El brete es tremendo para Martín Llaryora. Si imita a Javier Milei, sonará a una copia barata del Presidente en el concierto de marcas políticas en la Argentina. Eso es aún más difícil en Córdoba, donde la adhesión a Milei, como ocurrió antes con Mauricio Macri, es muy superior a la media del país.
Pero si busca diferenciarse de Milei, aun con la intención expresa de “quedarse en el centro”, es empujado por las mismas circunstancias al kirchnerismo, y quedará como una especie de ladero de Axel Kicillof. Es el riesgo de la polarización profunda que atraviesa Argentina, donde no caló el discurso de Provincias Unidas. Sin centro, inevitablemente queda en el extremo opuesto.
El Schiaretti gobernador la tuvo más fácil. Primero, porque hablaba poco de la política grande, y cuando lo hacía, tenía enfrente a Cristina Kirchner en su primer mandato y a Alberto Fernández en el tercero. Era kirchnerismo puro. Con Macri le fue más simple, porque ninguno ocultaba la afinidad mutua, y eso a los cordobeses les gustaba.
Pero en octubre de 2025 cayó en la trampa del brete: cuestionó a Milei, pronosticó su fracaso económico y perdió por más de 13 puntos ante el desconocido Gonzalo Roca. Los cordobeses entendieron que, en el mejor de los casos, el de Provincias Unidas era un voto perdido que no garantizaba apoyo a los libertarios. En el peor de los casos, leyeron que se había kirchnerizado.
Hasta ahora, Llaryora quedó en una encerrona. Se apuró en enero de 2024 en cuestionar a Milei y perfilarse como presidenciable. Pagó caro almorzarse la cena. Pero iniciada la campaña, se advierte un reseteo integral.
El primer dato es que le tiró una soga a Daniel Passerini, que lo tuvo a pan y agua en los primeros dos años de gestión. Tampoco es que el intendente se desvelara demasiado por resolver los problemas urbanos, tanto esos que necesitan plata como los que no. Se notó la diferencia entre ambos.
Así como a Llaryora le cuesta encontrar un perfil propio después de Schiaretti, a Passerini le sucede algo parecido. Se parece más a un ministro de Desarrollo Social (entrega aportes, participa de la apertura de la pileta de un club, inaugura una plaza) que al gestor de la segunda ciudad del país. Ciudad que, como todos sabemos –especialmente los que se postulan para gobernarla- es extensa y poblada en baja densidad. Eso debiera ya dejar de ser una excusa, y el intendente de turno debiera trabajar en revertirlo.
Lo segundo es que Llaryora se muestra más abocado a la gestión de su territorio que a cuestionar lo que hace o deja de hacer Milei. El intendente debiera abocarse a lo mismo. Sonó irritante Passerini cuando dijo que no podía tapar más baches porque Nación hace dos años que no les manda plata a los intendentes y se queda con el 21% del IVA que se paga en las boletas de luz, agua y gas.
Dos errores: el 57% del IVA se coparticipa a las provincias, que a su vez le coparticipan a los municipios. Es decir, Córdoba recibe IVA de los servicios, además de cobrarle el 10% de tasa a la energía eléctrica y 16% a la boleta de Aguas Cordobesas. Lo segundo es que no le corresponde a Nación tapar ningún bache en las ciudades. Que Milei arregle la macro, a la que todavía le falta.
Llaryora parece entender que no tiene aún el rodaje de Schiaretti o de José Manuel de la Sota y que está en construcción, con un contexto nacional totalmente distinto al de sus antecesores. Por eso, más que los movimientos propios, lo que interesa –ahora que la campaña está lanzada– son los pasos de la oposición.
El escenario ideal sería que Luis Juez vaya por su lado; Rodrigo de Loredo por el radicalismo, y Gabriel Bornoroni por los liberales. El sueño de un frente fraccionado en tres.
Pero Juez entiende que, para Milei, Bornoroni le es mucho más útil en el Congreso que como gobernador, y que su todavía compañero de milanesas tiene claro que su aspiración personal es gobernar Córdoba. Por eso el Frente Cívico prepara una serie de sigilosos movimientos al estilo de la licitación de drones que objetó el Tribunal de Cuentas.
El celular de Juez no para de recibir mensajes de gente que dice tener pruebas que podrían complicar (y mucho) a un ministro, también de ADN sanfrancisqueño. Juez y Bornoroni aseguran que no van a competir entre sí y que, incluso con De Loredo haciendo la suya, podrían ganarle a Llaryora si la elección fuera hoy.
El problema es que para la elección falta poco más de un año. El mileísmo puro, como Bornoroni, no dice nada sobre la gestión local, lo que despista, porque nadie sabe qué quiere él.
Juez, De Loredo y quienes compitan tanto para la provincia como para la ciudad saben que su suerte está más atada al devenir de Milei en la Nación que a lo que hagan o dejen de hacer en territorio cordobés. Eso también los pone en un brete; casi como que están atados de pies y manos. Encima, el peronismo está dispuesto a dar pelea. ¡Y cómo! Llaryora anunció que seguirá bajando impuestos, que habrá más plata para repartir entre algunos jubilados y que hasta busca la manera para que el Banco de Córdoba sea más laxo con la deuda de los empleados estatales que gastaron más de los que les daba el cuero.
























