La rueda del tiempo gira y el chirrido de los engranajes anuncia un nuevo año escolar.
Vuelven los chicos al colegio; con sus pocas ganas, sus protestas matinales, los pirinchos rebeldes y el rechazo, profundo y auténtico, a tener que usar zapatos.
Vuelven los docentes ilusionados con que este año (¡sí!) podrán hacer coincidir sus esfuerzos con sus deseos. Convencidos de que 190 días es un número vacío si no contiene calidad.
Vuelven los profesionales de apoyo escolar, que esperan ser convocados para acompañar, un año más, a quienes no pueden solos.
Vuelven también los conductores de transportes escolares; enfáticos al momento de explicar el aumento de precios, la enorme responsabilidad que asumen y que “los chicos ya los conocen”.
Y, como de costumbre, vuelven los reclamos por obras de reparación no finalizadas.
Todo será posible este lunes, o cuando los gremios acuerden remuneraciones aceptables, si es posible considerar “aceptable” un sueldo básico muy por debajo de la línea (estadística) de la pobreza.
El orden es escolar
Infinidad de padres y madres vuelven a festejar.
Algunos, porque sus hijos retoman la educación formal; otros (la mayoría), porque podrán recuperar algo del orden doméstico a la hora de comer, dormir y usar aparatos tecnológicos; hábitos que esperan que la escuela reacomode.
Todos, sin excepción, quieren dejar de oír el lamento universal: “Estoy aburrido/a…”
A su manera, miles de chicos y chicas celebran porque en el colegio volverán a comer lo que no encuentran en su casa. La rueda incluye al Paicor, institución nacida transitoria, pero con 40 años de antigüedad.
El reencuentro entre los alumnos causará sorpresa, al ver “qué cambiados están todos”. Los compinches se abrazarán, los “nuevos” serán observados con curiosidad, y los líderes comenzarán a gestar nuevos esquemas de “amistad-no amistad” para esta temporada.
Dos semanas después, todos estarán enfermos. Es lo normal, porque el reencuentro provoca un masivo intercambio de fluidos respiratorios y dérmicos que causa toses, mocos, erupciones, diarreas, piojos y demás minucias que harán reflexionar sobre lo beneficioso para la salud que fue el período vacacional.
En consecuencia, volverán a circular medicamentos, noches de mal sueño, protestas contra la obra social que no cubre gastos y certificados médicos necesarios para no acumular “faltas injustificadas”.
Durante ese período inicial, además de los catarros, cada alumno intentará mostrar sus capacidades para aprender, y cada docente, sus capacidades para estimular y contener.
De modo paralelo, las enfermedades se aliviarán y cada quien habrá mostrado lo suyo cuando llegue la sanadora Semana Santa con su pausa, su descanso y sus chocolates.
Es fácil reconocer, entonces, que como siempre ocurre, las primeras semanas escolares serán un “ensayo general con vestuario”, para dar lugar al verdadero inicio en abril.
Para que la rueda escolar funcione sin roces necesita, como todo mecanismo complejo, buen aceite.
Metafórico aceite que suavice vínculos entre quienes quieren aprender y quienes quieren enseñar; entre dirigentes y dirigidos, entre veloces y lentos.
Bordes pulidos entre docentes y familias, para renovar la confianza que nunca debería traicionarse.
Engranajes sin ruidos para lograr acuerdos, comunicaciones nítidas y reglas claras, y para recuperar el indispensable respeto hacia quienes cuidan a los alumnos durante tantas horas.
Es preciso recordarlo: un buen engranaje escolar es, para muchos chicos y chicas, su único lugar seguro en el mundo.
Para otros, la cuna de los amigos para siempre.
Y para todos, la oportunidad de construirse como ciudadanos.
* Médico