Que la Argentina está atrapada en un bucle temporal parece confirmarse con cada administración gubernamental. Temas idénticos, incertidumbres repetidas, advertencias remanidas, comentaristas reiterativos, justificaciones iguales a las del pasado y miedos conocidos aparecen expresados en actores tan semejantes a los de años atrás, que cualquiera pensaría que son los mismos, pero ya en una condición de inmortalidad.
Parece excesivo lo expresado arriba, pero escriba FMI + Argentina en su buscador y verá cómo su vínculo se extiende hacia atrás y llena gran parte del espacio político referido a nosotros.
Cualquier desprevenido podría pensar que esas siglas, FMI, son las de una dependencia que forma parte relevante del Estado argentino. Pero no, se parecen más a un síntoma que expresa la imposibilidad congénita de la dirigencia argentina para pensar y poner en funcionamiento un proyecto de desarrollo integral, sensato y sostenible.
No es que la suerte del Gobierno actual esté definida, pero ciertos reflejos y explicaciones que expresa lo hacen partícipe del bucle que mencionamos.
Otras palabras –deuda, crédito, divisa, flotación, bandas, devaluación, cosecha, dólar, mercado, interés, corrida, intervención– vuelven también, una y otra vez al discurso público. Como en estos últimos meses.
La fragilidad de la economía vernácula y la falta de confianza se descubren en ellas, y cuando cada uno de nosotros mira, cada día, como en un espectáculo hipnótico y costumbrista, el valor de la moneda norteamericana.
“Ahora es diferente”, “las condiciones estructurales del país son más sólidas”, “el Gobierno es creíble”, aparecen como un mantra poco convincente. El problema es de fondo, no del Fondo. La confusión no es tal si uno observa que las recetas en uso son parecidas a las viejas, nunca ejecutadas con los materiales completos ni con los condimentos adecuados. ¿Ahora será distinto?
La respuesta a ese interrogante no depende ni del monto ni de las condiciones del acuerdo. Depende de algo descuidado y sin importancia para los diferentes gobiernos que han pasado. De algo aburrido, un poco lento, por momentos burocrático y tedioso. Requiere de conversación, debate, acuerdo y consensos.
Necesita de la asunción de que la fragilidad y la consistencia conviven y les dan fuerza a las instituciones. Instituciones que a nadie le importan mucho, más allá de discursos y declamaciones de ocasión.
Decisionista por tradición y desdeñosa del pluralismo, por cortoplacista, la política argentina adora los decretos y los excesos personalistas y autoritarios. Los otros sectores, empresarios y sindicatos, apoyan con sus silencios o declaraciones, acompañando lo que “mide”, no lo necesario. Carentes, como la política, de algo que supere lo meramente corporativo.
Al Fondo vamos de nuevo. Por atavismo o impericia. Sin esperar nada nuevo. Volvemos descreídos, sin abandonar por completo nuestra lectura diaria del valor del billete verde que nos devela. Que, junto con el fútbol, es la otra pasión que nos une.