Según Enrique Santos Discépolo “…el mundo fue y será una porquería ya lo sé. En el 510, y en el 2000 también…”, pero ello se agravó, desde la década iniciada en 2020 porque hemos tenido 15 conflictos bélicos en el mundo.
La invasión de Rusia a Ucrania, lo ocurrido en Gaza e Israel, lo que sucede ahora en Irán, y la reciente e impactante detención del dictador Nicolás Maduro y su esposa, en Venezuela, ordenada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
A ello se sumará la inviabilidad pronto del gobierno cubano, que se quedará sin el petróleo que le envía Venezuela, y las amenazas de unas posibles invasiones de China a Taiwán y de Estados Unidos a Groenlandia.
Lo de Maduro es importante porque durante el chavismo y su gobierno emigraron más de ocho millones de venezolanos, porque en las últimas elecciones fue derrotado y se negó a entregar el poder, y porque es necesario hoy liberar, cuanto antes, la gran cantidad de presos políticos alojados en infiernos carcelarios, como es el de Helicoide, ubicada en Caracas.
A causa de su debilidad, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA) y los demás organismos y tribunales que los acompañan han demostrado no estar en condiciones de hacer cumplir las reglas del derecho internacional, ni de hacer posible la paz.
Los estados “soberanos” han dejado de ser tales, cuando no respetan la democracia, ni los derechos humanos de sus habitantes, lo que hace más que utópico invocar el principio de no intervención cuando son invadidos por esos abusos.
A los sudamericanos que, hasta la detención de Maduro en Venezuela, estábamos lejos de tener en nuestro territorio un conflicto bélico, a partir de este secuestro se torna imprescindible pensar y proyectar un pronto cambio o restructuración de las organizaciones gubernamentales del continente y del mundo, aunque ello parezca imposible.
En un año en que se está por designar un nuevo secretario general de la ONU -para el que ya hay un candidato argentino, Rafael Grossi, actual jefe desde 2019 de la Organización Internacional de Energía Atómica (Oiea)- parece oportuno pensar y proponer una acelerada reorganización de la entidad, para hacer posible la paz y poner fin a las guerras.
Dichas restructuraciones deberán estar siempre orientadas al bien común universal y la paz y garantizar, además, los derechos humanos de todos los que vivimos en esta tierra.
Para que las organizaciones gubernamentales, en todos los niveles, sean democráticas y que las diferencias que pueda haber entre personas o sectores sean siempre zanjadas mediante el diálogo, la negociación y el consenso.
Dichas reformas deberán servir para terminar, también, con las guerras, las violencias y la fabricación y uso de armas atómicas.
Aunque una pronta maduración de estas ideas no parezca fácil de hacerlas posibles, los que queremos la paz, la igualdad y el buen vivir de todos, cualesquiera sean sus nacionalidades o creencias, y los que creemos que Dios nos puso a disposición un universo cargado de buenos recursos para que todos tengamos un buen vivir, vale la pena, entonces, que nos unamos para que ellas se concreten.
Exdiputado nacional; profesor emérito de la UNC y de la UCC

























