Hay una línea imaginaria que une, desde Florencia a Milán, a dos grandes pensadores italianos. En la Florencia de los Médici, Nicolás Maquiavelo ideó en tiempos del Renacimiento un consejo que ha servido de guía a la política desde entonces: como los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en aquello que es suyo y no en lo que es de otros. Le conviene al líder político ser temido antes que amado.
Es una recomendación citada hasta el infinito por el análisis político, aunque no siempre se añade lo que Maquiavelo advierte de inmediato en el capítulo 17 de El príncipe: ser temido no es lo mismo que ser odiado. Y para evitar ser odiado, el príncipe debe abstenerse siempre de rapiñar los bienes ajenos; porque los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio.
Cinco siglos después, en el Milán de los Sforza, Umberto Eco dio una vuelta de tuerca a esa idea. Recordó en una entrevista que el amor es una emoción extremadamente selectiva: “Si yo te amo, quiero que tú también me ames. Y no quiero que ames del mismo modo a ninguna otra persona. Tampoco quiero que otra persona te ame así. Eso restringe las relaciones humanas. En cambio, el odio es generoso. Tiende a unir a todas las personas contra otras personas. Por eso es usado por los políticos tan frecuentemente. No convocan a amar, sino a odiar”.
Eco intuye que el consejo de Maquiavelo involucionó hacia una sofisticación práctica en la política moderna: los políticos prefieren ser temidos antes que odiados, y para eso incentivan que los otros se odien entre sí. Es la idea que Eco sugiere en un breve ensayo al que tituló: Construir al enemigo.
En la era de los populismos a izquierda y derecha, el incentivo al odio cruzado de las infinitas tribus que pueblan la aldea global es una herramienta eficaz con la cual los líderes han conseguido administrar la política de las emociones: consiguen el temor necesario para conducir, magnifican el amor que sólo sus fanáticos les profesan, y evitan ser odiados –pese a que rapiñan bienes ajenos– reconduciendo con sagacidad el odio para que se esparza generoso en el campo de batalla de dos grandes polos enfrentados: nosotros y ellos.
¿Qué ocurre con los sistemas políticos a partir de esa aceleración del maquiavelismo, de la acción defensiva para evitar el odio a la acción programada para inducirlo? El odio es tan generoso como diverso. Produce y reproduce divisiones y subdivisiones hasta el infinito. Lo más probable es que fragmente la escena política a niveles inesperados, porque la emoción social que prima no es la construcción de un sujeto colectivo sino su infinita diferenciación.
Diásporas para todos
Algo de eso es lo que se viene observando en el sistema político argentino desde la crisis de principios de siglo y se acentuó en 2023 en las elecciones que se realizaron ante la acechanza de una nueva hiperinflación. La representación política sigue amarrada al modelo que fracasó.
Hay evidencias nítidas de ese conflicto. Para los comicios de mayo en la Ciudad de Buenos Aires, la oferta electoral de las fuerzas que se perciben como liberales se astilló de una manera tan acentuada que superó con amplitud la fractura de sus contrincantes de raíz kirchnerista.
A su vez, el peronismo conducido por Cristina Kirchner tampoco pudo unificarse y concurrirá dividido en los siete distritos que adelantaron sus elecciones. A diestra y siniestra, en el oficialismo o en la oposición, la política aparece tribalizada.
No se trata sólo del impacto de la crisis económica en la representación política. Hace rato que el sistema viene improvisando parches para adaptarse a una realidad esquiva. Lo intentó exagerando un coalicionismo sin bases sólidas, más cercano al rejunte que a la coincidencia programática. Probó con la estatización de sus conflictos internos, obligando por ley de voto ineludible a que los ciudadanos diriman lo que los dirigentes eluden concertar.
Nada funcionó. Con resignación, la política aceptó el fracaso de la normativa sobre las Paso y se allanó a la boleta única de sufragio porque ya era escandaloso sostener el sistema anacrónico de la antigua boleta partidaria, hecha a medida para que las elecciones las ganen quienes compran fiscales y no quienes juntan votos.
El impulso de estas reformas no llegó a tiempo para normalizar la calendarización interminable. Con la excusa de la discusión exclusivamente distrital, el desdoblamiento al infinito de las elecciones locales se transformó en la herramienta favorita de los oficialismos de turno para organizar comicios con cancha inclinada.
Tampoco se avanzó con la reforma de los esquemas irregulares de financiamiento de la política. Hay ejemplos cercanos: Córdoba tiene una Legislatura paralela con más intendentes desocupados que legisladores; la Casa Rosada todavía debe explicaciones sobre ese mecanismo opaco de financiamiento con criptomonedas que asomó en febrero.
En ese contexto de fragmentación por tribus, la vida cotidiana se tensa con el estorbo político. Hay un conjunto de fuerzas que hoy apuestan al desfinanciamiento internacional de nuestro país porque de allí sobrevendría una gran devaluación, mayor inflación y riesgo político para el oficialismo. En la Casa Rosada, apuestan al revés: apurar el financiamiento externo, negarse a cualquier ajuste del tipo de cambio, acentuar la baja de la inflación y ganar en octubre.
Sólo algunas voces imparciales sugieren explorar los matices: aceptar el financiamiento externo, adecuar la política cambiaria porque está crujiendo, asumir el riesgo de alguna volatilidad temporaria y controlable, y profundizar el rumbo económico.
Sin incentivar ningún odio. Sólo evitando la rapiña de bienes ajenos.