La polémica renació días atrás con el cruce entre el diputado nacional Miguel Pichetto y el ministro de Economía, Luis Caputo, sobre apertura o proteccionismo.
Fue en medio de la llegada de miles de autos chinos que viajaron en barco hasta el puerto de Zárate. Las redes sociales se llenaron de comentarios a favor y en contra de la apertura.
Y se potenció luego con la puja por los caños para un gasoducto desde Vaca Muerta, en la que perdió el Grupo Techint.
La lógica o la ilógica es que los mileístas aprueban sin analizar y los kirchneristas atacan sin mucho fundamento, ya que durante sus gestiones nos convertimos en una economía cerrada y sin crecer por 15 años.
Encontraremos en las redes a quienes apoyan la posición de una Argentina cerrada (Pichetto y Moreno, por ejemplo), aunque está claro que, mientras el PIB per cápita de los demás países más abiertos creció, el nuestro está estancado.
El año pasado, las exportaciones argentinas terminaron en 87.077 millones de dólares, el segundo nivel más alto de la historia, solo superado en 2022 (U$S 88.268 millones).
Esa sería la mitad del vaso lleno. La otra mitad es que, por primera vez, pasamos a ser el quinto país en exportaciones en América latina, ya que nos superó Perú y estamos detrás de México, Brasil y Chile. Crecemos, pero los otros crecen más.
¿Y en importaciones? En 2025 llegamos a U$S 75.791 millones, también las segundas más altas de la historia, con un aumento interanual de 24,7%, que parece elevado, aunque hay que destacar que se compara con una base muy baja.
Argentina fue –es– una economía muy cerrada al mundo. No como resultado de una estrategia industrial inteligente ni de una política de desarrollo consensuada, sino como consecuencia de un encierro defensivo y costoso.
El resultado está a la vista: un ecosistema productivo y comercial poco integrado al mundo, con consumidores castigados y una industria que, salvo honrosas excepciones, no aprendió a competir.

Apertura ¿indiscriminada o discriminada?
Mucho se habla de “apertura indiscriminada”. A los que dicen eso, les diría que prueben con importar un auto en forma particular. Les cuento que en tributos pagarán casi 80% del valor del vehículo, más una lista enorme de certificaciones y licencias.
Lo mismo para la importación de juguetes, un rubro en el que Argentina tiene los aranceles más altos de la región y uno de los niveles más fuertes del mundo. Si es apertura, es discriminada, con sectores que se abrieron mucho más que otros.
Para hacer un ejemplo didáctico sobre el grado de apertura, imaginemos que vamos a un supermercado con 100 productos. En un retail de Brasil, de cada 100 mercaderías, 17 son importadas; en Chile, 30 y en Uruguay, 24. En Argentina, encontraríamos casi 15 productos importados y en 2023, eran 13.
Estamos, entonces, más abiertos que antes (de 13 a 15), aunque lejos del promedio de América latina que es 25, o el mundial, que es 28. Más abiertos que antes, más cerrados que los demás.
Puestos en un Excel, Argentina sigue pareciendo un país cerrado. Claro que en la economía real, esa explicación no le sirve a la pyme que ve caer sus ventas frente a productos importados, ni al trabajador que se quedó sin empleo.
Entre el promedio y la gente, hay que encontrar un camino intermedio que pueda ayudar a que crezcamos como país y a sostener la mayor cantidad de empleos posibles.
Baja de aranceles
El viral e interesante video del podcast “La Fábrica”, en el que mostraban la diferencia impositiva entre Paraguay y Argentina, se olvidaron de tres datos: en un súper paraguayo, de cada 100 productos, 40 son importados; más abiertos que Chile.
Además, Paraguay tiene el arancel de importación más bajo de toda la región y cada vez que pidió una excepción en el Mercosur, fue para bajarlo y no como Argentina, que lo hacía para subirlo.
Según la Organización Mundial de Comercio (OMC), Argentina tiene un arancel promedio de 12,5% contra 8,6% de Paraguay, 12% de Brasil, 6% de Chile, 2,3% de Perú y 9% de Uruguay.
Acá seguimos teniendo altos impuestos; Paraguay tiene menos, además de aranceles más bajos y una gran apertura al mundo.
