Parafraseando la pregunta que se hicieron respecto de la fe y del ateísmo el escritor medievalista Umberto Eco y el teólogo jesuita Carlo María Martini (“¿en qué creen los que no creen’”), hoy la política impone preguntarse en qué piensan los que no piensan. O sea, quienes eligen posicionarse desde la emoción en lugar de hacerlo desde el pensamiento crítico.
En las últimas décadas del siglo pasado, irrumpieron movimientos latinoamericanos que, desde la izquierda y la derecha, generaron liderazgos personalistas con rasgos mesiánicos, los cuales debilitaron los recién recuperados estados de derecho al intentar imponer gobiernos “mayoritaristas”, o sea los que tienen apoyo de mayorías pero demonizan a las minorías, con un reemplazo del diálogo político por la confrontación permanente.
En este capítulo de la historia, las izquierdas de ese tipo recurrieron a Carl Schmitt, el intelectual alemán que influyó en el nazismo con su concepción amigo-enemigo para la construcción política. A esa mirada dicotómica con raíz en el ultranacionalismo conservador, le sumaron el concepto gramsciano de “batalla cultural”.
Pero sus interpretaciones están lejos de las que aportaron en la década de 1980 expertos en el pensamiento de ese intelectual marxista, como los sociólogos Juan Carlos Portantiero y Francisco Aricó. Estos plantearon como “batalla cultural” el debate para convertir en sentido común colectivo valores como solidaridad, empatía, equidad, justicia y libertad. Los populismos izquierdistas de finales del siglo 20 y primeras décadas del 21, en cambio, libraban batallas culturales “bajando línea” y estigmatizando las miradas distintas. Su objetivo era homogeneizar la forma de entender la realidad e imponer una ideología hegemónica.
Pensamiento hegemónico y sentido común
No es lo mismo la batalla cultural para imponer una ideología hegemónica que la batalla cultural de Portantiero y Aricó para convertir en sentido común social la “ética de la solidaridad” y otros valores humanistas que no buscan diluir el individuo en la masificación ni se contraponen a la libertad.
Los populistas de izquierda confundieron “batalla cultural” con “emboscada cultural” y perpetraron linchamientos públicos como los del programa 6, 7, 8 desde la televisión estatal y también adoctrinaron en aulas escolares y claustros universitarios.
Lo mismo, con igual fervor, hizo el ultraconservadurismo que hoy crece en Occidente, al declarar guerras contra las culturas y sistemas demoliberales a pesar de los sorprendentes niveles de libertad, bienestar social, desarrollo tecnológico y opulencia económica que estos dieron a todo el norte occidental.
Si en zonas de sólida cultura democrática como los países europeos y, en América, Estados Unidos y Canadá, derechas extremas están librando “batallas culturales” con saña y alevosía para convertir democracias liberales en autocracias plutocráticas, casi no encuentran resistencia en Latinoamérica, donde la cultura política está menos influida por el pensamiento que generaron las revoluciones atlantistas.
Por eso, en Argentina una oposición culturalmente enclenque allana el paso a los ideologismos que Javier Milei intenta convertir en pensamiento único con su “batalla cultural”. Lo mismo hacen otros líderes inconcebibles que fermentaron en los pantanos ultraconservadores de estos años.
Todos usan los mismos métodos de supremacismo ideológico que los adoctrinantes populismos izquierdistas de las dos primeras décadas. Igual que el presidente argentino y sus eufóricos seguidores, todos confunden batalla cultural con emboscada cultural, e instalan en los medios dispositivos de “periodismo militante” que, además de defender de manera acrítica a sus líderes ultraconservadores, hacen bullying y propinan linchamientos de imagen a sus adversarios y críticos.
Cultura como sedimento
Antonio Gramsci describió la cultura como “la potencia” colectiva “de pensar y saberse dirigir”, mientras que Milan Kundera –al afirmar que cultura “es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica” determinante del “modo de pensar y de vivir” de una comunidad– no contradijo sino que especificó lo que antes había afirmado André Maurois: “Cultura es lo que queda una vez que se olvida todo lo aprendido”.
Tanto para el escritor checo como para el autor francés de estupendas biografías de Napoleón, de Disraeli, de Chateaubriand, de Victor Hugo y de Balzac, entre otros grandes de la historia y de la literatura, la cultura es un sentido común compartido que se sostiene por capas de valores que sedimentan la historia.
No se trata de acumulación de conocimiento y de arte, sino de una lente para mirar la realidad, cimiento que determina la forma y la solidez de la cultura que se edifique sobre esa base.
Hay sociedades con capas sedimentarias que sustentan un sentido común democrático, mientras que, en otras, los sedimentos sostienen mejor las culturas autoritarias.
Cuando la cultura política liberal es vigorosa, la sociedad reacciona contra la arbitrariedad del gobernante. En Latinoamérica, los populismos de izquierda y de derecha cobran con acumulación de poder y derecho a la impunidad los éxitos que obtengan sus gobiernos. Y mientras se sienta beneficiada por un gobernante, la sociedad sin cultura liberal le otorga la cuota de poder y de impunidad que reclame.
En las sociedades con vigorosas culturas democráticas, no se tolera que un gobernante quiera cobrarse de algún modo el éxito que tenga su gobierno. Para la cultura liberal, el éxito no da derechos.
Cuando los valores políticos liberales se convierten en el sentido común de una sociedad, el éxito y los aciertos de un líder no le otorgan derecho a la arbitrariedad, a la corrupción, a la vulgaridad, al sectarismo o a la crueldad.
Periodista y politólogo





















