El riesgo país superó los 900 puntos. Luego de varios meses de calma, el dólar volvió a ser el refugio preferido de inversores y ahorristas. En un clima político revuelto por el rechazo a los dos postulantes del Gobierno para la Corte Suprema de Justicia y los tironeos por las próximas elecciones legislativas, quienes tienen responsabilidad de gestión, como el gobernador Martín Llaryora, miran lo principal por sobre lo accesorio: la inestabilidad de los mercados financieros genera incertidumbre política.
En la historia repetida de las últimas cuatro décadas de democracia, los gobiernos elegidos por el voto popular tienen como principal enemigo la escasez de dólares.
Salvo los primeros años de la gestión de Raúl Alfonsín, que tuvo que lidiar con los últimos resabios del poder militar, los presidentes que lo sucedieron siempre se tuvieron que preocupar por el color verde: no por el de los uniformes del Ejército, sino el del billete estadounidense.
Suena exagerado hablar en este momento de un panorama económico dramático. La gestión de Javier Milei aún no está en una encerrona tan profunda como tuvieron otros presidentes. Pero entre los gobernadores sobrevuela un clima de preocupación que se alimenta con la incertidumbre que generan las siempre ríspidas negociaciones con el FMI.
En las últimas dos semanas, las comunicaciones entre los gobernadores fueron intensas. No hubo distinciones ideológicas. Todos hablan con todos, incluyendo a los cristinistas. Hay un denominador común: la preocupación por la marcha de la economía.
La sensible epidermis de los argentinos se irrita cuando se habla de negociaciones con el FMI, dólar libre en ascenso y promesas del Gobierno de que todo se calmará cuando se firme el discutido acuerdo y vengan los benditos desembolsos, que nunca alcanzan para resolver todos los problemas.
Apoyo popular en baja
Llaryora era uno de los tantos políticos que no entendían cómo un presidente que aplica el “ajuste más grande de la historia”, como le gusta ufanarse a Milei, tenía un sólido respaldo popular, al menos hasta fines de enero pasado.
Errores no forzados de la gestión libertaria, como el escándalo cripto, los discursos inflamables y discriminatorios con algunos sectores sociales y la derrota en el Senado por los integrantes para la Corte Suprema llevaron a esta realidad: Milei, el presidente con menos apoyo político parlamentario, afronta una inestabilidad de los mercados en medio de una áspera negociación con el FMI. Además, de una caída en los niveles de apoyo popular, según todos los sondeos de opinión.
Como la mayoría de sus colegas, Llaryora no tiene espacio para regocijarse del evidente debilitamiento político de Milei.
Más allá del optimismo que muestra el gobernador en sus discursos, y que también difunden sus funcionarios más cercanos, la gestión llaryorista enfrenta sus propios problemas. El principal es que mantiene dependencias respecto del poder central.
El gobernador dice en privado que podría afrontar los vencimientos de 480 millones de dólares que la Provincia debe pagar de aquí a diciembre. Si así fuera, eso obligaría a su administración sólo a pagar deudas. Ni hablar de la realización de obras.
La deuda en dólares es herencia de la gestión anterior, por las obras que en su momento ejecutó Juan Schiaretti.
En este sentido, Llaryora no tiene lugar para el pataleo. Aquel ambicioso plan de infraestructura es lo que le permitió llegar –no sin sobresaltos, porque derrotó al opositor Luis Juez por sólo 64 mil votos– al sillón principal del Centro Cívico.
Desde hace un par de meses, cuando logró entablar una sólida relación con el ministro de Economía, Luis Caputo, el gobernador se diferencia, pero evita los cruces frontales con los libertarios.
Llaryora se ubica entre los mandatarios “dialoguistas”. En realidad, se trata de gobernadores que buscan algún tipo de asistencia de la Nación.
El mandatario cordobés espera que Milei cierre el acuerdo con el FMI para salir a colocar bonos de deuda en pesos en el mercado local, para comprar dólares que le permitan afrontar los vencimientos de la deuda externa cordobesa.
Los zigzagueos de Llaryora en su relación con la Casa Rosada son el fiel reflejo de una situación incómoda: un Milei fortalecido en las encuestas es una amenaza para los políticos tradicionales. A la inversa, un presidente débil y con un plan económico en dificultades puede arrastrar a todos a otra de las recurrentes crisis que padeció el país.
El gobernador es consciente y se lo recuerdan algunos peronistas memoriosos: de una crisis profunda no se salva nadie. Menos quienes tienen responsabilidades de gobernar.
Llaryora tiene un plan: conseguir avales de la Nación para tomar deuda y cumplir con los vencimientos, y garantías de créditos para obras de infraestructura. Está convencido de que esto le permitirá seguir en el poder provincial después del lejano 2027. Para esto necesita una economía nacional estable.
Por eso, el gobernador prende velas para que Milei acuerde con el FMI y la calma llegue a los mercados. La política después se arregla.