La historia de Irán se despliega como un lienzo complejo, donde el poder político a menudo entra en conflicto con la voluntad popular. Hoy, mientras el aparato estatal endurece su postura frente a la disidencia, el eco de este enfrentamiento resuena con una familiaridad desgarradora. Sin embargo, más allá del conflicto coyuntural, lo que persiste con fuerza es un clamor incesante por la dignidad y la libertad.
Existe un paralelismo histórico innegable entre la crisis contemporánea y los sucesos del siglo XIX, cuando 20 mil seguidores de la fe bahá’í enfrentaron una persecución sistemática. Como sucede hoy, el supuesto “delito” no fue la sedición política, sino la audacia de sostener principios que desafiaban un orden estancado: la unidad en diversidad de la humanidad, la igualdad entre mujeres y hombres, y la armonía entre ciencia y religión. Ideales que en su momento parecieron heréticos son hoy banderas que gran parte de la sociedad iraní levanta en su búsqueda de libertad.
La raíz profunda de esta tensión permanece inalterada: es el temor de las estructuras rígidas ante el despertar de una conciencia libre. Mientras se intenta imponer una uniformidad asfixiante, la sociedad civil reclama su derecho a la diversidad.
Ante esta realidad, la comunidad bahá’í ha ofrecido una respuesta de “resiliencia constructiva”: no recurrir a la represalia ni a la violencia, sino mantener una firmeza espiritual que prefiere el sacrificio personal antes que la traición a la propia integridad.
Esta postura demuestra que la fe auténtica no debe ser un instrumento de control, sino un motor de servicio. Como bien señalan sus escritos, la religión debe ser causa de amor y unión; si, por el contrario, se convierte en causa de odio y división, la ausencia de religión sería preferible. Este principio universal nos recuerda que la espiritualidad verdadera libera, no oprime.
La perspectiva bahá’í ve el destino de Irán en una encrucijada. Los textos sagrados advirtieron que resistirse a la renovación espiritual traería tribulación, pero tras el crisol del sufrimiento se vislumbra una promesa de redención. El horizonte final es la instauración de una justicia veraz y compasiva.
En ese futuro de paz, un Irán liberado de la intolerancia está llamado a ser, tal como fue profetizado, el jardín del mundo, cumpliendo el anhelo de que la luz de la conciencia finalmente prevalezca.
*Representante de la fe Bahá’í ante el Comipaz























