Ciertos hábitos esenciales para la salud humana han experimentado cambios profundos en las últimas décadas. Uno de los más impactantes es el tiempo destinado al sueño.
Se estima que en occidente la reducción alcanza hasta un 25%, tanto en mayores como en niños, aunque esto no implica sólo dormir menos horas, sino la modificación del patrón natural de sueño bifásico (dos bloques de sueño separados por una pausa breve) por el actual sueño monofásico (dormir de un tirón). Ambos son producto de, entre otros factores, las condiciones de vida acelerada, iluminación artificial incluida.
La deuda de sueño no es inocua para la salud, al punto de asociarse a una menor esperanza de vida.
La preocupación es creciente. El gobierno francés anunció a finales de 2025 la idea de promover “siestas” como complementos del sueño. La iniciativa alcanzaría tanto a empresas, y fábricas como a centros educativos, ya que “también un 30% de los niños y el 70 % de los adolescentes padecen falta de sueño”.
Ya una década atrás, investigadores del Instituto de Neurociencias de la Universidad Libre de Bruselas habían demostrado que “una siesta de media hora permite a alumnos de primaria asimilar y memorizar mejor lo aprendido”.
Otro estudio reciente en niños entre 2 y 5 años demostró que, aunque una siesta retrasaba imperceptiblemente la conciliación del sueño nocturno (apenas 6,4 minutos), el impacto en el descanso era muy beneficioso.
La evidencia científica respecto de las ventajas de dormir breves siestas es abrumadora.
Una de las investigaciones más sólidas fue realizada por la NASA (Agencia Espacial de los Estados Unidos), y concluye que “siestas de entre 10 a 30 minutos mejoran drásticamente la concentración, el estado de alerta y la memoria en todas las edades”.
Esta información interpela entonces un antiguo pero vigente mito: “Dormir la siesta perturba el sueño nocturno”.
Son muchos los adultos que buscan impedir que sus chicos duerman siestas, ilusionados con que “lleguen más cansados a la noche y duerman más”. Les preocupa el bienestar de sus hijos/nietos/sobrinos/ahijados, pero también recuperar ese sueño reparador que mejore el humor en todos.
Los lactantes quedan fuera de discusión; ellos reparten el sueño en muchos períodos tanto durante el día como la noche. El dilema surge después de (aproximadamente) los 2 años, en especial si ya tienen actividades obligatorias.
Esto explica que el debate haya llegado a los docentes, responsables de acompañar las largas jornadas infantiles, pero aún no llegan a un acuerdo. Por esto en algunas instituciones se promueve las siestas como rutina, mientras que en otras se considera que reducen los tiempos de aprendizaje.

Siestas saludables
Sin obviar las múltiples diferencias individuales, es posible asegurar que las siestas no son disruptores del sueño nocturno, sino que, en muchos casos, ayudan a completar las horas recomendadas para cada edad.
En tal sentido, la Organización Mundial de la Salud y otras organizaciones sugieren que, durante el primer año de vida, los bebés duerman 12 a 16 horas. De 1 a 5 años, 10 a 13 horas; escolares de primaria, 9 a 12 horas; y adolescentes, 8 a 10 horas.
No pocos progenitores agradecerían poder organizar la vida familiar para que los chicos alcancen esas cifras, y así recuperar la armonía perdida por falta de sueño.
Porque, citando al poeta estadounidense Ralph Emerson, “Ningún padre o madre quiere tanto a su hijo como para no querer verlo dormido”.
*Médico pediatra





























