A una hora incierta de la noche, en la oscuridad absoluta de mi dormitorio, con las persianas bajas y las cortinas cerradas, acostado en una cama de dos plazas sobre un colchón adecuado a mi peso y a mi estatura, en las mejores condiciones posibles para dormir nueve horas seguidas, no sé cuántas veces en mi vida adulta me desperté sobresaltado por una ráfaga de sonidos que atravesaba las paredes y me perforaba el cráneo.
En el primer instante, era solo un estruendo, un fragor inarticulado, la clase de ruido que acompaña a las catástrofes: un terremoto, una explosión nuclear, el choque de un aerolito contra la ciudad. Lo más parecido al fin del mundo que nos puede ofrecer la madrugada.
Esa calamidad, no obstante, tenía un lado positivo. No se repetiría. La trompeta del apocalipsis no iba a sonar por segunda vez. Ya había anunciado lo que debía anunciar, la noticia de que todo estaba terminado, exterminado, así que la punzada de conciencia que me desgarraba el cerebro era la última luz del yo antes de disolverse en la oscuridad definitiva.
Me equivocaba.
Más allá de la muerte, más allá del desastre, el estruendo continuaba, se alargaba, insistía, se hacía eco de sí mismo, se articulaba, seguía taladrando en distintas direcciones de mi masa encefálica en busca de la conexión con la médula espinal y con los millones de nervios correspondientes que me impulsaban a dar vueltas en la cama y a taparme la cabeza con la almohada hasta asfixiarme.
Interminable
Mi primera reacción, después de insultar a todos los culpables de esa agonía nocturna, desde el inventor del parlante hasta las leyes físicas de propagación del sonido, era tratar de hipnotizarme en defensa propia. Aprovechar la tonelada de sueño que aún pesaba sobre mi cuerpo y utilizar cada miligramo para crear una especie de muralla que detuviera esa inmensa ola de agresiones constantes.
La imagen es precisa y delata mi impotencia: el esfuerzo equivalía a soplar contra el océano para desviar la dirección de la marea. Ni siquiera llegaba a fruncir los labios: el golpe me arrasaba. Me hacía tragar espuma, baba, mocos, restos indiscernibles de materia bucal y mental, y cuando me sentía completamente humillado, vencido por esa fuerza contraria, me sacaba la almohada de la cabeza, volvía a respirar y me sentaba aturdido en la cama.
Aun sin levantar los párpados, notaba que la oscuridad del dormitorio se había vuelto fosforescente, titilaba, temblaba, convertida en la pista de baile del infierno. Yo sabía que todas las persianas estaban cerradas y las cortinas corridas, lo había comprobado antes de irme a dormir. Pero igual, por reflejo condicionado, me levantaba a ratificar que no hubiera un solo resquicio abierto en ninguna parte. Palpaba las paredes en busca de un hueco e inspeccionaba el piso en busca de un cráter, y empujado por la inercia revisaba las otras habitaciones sin encontrar ningún cambio perceptible.
Salvo que la casa hubiera sido arrancada de la superficie terrestre y estuviera flotando en el espacio exterior, no había señales de una conflagración universal. A la vez, la evidencia en mis oídos me indicaba que la conflagración universal era precisamente ese fragor que me había despertado y que ahora devoraba todo el aire disponible para regurgitarlo, una y otra vez, en la forma de un huracán interminable.
Desde aquí, todo es imaginario
No sé por qué razón después de dar vueltas como un sonámbulo, me sentía con la disposición de Lucifer para analizar los defectos del mundo. Sin darme cuenta, algo en mí empezaba a filosofar: ¿cómo podía ser que miles de personas creyeran con una fe resistente a cualquier prueba que ese estruendo que me despellejaba vivo era música?
La respuesta, claro, estaba condicionada por mi estado de ánimo. Eso explica por qué en vez de expresarse mediante una secuencia de silogismos articulados en un argumento lógico, mi mente proyectaba hacia la ciudad un comando de fuerzas especiales para que se encargara del asunto. Era un alivio momentáneo. Un instante de euforia vengativa.
Sin embargo, las soluciones extremas no me conformaban del todo. Por muy masivas que fueran sus acciones, nunca equivaldrían a una hora de insomnio en la soledad de mi casa. Además había un problema logístico que me superaba. Yo carecía de los superpoderes necesarios como para lograr que un porcentaje significativo de la demografía de la ciudad renunciara a sus disgustos musicales.
De modo que mi comando retrocedía hacia el punto de irritación que lo había originado, y era reemplazado por un par de matones diseñados por mi resentimiento y adaptados a las condiciones objetivas de la situación.
El operativo –siempre imaginario, siempre comprimido entre los huesos de mi cabeza– consistía en esperar a que terminara el baile. Al amanecer y cuando la gente empezaba a salir del club, los matones elegían un grupo de personas, las seguían hasta que se dispersaban, y en el momento en que alguien se quedaba solo, lo agarraban por la espalda y lo metían en la cabina de una combi.
El tipo o la tipa se resistía, tiraba patadas y manotazos, pero no tenía ninguna posibilidad de liberarse. Una vez que se calmaba, lo dejaban atado, solo, inmovilizado en un asiento fijo en la cabina, equipada en su interior con parlantes e insonorizada con paneles de goma espuma para que el sonido no se filtrara hacia el exterior.
No bien se encendía el motor de la combi, se activaban los parlantes y lo que surgía de sus amplificadores tenía la potencia suficiente para mantener despierta a una persona pero no para romperle los tímpanos.
No soy tan optimista como para suponer que después de esa fantasía terapéutica, el tipo o la tipa se convertía en un amante de la verdadera música. Simplemente la imagen de su figura anónima, caminando por una calle de tierra de vuelta a una casa medio perdida en los suburbios, con los oídos aún colmados de acordes maravillosos, me inducía la serenidad perfecta para dormirme hasta el mediodía.
























