“Estaba en su habitación. Lo creíamos a salvo”, repiten los padres del personaje central de Adolescencia, serie que impacta audiencias en todo el mundo.
Son sus padres biológicos, han convivido cada día con él y nada hace dudar de su amor incondicional. Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubren una versión aterradora de su hijo.
La misma reacción tendría cualquier padre y madre de familia “normal” al ver estallada su vida por la conducta de quien creían conocer bien.
No son pocos los núcleos familiares que conviven bajo el mismo techo como individuos aislados y, por la rutina, con escaso conocimiento entre sí.
Asociados por apellido, por genética y por costumbres, pero sometidos al frenético ritmo de vida (laboral y escolar), sumergidos en el micromundo que sus algoritmos digitales condicionan.
Estaba en la habitación, pero las habitaciones actuales no son lo que solían ser.
El mundo no entra por la puerta de casa ni por la del cuarto, sino a través de dispositivos que exceden la capacidad de asimilación de niños y adolescentes, y que, en algunos casos, reemplazan aspectos de la educación parental.
Habitación también es un aula, cuando el uso de teléfonos se extiende en el colegio.
Así, hogar y escuela tampoco son lo que eran, sino escenarios de descarga de lo aprehendido en las redes.
Estaba en su habitación, pero no a salvo. Sólo interrupciones humanas podrían haberlo salvado; fastidiosas para él, sanadoras para todos.
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“¿Debimos hacer algo más?”, se pregunta el padre en otro momento de la trama.
La respuesta no es única.
Por lo común, un adulto diría que cada uno hace lo que puede. La madre en la ficción contradice entre lágrimas: “Creo que estaría bien si aceptáramos que quizá debimos hacer más”.
En cambio, un niño siempre respondería que sí, que era posible hacer más. Hasta el progenitor más dedicado y afectuoso es en algún momento deudor de sus hijos.
Para ellos siempre hay algo que falta, que esperaba y que no es compartido a tiempo.
Son los mayores quienes “deben” adivinar sus necesidades, anticiparse y cubrirlas. En realidad, para eso existen los padres, piensan los chicos.
Esto es igual en todas las etapas de crianza; hasta los hijos más satisfechos esperan recibir algo más que lo habitual; hasta los padres más meticulosos serán cuestionados por sus olvidos.
Sólo el paso del tiempo llega a equilibrar la balanza entre satisfacción y expectativas. Es el momento en que los chicos se hace adultos, y los padres, viejos.
Entonces –cuando los hijos cuidan– resurge la frase escrita en el Talmud: “Cuando da el padre, ríe el hijo y ríe el padre. Cuando da el hijo, llora el hijo y llora el padre”.
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En una escena final, el padre apoya la cabeza sobre la almohada. Cubre al osito de peluche, lo abraza y lo besa.
Es una escena arrasadora, que contiene el humano deseo de volver el tiempo atrás, de hacer desaparecer lo que ocurrió y así intentar reparar aquellas faltas que, hasta ese momento, fueron invisibles.
Aprender a ser padre/madre es una tarea sin fin, sin red ni manuales. Con infinidad de momentos para arrepentirse y anhelar segundas oportunidades para poder actuar mejor, o más a tiempo.
Por fortuna, los chicos lo saben; y lo aceptan, en tanto hayan atesorado muchos otros momentos de los que ningún integrante de la familia querría arrepentirse.
* Médico