La discriminación y la intolerancia a los migrantes y a los extranjeros son prácticas que la humanidad no consigue erradicar. Ni siquiera lo logró después de la masacre racial provocada por Adolf Hitler en Europa, donde en los campos de concentración fueron exterminados millones de judíos, gitanos, eslavos y otras etnias consideradas inferiores por los nazis.
Ya en los años 1950, no mucho después de los juicios de Nüremberg, el desprecio a los migrantes volvía a emerger en Europa y se manifestaba en actos muy concretos. En algunos bares de Bélgica, por ejemplo, colgaban carteles que decían: “No se admiten perros ni italianos”.
La advertencia estaba a tono con el espíritu que comenzaba a imperar tras el final de la Segunda Guerra Mundial, que había lanzado a millones de seres humanos a los caminos en busca de un porvenir esquivo.
La mejoría económica de algunos países hizo el resto, al convertir a los extranjeros en manos de obra barata.
Un concepto novedoso ayudó a no pocos a reinstalarse en un nuevo mundo, el estatuto de refugiado, una categoría que otorgaba cierta protección a quienes habían sido desplazados por la política o las guerras. Hasta hace pocos años, nadie discutía ese estatuto. Pero nada es para siempre.
El pasado diciembre la Unión Europea resolvió, con algo de oposición interna, que ese mundo ha tocado a su fin. Se habilitó la instalación del centros de traslado para migrantes en terceros países. Se alojará allí a ciudadanos cuyas solicitudes de asilo sean rechazadas y deban esperar en nuevos campos de tránsito la resolución de su caso. Esto al margen de que quienes votaron en contra hayan señalado la ajuridicidad de la medida.
El punto es que Europa se cierra adoptando así las posturas más duras de Alemania, Hungría e Italia, por citar sólo a algunos de los que quieren un Viejo Continente alambrado, sin migrantes sirios, del Magreb, ucranianos o bosnios.
El golpe final a esa era acaba de darlo la gestión de Donald Trump, al suspender los visados para 75 países, mientras los agentes de inmigración realizan redadas masivas y les disparan a ciudadanos inermes.
En el mismo continente, México intenta contener el flujo migratorio de salvadoreños y hondureños, y Colombia lidia como puede con la diáspora venezolana que pone en aprietos a Chile. Es un escenario donde queda poco espacio para muestras de humanidad o solidaridad, y se va imponiendo la negación del otro, la certeza de que el recién llegado es peligroso.
En ese contexto, campea la impotencia: la de los organismos multilaterales convertidos en meras oficinas declamativas y burocratizadas; y también la de las organizaciones humanitarias superadas por el problema y las religiosas, con sus estériles llamados a una compasión que nadie quiere ejercer.
Pero la foto más cruel de toda esa impiedad es la legitimación de un nuevo orden inhumano. Ahora se trata de discriminar y marginar con sustento legal.

























