A pesar de las continuas advertencias, de la difusión sobre los riesgos de la automedicación y de las frecuentes intoxicaciones, el consumo indirecto de medicamentos en niños es un hábito que no parece modificarse.
La preocupación no es nueva ni limitada a regiones del mundo.
Ya en 1997, la Organización Mundial de la Salud proponía una verdadera revolución en materia de salud pública, al pedir que cada medicamento pediátrico se aprobara con base en la “mejor evidencia científica terapéutica”.
Esta declaración marcó el inicio de los “medicamentos esenciales”, definidos así por su eficacia, por su seguridad y por estar dirigidos a enfermedades prevalentes en cada territorio.
En la actualidad, 139 países disponen de una lista específica, con diferencias notables.
En lo que se coincide es en los fármacos más usados.
A gran distancia de los demás, se destacan las drogas antifebriles-analgésicas (paracetamol e ibuprofeno), antibióticos (amoxicilina), soluciones-sales de rehidratación oral (SRO) y un broncodilatador (salbutamol).
De este acotado grupo, los dos primeros concentran la mayor cantidad de complicaciones por uso inadecuado.
Es comprensible: ningún adulto a cargo tolera el sufrimiento infantil, aun el más leve, sin considerar la administración de gotas, jarabes o comprimidos que lo alivien.
El mal uso está hoy potenciado por otros fuertes condicionantes. Paracetamol e ibuprofeno son productos de bajo costo y sin receta médica, tanto en Argentina como en otros países, mientras que las publicidades engañosas proliferan en todos los medios de comunicación.
En nuestro medio, es frecuente que se ignore la reglamentación de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) –su última actualización data de junio de 2025–, en la que, de manera explícita, se enuncia que la publicidad “no deberá ser engañosa, entendiendo por tal atribuir al producto acciones, usos o propiedades terapéuticas que no hayan sido debidamente autorizados”.
En este sentido, existen varios mitos por desenmascarar. Ni paracetamol ni ibuprofeno tienen efecto sobre el cansancio, ya sea fatiga física o desánimo; tampoco son descongestivos ni mejoran resfríos comunes.
Su utilidad se limita a reducir la fiebre y el dolor, con la concreta aclaración de que el paracetamol, a diferencia del resto de los denominados “aine” (antiinflamatorios no esteroideos), reduce la temperatura corporal, pero tiene escasa acción antiinflamatoria.
Efectos adversos
El efecto adverso más conocido del paracetamol es la toxicidad hepática, causada tanto por una alta dosis como por dosis acumuladas. La recomendada es 60 mg por kilo y por día, repartida en cuatro tomas; esto significa que no debería superarse la cifra de 15 mg/kg cada seis horas.
El consumo de ibuprofeno, en tanto, ha crecido de manera exponencial en los últimos años y en todas las edades, debido a la casi nula percepción de los efectos adversos, por lo que parece natural consumirlo ante cada molestia mínima.
No obstante, su acción antiinflamatoria se basa en el bloqueo de ciertas enzimas, las mismas que mantienen la función renal y hepática normal. Conclusión: su bloqueo no es inocuo.
Los daños a largo plazo (insuficiencia renal crónica, irritación gastrointestinal y el aumento del riesgo de enfermedades cardiovasculares) indican que la prevención debería comenzar en la propia infancia; siempre, territorio de oportunidades.
La dosis máxima recomendada ronda los 40 mg por kilo de peso corporal por día.
Como en muchos aspectos de la crianza, el riesgo de efectos adversos aumenta después del primer año de vida, cuando los cuidados –hasta entonces, cuidados meticulosos y precisos– se relajan y la automedicación familiar podría volverse temeraria.
Médico

























