Otra vez el barco de la diplomacia argentina navega sin timón ni brújula, tal como viene sucediendo desde hace décadas, gobierno tras gobierno. La falta de políticas de Estado deviene siempre en improvisaciones o en posturas contradictorias, y en el consiguiente escepticismo de la comunidad internacional, que ya no espera de la Argentina muestra alguna de coherencia.
La sensible causa de la soberanía nacional sobre las Islas Malvinas no es la excepción, tal como ha podido comprobarse esta semana con el discurso del presidente Javier Milei, el pasado 2 de abril.
Como si no hubiéramos intentado maneras diversas de encuadrar nuestro legítimo reclamo de soberanía por el territorio insular usurpado por Gran Bretaña hace casi 200 años, en 1833, la palabra presidencial parece instalar de nuevo la idea de una tarea de seducción para los habitantes de las islas, quienes podrían decidirse por la conveniencia de pertenecer a la Argentina si antes nuestro país crece y se desarrolla en plenitud, una oferta que oscila entre la ingenuidad y un optimismo casi mítico.
Pero no contento con incurrir en una especie de quimera, el primer mandatario comete el grueso error de reconocer como una autoridad calificada a los habitantes que llama “malvineros”, legitimándoles de manera implícita el derecho de decidir sobre un problema que se originó dos siglos atrás como consecuencia del avasallamiento de nuestra soberanía nacional. Un gesto tan poco coherente como reconocerle a quien nos ha sustraído algo el derecho de decidir si se lo queda o lo devuelve.
Ese absurdo planteo no luce sino como una reedición de la política de seducción pergeñada en la década de 1990 por el gobierno de Carlos Menem a través del canciller Guido Di Tella, que entre sus acciones de acercamiento a los isleños incluyó el envío de 600 libros de cuentos del osito Winnie the Pooh para Navidad.
Sin duda alguna, la causa Malvinas merece mejor tratamiento, una política de Estado consecuente que trascienda a los gobiernos y ofrezca a terceros países que siempre nos respaldaron en la cuestión una imagen de seriedad que hoy no tenemos ni hemos tenido durante demasiado tiempo.
Sin duda alguna, ello debería materializarse con una silenciosa y profesionalizada diplomacia, lo que hoy se ve casi imposibilitado por los pueriles prejuicios de quienes desdeñan este tipo de tareas y las ejercen con bravuconadas e insultos, mientras elaboran la lista de las embajadas por clausurar porque, argumentan, son innecesarias.
Hace 43 años, Leopoldo Fortunato Galtieri, un general que presidía un régimen corrupto y sanguinario, nos llevó a una guerra que alejó toda posibilidad de una salida negociada, en ese entonces factible.
Centenares de muertos después, seguimos pagando las consecuencias de aquel error, magnificado posteriormente por intentos groseros de acercarnos a los habitantes de Malvinas y por expresiones de soberbia nacionalista, todo ello condimentado por un infantilismo indisimulable.
Los numerosos argentinos que hoy reposan bajo aquel suelo barrido por el viento no merecen este trato indigno.