirtieron que la inteligencia artificial podría superar las capacidades humanas en un horizonte de entre uno y cinco años. O sea, ya.
Quizás eso llegue aquí un poco más tarde. Pero llegará. Y entonces, ¿qué músculos reales tendrá el mercado laboral argentino para sobrevivir a ese oleaje? Es ese el verdadero challenge.


























