Cuando el secretario general de la otrora poderosa Unión Obrera Metalúrgica debe esforzarse por explicar por qué trabajadores que pierden su empleo, en un contexto de cierre sostenido de empresas, optaron por La Libertad Avanza en las últimas elecciones.
Cuando sociólogos y analistas intentan comprender por qué, en distintas latitudes, discursos disruptivos y crecientemente dogmáticos –aun entre sí antagónicos– empujan la política hacia posiciones extremas, canalizan el malestar social y se convierten en opciones mayoritarias.
Cuando fracasa la crítica a la polarización como método de construcción política y las sociedades continúan respondiendo a la agresión, la descalificación y la necesidad de un enemigo como forma de identidad colectiva; cuando el voto “en contra de” resulta más movilizador que el voto “a favor de”.
Lo que se revela es una profunda crisis de representación que no puede leerse sólo en clave económica o ideológica, sino como parte de un deterioro más amplio del sistema democrático.
En ese marco, el orden institucional vigente muestra crecientes dificultades para procesar la insatisfacción social, canalizar el conflicto y ofrecer un horizonte de sentido compartido.
En ese vacío, la promesa de orden, decisión y eficacia –incluso a costa de derechos, mediaciones y controles– gana atractivo frente a sistemas percibidos como lentos o desconectados de las demandas sociales, abriendo paso a soluciones de impronta más autoritaria que ya no se imponen sólo desde arriba, sino que encuentran también consentimiento social.
El agotamiento del orden institucional conocido
Los liderazgos institucionales y las formas tradicionales de representación se encuentran desacreditadas, no sólo por sus propios fracasos, sino también por el impacto disruptivo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
Como señala Giuliano da Empoli en La hora de los depredadores, gracias a internet y a las redes sociales, la debilidad y la hipocresía de las élites están ahora expuestas a los ojos del mundo.
Partidos políticos, organizaciones del Estado y de la sociedad civil y sus liderazgos representativos han perdido de manera sostenida la credibilidad que durante décadas sostuvo la vida democrática. Y las nuevas plataformas tecnológicas han habilitado formas directas, fragmentarias, efímeras y volátiles de autorrepresentación, lo que erosiona los mecanismos clásicos de mediación política y social.
En ese terreno fértil avanzan los –llamados por Da Empoli– “borgianos”, que prometen soluciones simples a problemas reales –inseguridad, inmigración, costo de vida–, mientras menosprecian las salvaguardas del viejo orden: instituciones independientes, derechos, límites al poder.
Frente a ellos, sus adversarios responden con apelaciones a reglas y advertencias morales que ya no movilizan. En amplios sectores sociales, la idea misma de límite se ha erosionado y crece la disposición a resignar libertades civiles o políticas a favor de liderazgos que expresan certezas dogmáticas y prometen defenderlas, incluso mediante el uso de la fuerza.
No se trata de una crisis coyuntural, sino de un cambio de época que, acompañado por las nuevas tecnologías –y hoy por la inesperada e impredecible irrupción de la inteligencia artificial–, avanza dispuesto a probar hasta dónde puede llegar.
El orden institucional –y sus formas representativas– se ha resquebrajado y, junto con él, las reglas conocidas para dirimir consensuadamente los conflictos de poder y de intereses contrapuestos que se anidan en el seno de las sociedades.
Idear un nuevo sentido después de la ruptura
La mirada fatalista de La hora de los depredadores sugiere que las élites occidentales, debilitadas por sus propias inconsistencias y reacias a quedar fuera del nuevo orden, han cedido las llaves del poder a los nuevos conquistadores de la tecnología.
Según esa interpretación del momento histórico, los “depredadores” avanzan no sólo por su dominio de las herramientas del presente, sino también porque el viejo orden ha perdido la legitimidad necesaria para oponérseles.
Bajo esa lectura, las instituciones aparecen subordinadas a fuerzas que ya no controlan: los límites se erosionan y la democracia queda expuesta como una forma agotada, incapaz de contener dinámicas que ella misma ayudó a liberar.
Pero existe otra lectura posible, menos cómoda y más exigente, que entiende este tiempo de ruptura no como el fin de la institucionalidad –y el consiguiente avance de la fuerza–, sino como el desafío de recrearla bajo nuevas condiciones.
Si el orden anterior se resquebrajó, no fue únicamente por el empuje de los nuevos poderes tecnológicos, sino también por la incapacidad progresiva de las élites intelectuales, políticas y sociales para comprender la magnitud del cambio, pensar el conflicto, disputar sentido y construir proyectos colectivos capaces de volver a interpelar a las mayorías.
La responsabilidad de este tiempo no es volver al pasado ni resignarse al fatalismo, sino asumir la tarea –difícil pero ineludible– de imaginar nuevas reglas, nuevas mediaciones y nuevos lenguajes para una democracia capaz de sobrevivir a su propia transformación.
Pensar, hoy, no es un ejercicio teórico: es una forma concreta de intervención política y social.
Licenciada en Administración de Empresas
























