Javier Milei se encontrará hoy en el Foro de Davos con una agenda compleja. Si esa agenda fuese sólo de economía, tendría motivos para explayarse; pero Donald Trump llegará al encuentro con un desafío inédito al orden global vigente y Milei está alineado con esa iniciativa, cuyo alcance desconoce.
Horas antes del encuentro en Davos, el Fondo Monetario Internacional revisó y confirmó sus últimas previsiones para la economía argentina. El FMI estima que creceremos un 4% este año y el próximo. Casi un punto por encima del crecimiento global. Más que las dos economías más grandes de la región: Brasil desaceleraría a 1,6% este año y México a 1,5%.
Los sectores locales más dinámicos seguirán siendo el energético, el minero, el agro, la tecnología y las finanzas. La minería creció al punto de emplear a 100 mil personas, contra 73 mil de la industria automotriz.

El programa de estabilización de precios camina despacio hacia el objetivo de una inflación acorde con los estándares globales. Los precios mayoristas de diciembre crecieron por sobre el 2% que el Gobierno intenta perforar en el índice minorista.
El nuevo esquema cambiario mantiene un dólar estable con el Banco Central intentando recomponer reservas a un ritmo tenue. La base del programa, que es la disciplina fiscal, continúa bien. Los números al cierre del año pasado mejoraron, incluso considerando el peso de la deuda.
Según dejó trascender la Casa Rosada, este año Milei volverá a Davos para hacer foco en la economía. Una prevención atinada, salvo por el enfoque que Donald Trump le quiere dar a la reunión. El presidente norteamericano aceleró el pulso del Foro. En las horas previas lanzó señales de que concurrirá, pero para abordar una agenda geopolítica. Más que económica, de seguridad global.
Las señales fueron al estilo Trump: disruptivas e impetuosas. Publicó una imagen suya conquistando Groenlandia y otra en la Casa Blanca con un mapa de Estados Unidos que incluye a Canadá. Imágenes ficticias, intenciones reales.
La más concreta y ambiciosa de esas iniciativas es la promoción de un “Consejo de la Paz”. Un nuevo organismo global anunciado, en principio, como algo destinado a reconstruir la economía y asegurar la paz en la Franja de Gaza, pero cuyos objetivos son tan amplios que tienden a suplir funciones que hoy tiene asignadas la Organización de las Naciones Unidas.
El estatuto fundacional del Consejo en formación le asigna triple voto a Trump: como representante fundacional por los Estados Unidos, como presidente actual de su país, y como autoridad de desempate en votaciones reñidas. Y también poder de veto.
Trump dispondrá de la invitación inicial para la membresía, elegirá a los miembros de una Junta Ejecutiva y podrá remover a sus miembros.
Membresía, alineamiento, controversia
La membresía no será gratis. El país que la quiera de manera permanente deberá pagar 1.000 millones de dólares. Los líderes europeos vacilan. Para asomarse al vértigo de esas incertidumbres: Trump, que promete arrebatarle Groenlandia a los daneses, es al mismo tiempo el socio mayoritario de la Otan, alianza militar que garantiza la seguridad europea desde la última posguerra.
Milei fue invitado en la hora cero del Board of Peace y aceptó integrarlo. Es probable que sea exceptuado de la matrícula. Pero el tema central en los pasillos de Davos no será la mejora económica que Milei puede exponer, sino la discusión incipiente de un nuevo orden global.
Después de su decisiva intervención en el conflicto de Gaza y de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro, Trump aceleró las dos condiciones previas a la emergencia de un nuevo orden: la promoción del desorden y la negociación de un equilibrio distinto.
Esto disparó una enorme controversia sobre el alcance y la eficiencia del orden internacional basado en normas construido por los aliados tras la Segunda Guerra Mundial. El Consejo de Paz que quiere armar Trump ya cumplió un primer objetivo: interpelar la inercia de la ONU.
Como ironizó días atrás el productor de contenidos digitales Tomás Di Pietro en la revista Panamá, Occidente acumula cuatro generaciones fantaseando que la Tierra es la aldea de los pitufos. Trump es un “autócrata suelto en Hollywood” cuya novedad no es que trae la anarquía, sino que la expone sin hipocresía.
Estas observaciones pueden ser aguijones para la discusión, pero coquetean con un riesgo impredecible: el riesgo de que Trump y su declamado amor salvaje por los valores de Occidente avance en su objetivo de destruir los restos del equilibrio presunto sin conseguir reemplazarlo por otro más eficiente.
En ese contexto, queda abierta la controversia sobre la posición argentina.
Los académicos Luis Schenoni y Juan Pablo Laporte, especialistas en relaciones internacionales, opinaron, tras la caída de Nicolás Maduro, que se está produciendo un baño de realismo en la escena global.
Sostienen que para América latina es una oportunidad para abandonar ficciones persistentes, como el no alineamiento o la multipolaridad, y que en contextos de alta polarización del sistema internacional, el alineamiento no es una elección de política exterior, sino una condición material de pertenencia hemisférica.
“En la ausencia de latitud estratégica-militar, el alineamiento activo es la mejor política exterior”, explican. “La verdadera disyuntiva radica en si ese alineamiento será pasivo e inercial, o activo y negociado”.
¿Tendrá la Argentina de Milei (y sus adversarios ausentes) la sofisticación diplomática requerida para esa negociación?