¿Es la discusión industria versus importaciones? La historia se repite porque nunca resolvimos el punto de equilibrio. Muchos dicen que estos son los nuevos ’90, aunque me gustaría marcar algunas diferencias:
1) El IVA, en 1990, era 13% y la presión fiscal, en general, era mucho menor.
2) La apertura era 4% en 1990 y llegó a 12,9% en 1998, un gran salto, pero más cerrado que en la actualidad. Para comparar, Chile en 1990 tenía importaciones que representaban 30% de su PIB.
3) La sustitución de importaciones, tal como se aplicó en Argentina, fue nefasta, tanto para el país como para el consumidor. África y Sudamérica son las dos regiones más proteccionistas del mundo y claramente esa estrategia no sirvió como fuente de desarrollo.
Pero el error actual es simétrico. Abrir sin reglas, sin secuencia y sin política industrial es dañino. Tampoco cerrar todo y convertirnos en una economía sin crecimiento.
El mundo ha establecido mecanismos como salvaguardias, cupos y cuotas que usan los países para trabajar eficazmente estas transiciones.
¿Apertura o sólo normalidad?
Argentina no era una economía cerrada, era hermética. Para ejemplificar, no olvidemos lo que pasaba con los neumáticos, los respiradores que había enviado Lionel Messi o el alerón del tucumano que trabajó en McLaren. Nada entraba sin permiso de un burócrata, igual que Etiopía o Turkmenistán.
El problema no es la importación. El problema es no saber qué, cuándo y cómo importar. Los países exitosos no renuncian a la industria, pero tampoco se cierran al mundo. Competitividad a cambio de protección, no protección eterna a cambio de nada.
¿Podremos tener una apertura inteligente? Es inteligencia económica. Significa abrir donde la industria local no tiene sentido económico y nunca tendrá escala; proteger de manera transitoria donde hay potencial real; e importar insumos y bienes de capital para producir mejor.
Hay que entender que el enemigo no es el importador ni el industrial, sino la ineficiencia estructural que nos condena a repetir errores. Argentina no tiene un problema de apertura o de cierre. Tiene un problema de falta de previsibilidad, de consenso y de visión de largo plazo.
¿Podemos seguir fabricando de todo? ¿Es lógico y productivo? ¿Podemos ir hacia una apertura más lenta, pero no negociable, mientras realizamos las mejoras pendientes (tributaria, laboral, aduanera, etcétera.)?
Europa se argentinizó
También hacen al debate las posiciones muy opuestas en la Unión Europea (UE) respecto al acuerdo con el Mercosur.
El bloque comunitario viene mostrando, en promedio, uno de los desempeños más flojos entre las grandes regiones: crecimiento bajo, pérdida de dinamismo relativo y proyecciones que —aun cuando mejoran en algún año puntual— suelen ubicarse por debajo de Estados Unidos y de Asia.
En ese contexto, Europa parece atrapada en una paradoja: sostiene un modelo que fue exitoso en el siglo pasado —regulaciones densas, consensos lentos, alta carga impositiva y un Estado muy presente—, pero que hoy, frente a competencia tecnológica global y demografía adversa, funciona más como lastre que como motor.
No es casual que, desde la propia conducción alemana, haya advertido que, sin reformas proinversión y pro-productividad, el continente corre el riesgo de resignarse a un crecimiento mediocre.
El 35% del comercio mundial era europeo hace 20 años y hoy es 28%. (Alemania pasó del 9,4% al 7%). La UE sufre pérdida de mercados y de importancia relativa. Una Europa envejecida, menos atractiva y competitiva, y lenta en crecimiento
“Europa se argentinizó”. No porque sean comparables sus instituciones, sino por un rasgo cultural-económico que sí se parece: la dificultad para soltar esquemas heredados aun cuando el mundo cambió.
Como en Argentina, el debate público suele girar más en torno a cómo administrar el modelo que a cómo actualizarlo, se prioriza la protección del status quo sobre la creación de condiciones para crecer.
Si la UE no se anima a reformar lo que fue virtud en el pasado, ese mismo diseño puede convertirse en el ancla que le impida acelerar en el presente. Lo mismo podemos pensar de nosotros.
(*) Magíster y docente UNC y UCC





















