La “ilustración oscura” que avanza sobre Occidente tiene algo en común con lo vaticinado por Amos Oz en los años 1980.
El lúcido novelista israelí advirtió en 1987 que en Israel podía formarse una coalición de lo que llamó “fuerzas negras”, dirigencias que se oponen a la cultura occidental, odian a los intelectuales, odian a la izquierda sionista y desprecian la ley y la autoridad de la Knéset, o sea, la democracia liberal.
La expresión “fuerzas negras” que predijo ese novelista varias veces postulado al Nobel de Literatura describió anticipadamente la coalición del Likud y los fundamentalistas que está debilitando la democracia israelí, mientras aísla al país en el mundo con su agresivo expansionismo. Y describe, también, el movimiento que crece en Occidente y que Nick Land llamó “dark enlightenment”: ilustración oscura.
Land es el filósofo inglés que plantea el “aceleracionismo” y la “cultura cibernética”, lentes con las que observa la ola neorreaccionaria que surfean estrategas ultraderechistas como Steve Bannon; el hombre más rico del mundo, Elon Musk; el bloguero Curtis Yarvin, para quien la norteamericana es una “democracia fallida”, y también Peter Thiel, uno de los principales promotores de que el poder quede en manos de las elites de megamillonarios que amasaron sus fortunas con la innovación tecnológica.
Darwinismo social
Discípulo del filósofo francés René Girard, autor de la teoría del deseo mimético (según la cual “el hombre es una creatura que no sabe qué desear… y decide imitando los deseos de los otros”), Peter Thiel defiende un libertarismo económico que es socialmente darwiniano y propone que el poder político lo tengan los mejores en materia de tecnología digital; ergo, los que crearon y poseen grandes empresas de innovación tecnológica.
Esa elite debe gobernar sin trabas burocráticas, jurídicas y políticas, idea que lo llevó a diseñar un proyecto de colonización del mar con ciudades flotantes, para eliminar el Estado de derecho y cualquier tipo de institucionalidad.
En su libro El momento straussiano, Thiel sostiene que, así como el 11-S “mostró la incompatibilidad entre libertad y seguridad” en la realidad que entonces planteó la irrupción del terrorismo global, la realidad actual muestra que “la libertad y la democracia son incompatibles”.
Rapto de honestidad intelectual que exhibe lo que otros libertarios, como el presidente Javier Milei, ocultan: la convicción de que la democracia liberal debe ser reemplazada para “apartar a las mayorías de las decisiones de gobierno”.
Thiel nació en Alemania y se instaló en Estados Unidos, donde estudió en Stanford y creó la start-up que provee de análisis masivo de datos y vigilancia predictiva al Pentágono, a la CIA y al ICE, o sea, un eslabón clave en lo que llama “complejo militar-digital”, el equivalente a lo que Ike Eisenhower había denunciado como un poder oculto al que llamó “complejo militar-industrial”.
Como fue de los primeros en ver que el poder ya no está en las armas sino en los algoritmos, su fondo de inversión apostó desde etapas embrionarias a empresas como Facebook.
Como todos los populistas conservadores, Thiel aplica el concepto “amigo-enemigo” de Carl Schmitt, aborrece el feminismo, se niega a aceptar la diversidad sexual y, en su guerra contra los valores demoliberales, recurre a la “batalla cultural”, el instrumento gramsciano que, junto con la dicotomía schmittiana, también fue abrazado por el chavismo y sus réplicas en Latinoamérica.
A diferencia del libertarismo confeso, en su libro De cero a uno, Thiel deja de lado la obsesión por el libre mercado para centrarse en la necesidad de impulsar “monopolios creativos” que impongan el progreso vertical de la tecnología. Otro rapto de honestidad inexistente en los políticos que levantan las banderas de la “libertad” tal como la conciben los neorreaccionarios.
Patrimonio e ideas
Aunque muchos de sus admiradores provienen de la clase media, los tecnoplutócratas y quienes los representan en la política, como Donald Trump, son millonarios convencidos de que sus ideas valen tanto como sus patrimonios. O sea, lo contrario a lo que sostenía Immanuel Kant.
Para el filósofo que escribió Crítica de la razón pura, no es la dimensión de lo que posee una persona sino la dimensión de las posesiones de las que puede prescindir lo que muestra la verdadera magnitud de su riqueza.
En las antípodas están los valores que difunden algunos de los megamillonarios que hicieron sus fortunas desarrollando tecnología digital.
Tan convencidos están de que la única riqueza es la que se mide en empresas, en propiedades y en cuentas bancarias, que hasta la consideran razón válida para detentar el poder político, además del económico. Y trabajan para que la democracia occidental sea reemplazada por plutocracias encabezadas por los creadores o los CEO de empresas que desarrollan tecnología digital.
Pueden delegar el poder en un conservador que sea millonario, aunque no sea digno ni lúcido, ni sensato, ni decente. Incluso mejor si no es nada de eso, como Trump.
A esta altura de la historia, además del fascismo, del neonazismo, de los populismos de izquierda y de derecha, de los fundamentalismos religiosos y del marxismo, al Estado de derecho lo amenaza de muerte la “ilustración oscura”.
Periodista y politólogo

























