Las advertencias que llegan desde los supermercados describen con precisión una escena cotidiana que millones de familias reconocen sin necesidad de datos estadísticos, o a pesar de ellos: cada visita a la góndola exige más dinero y deja menos margen de compra.
Desde la Cámara Argentina de Supermercados sintetizan el momento como un “combo preocupante” de suba de precios y caída del consumo.
Los supermercadistas observan incrementos persistentes en productos claves, en especial en carnes, con nuevos ajustes del 5% al 7% en el inicio de febrero, luego de un enero de aumentos continuos.
Las ventas se mantienen estancadas o retroceden en volumen, lo que agrava el panorama de un sector que opera con márgenes ajustados y costos crecientes.
La preocupación no se limita a las grandes cadenas: comercios de cercanía y almacenes barriales describen una situación todavía más frágil, con caída interanual de ventas y dificultades para sostener estructuras básicas.
En ese contexto, el último relevamiento de la canasta de precios que realiza La Voz aporta datos concretos para dimensionar el problema. En enero, el costo de la compra básica mensual para una familia tipo en la ciudad de Córdoba alcanzó los 756.515 pesos, tras un aumento del 8,69% respecto de diciembre. Se trata de una de las subas mensuales más altas de los últimos meses y la mayor desde el primer semestre de 2024.
El aumento se explicó, sobre todo, por los rubros de mayor peso en la canasta. Carnes y embutidos registraron una suba cercana al 10%, con productos emblemáticos como la carne molida y el pollo, que dejaron de funcionar como alternativas accesibles.
Frutas y verduras mostraron un salto todavía más abrupto, superior al 21%, en este caso, con algunos componentes estacionales.
El relevamiento de este diario tuvo una particularidad metodológica que merece ser aclarada. A diferencia de otros meses, la medición se realizó el primer miércoles del mes y no al cierre. Esa decisión pudo captar aumentos aplicados a fines de enero o en los primeros días de febrero.
Sin embargo, aun con esa salvedad, el resultado confirma una tendencia que trasciende el dato puntual: los precios de los productos básicos siguen una trayectoria ascendente y obligan a las familias a destinar una porción cada vez mayor de sus ingresos a la alimentación y a los artículos esenciales.
Mientras las cifras macroeconómicas ofrecen señales que algunos celebran –desaceleración inflacionaria, orden fiscal, expectativas de estabilidad–, la vida cotidiana cuenta otra historia.
Para amplios sectores, los aumentos en la góndola no guardan relación con la evolución de los salarios. El desfase entre ingresos y precios erosiona el poder adquisitivo y hace que cada mejora macro sea difícil de traducir en bienestar concreto.
Resulta imprescindible que las medidas de política económica impacten en la economía de los hogares, donde se define si una familia puede sostener una dieta adecuada, pagar servicios o evitar endeudarse para llegar a fin de mes.
De lo contrario, se agravarán las consecuencias sociales que ningún indicador alcanza a disimular.



























