“El semáforo es una sugerencia”, afirma el taxista, mientras acelera por una avenida atestada de autos, revisa el celular buscando en Facebook fotos de él con Diego Maradona y con la otra mano toca en la tablet que está casi pegada al parabrisas, para buscar imágenes del 10.
Cruza otro semáforo en rojo y seguimos intentando ver Nápoles por la ventanilla, escuchar sus historias, asombrarnos por las fotos de su teléfono y, de reojo, ayudar a que no choquemos.
Unas horas antes, el tren iba arribando a la estación Napoli Centrale y esperábamos ver imágenes de Diego Armando Maradona. A los 20 segundos de descender, saco el celular para tomar la primera foto de un Diego sonriente, con aureola de santo, pintado en una cafetería. Treinta segundos después, encontramos un local de venta de merchandising oficial del club, con imágenes y fotos del 10. En el menú del bar, mostrado en una foto grande, hay una Pizza Diego como producto estrella, y tomo la tercera foto en un minuto.
Dalma Maradona suele decir que en la Argentina hay gente que ama al padre y gente que no, y que eso no pasa en Nápoles. Aunque también hay grieta en Nápoles en torno de su padre: están quienes lo quieren mucho y otro grupo que lo quiere muchísimo.
Diegomanía constante
El primer lugar en los planes del viaje era el mural del Diego en el barrio español, o “Quartieri Spagnoli”, zona digna de una película de Vittorio De Sica o de Federico Fellini. Calles angostas, gritos que surgen desde las ventanas, ropa tendida por todos lados, algo de suciedad, olor a pizza, imágenes de Diego, pisos muy irregulares, hasta que se llega a ese mural, que no es la mejor pintura del Diego pero sí la más reconocida.
En el lugar, hay camisetas en venta y otras que deja la gente en esa especie de santuario. Hay personas que lloran, que se persignan, que cantan. Suena de fondo música de Rodrigo, La mano de Dios. Está en venta la camiseta de Napoli, celeste, con un 10 tan enorme como su historia. Se escuchan voces de todos los idiomas. Hay colgadas camisetas de Boca, de Newell’s, de Argentinos Juniors, de Belgrano, de Instituto. Hay cartas y hay velas encendidas. 10 euros cuesta la de Napoli con la 10, “casi original”.
Antes comimos una pizza Diego con un Aperol celeste, que se llama Napoli. Hay pizzas de Careca y de Ferrara, dos compañeros del 10 en el club. El dueño reconoce el acento y pregunta: “¿Son argentinos?” Una pregunta que se repetirá en toda la travesía.
Grabamos videos y no queremos irnos. También pretendemos visitar el San Paolo, al estadio donde brilló Maradona y que ahora lleva su nombre. Al salir del barrio español, se ve un Nápoles con grandes avenidas y lujosas tiendas.
Templo maradoniano
Tomamos el primer taxi de la fila, apenas salimos. Son seis kilómetros de distancia y casi media hora de viaje. El taxista escucha nuestro acento y pregunta si somos argentinos.
El taxi es moderno, tiene una tablet en el centro del tablero que indica el camino y va también exhibiendo imágenes de Nápoles. El conductor pasa el primer semáforo en rojo y ve nuestras caras. “El semáforo es una sugerencia”, dice nuevamente para calmarnos.
Nos empieza a contar historias de Diego mientras en su celular busca fotos en las que aparece junto con el 10. Cada tanto toca la tablet para entrar a Facebook, porque –aclara– allí tiene más fotos.
Todo esto mientras va manejando, en un tráfico algo caótico, aceptando o no las “sugerencias” de los semáforos. Y en un momento se levanta la remera para mostrarnos el tatuaje del Diego con un inmenso 10 en la espalda, una imagen repetida.
En el estadio hay mucho movimiento, aunque no es época de partidos. Nos aclara el taxista que debe de haber un espectáculo. Apenas llega, pone balizas y se baja a hablar con alguien de la seguridad. Me pide que lo acompañemos.
Se enoja con el empleado de seguridad que no nos deja entrar, y empieza a gritar. “Son argentinos”, le espeta al señor con uniforme verde, que parece acostumbrado a esto.
Este le explica que son órdenes y que por nada del mundo vamos a poder pasar. A la hija de Maradona tampoco la dejaron, explica el taxista. Nos pide disculpas como si fuéramos alguien de la familia Maradona. Nos muestra más fotos de él con el ídolo y con Claudia, de su época en la que trabajaba como vendedor de entradas en la boletería.
Dice que su adolescencia fue Diego, y que su mejor historia era escaparse de la escuela para ir a los entrenamientos, en el lugar donde Dalma le colocó las flores entre las medias.
Cada tanto se emociona mientras cuenta historias. Nos indica que demos la vuelta al estadio y que no tomemos taxi para volver: que vayamos a la estación de tren “Diego Maradona”, que queda cerca, y tomemos el tren que nos deja en pleno centro. Hay fotos de Diego por todos lados y casi todo está pintado de celeste. “Van a gastar menos”, afirma.
Diego es Dios
Entramos a un mercadito a comprar una gaseosa y algo para comer. El dueño nos pregunta si somos argentinos y se comienza a sacar la remera para mostrarnos un tatuaje de un Diego enorme gritando un gol con la camiseta del Napoli.
Desde atrás de una estantería aparece un joven que parecía estar acomodando latas de tomate. Cuando llega cerca de nosotros, se da vuelta para mostrarnos su espalda y exhibe un Maradona que levanta la Copa del Mundo embanderado con la camiseta argentina. En su pecho tiene también una imagen de Diego. Nos cuenta que su hijo se llama Diego.
Llevamos la comida a la playa y nos tiramos en la arena. Dos niños de unos 9 años juegan con una pelota. Cada tanto la pelota va desde la arena al mar, y tienen que buscarla.
“Diego, te toca a ti”, le dice el más alto. Al rato el más bajo repite una frase parecida “Diego, búscala tú”. Preguntamos en un italiano muy mediocre si ambos se llamaban Diego. La respuesta fue sí.