Si la destrucción planetaria fuera inminente, ¿querríamos enterarnos? ¿Sería mejor saberlo y desatar el caos consecuente que transcurrir la vida cotidiana como si todo siguiera igual? En la película No mires arriba (2021), Leonardo Di Caprio y Jennifer Lawrence inician una gira por todo el mundo para intentar convencer a la gente de que un asteroide está a punto de terminar con la vida en la Tierra. Pero nadie parece interesarse en tomar nota del asunto.
En 1998, la cineasta Mimi Leder puso a Robert Duvall, a Téa Leoni, a Elijah Wood y a Vanessa Redgrave, entre otras estrellas de Hollywood, a interpretar las reacciones humanas antes de la llegada del fin del mundo, en Deep Impact. Lo hizo a través del intento por destruir un cometa de 11 kilómetros de diámetro destinado a causar una extinción masiva.
En Armageddon, también de 1998, Bruce Willis, Ben Affleck y Billy Bob Thorton buscan salvar la Tierra del impacto de un asteroide del tamaño de Texas.
Algo mucho más poético logró Lorene Scafaria en Buscando un amigo para el fin del mundo (2012), donde Steve Carell y Keira Knightley descubren la amistad en tiempos de apocalipsis, en víspera de la caída de un meteorito que destruirá la Tierra.
Pero los filmes sobre el temor a que nuestro planeta sea impactado por un meteorito no nacieron en los ‘90. En 1951, se estrenó Cuando los mundos chocan (basada en el libro de Edwin Balmer y Philip Wylie, de 1933). Allí se narran, ante la inminente destrucción de la Tierra (con una estrella llamada “Bellus”), los esfuerzos por construir una nave espacial que transporte a un grupo de gente a Zyra, un planeta similar a la Tierra.
Y así sucesivamente.
Hasta existe un Día del Asteroide, que se conmemora cada 30 de junio, fecha impulsada por Brian May, guitarrista de Queen y doctor en Astrofísica.
Todas estas cuestiones renacen cada vez que se difunde información acerca de los riesgos de que un meteorito impacte la Tierra, momento en el cual ya será tarde para completar la lista de eternos asuntos pendientes, como reconciliarse con un examigo o arreglar la canilla que pierde desde hace semanas.
El reciente debate por el riesgo de que el asteroide 2024 YR4 colisione con nuestro planeta desató todo tipo de especulaciones y mitos, algunos muy reñidos con la realidad.
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Un experto cordobés
Guillermo Goldes es astrónomo, divulgador científico y docente en la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (Famaf) de la UNC. Explica de la manera más simple posible las claves sobre qué es ese hallazgo, cuáles son los riesgos y qué se podría hacer en caso de que la Tierra corriera peligro.
–¿Qué es el asteroide 2024 YR4?
–Es un cuerpo rocoso, que se estima que tiene entre 50 y 100 metros de diámetro, que forma parte de lo que se conocen como asteroides del tipo Apolo. Los asteroides son cuerpos en general rocosos y de forma irregular que orbitan en grandes cantidades, principalmente entre las órbitas de Marte y de Júpiter. Muchos tienen órbitas bastante circulares. Pero otros no; por ejemplo, los de tipo Apolo. Sus órbitas son alargadas, y cruzan la órbita de la Tierra.
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–¿Cómo se descubrió?
–Lo descubrió Atlas, el Sistema de Última Alerta ante Impacto Terrestre de Asteroides. Atlas está activo desde 2015. Tiene estaciones de monitoreo en Hawái, en Sudáfrica y en Chile. A este asteroide 2024 YR4 lo descubrieron desde el observatorio El Sauce, en río Hurtado, Chile, en diciembre de 2024. Eso queda cerca de La Serena, en el norte.
–¿Podría impactar contra la Tierra? ¿Cuándo sucedería?
–Por lo que se sabe hoy, existen probabilidades de que impacte con la Tierra en 2032. Como tiene un período de algo más de cuatro años, pasaría de nuevo en 2028, aunque más lejos de lo que pasó en 2024, que fue a 800 mil kilómetros. Parece mucho, pero en términos astronómicos es acá, a la vuelta de la esquina. Pero en 2032 pasaría mucho más cerca, con chances de que directamente choque contra la Tierra. El cálculo de la órbita debe irse corrigiendo todo el tiempo, porque estos cuerpos relativamente pequeños son fáciles de desviar, sea por choques con otros cuerpos o por la atracción gravitatoria de otros planetas, especialmente Júpiter.
–La Nasa dijo primero que las chances del impacto eran del 2,6%, después bajó. ¿Es preocupante?
–Se llegó a calcular un 3% y luego bajó hasta menos de 0,1%. Pero, como digo, eso puede cambiar. Y, en principio, sí es preocupante. Es la primera vez desde que se monitorean en forma constante estos cuerpos –que son potencialmente peligrosos para la Tierra– en que la probabilidad es mayor al 1,5%. Además, como sabemos a ciencia cierta sobre grandes impactos en el pasado remoto, no es algo que se pueda tomar a la ligera.
–¿Qué pasaría si chocara contra la Tierra?
–Seguramente sería trágico, pero probablemente, por el tamaño más o menos reducido de esta roca espacial, no sería una catástrofe a nivel global, de esas que ponen en riesgo la existencia misma de la Tierra, como la colisión que originó la Luna, en la época de formación de nuestro planeta. O la que probablemente provocó las extinciones masivas hace 66 millones de años, incluyendo a los pobres dinosaurios. Si se produjera ese desafortunado impacto, habría que ver dónde se produce. Si es en el mar, que cubre el 70% de la superficie terrestre, los resultados serían diferentes a lo que pasaría si llegara a caer en tierra, por las enormes nubes de polvo que esta última situación generaría. Aquí el factor central es la enorme velocidad con la que se produciría ese impacto. Eso implica la liberación de mucha energía. Esa cantidad de energía no es tanta si se la considera a nivel global sobre todo el planeta, pero es una gran cantidad concentrada en el punto de impacto. Sería un evento que involucraría entre 10 y 100 veces más energía que la liberada por la explosión de la bomba atómica de Hiroshima. Es decir, en el punto de impacto y alrededores, en caso de caer en tierra, la devastación sería total y absoluta.
–Si el asteroide se dirigiera a la Tierra, ¿habría cómo detenerlo?
–Detenerlo no. Pero se podría intentar desviarlo, cuando aún esté lejos. Recordemos que tenemos casi ocho años antes de que se transforme en una verdadera amenaza. Si uno lo desvía de manera bien calculada cuando aún está lejos, eso podría alejarlo lo suficiente de la Tierra. Después tenemos las opciones que nos ha propuesto Hollywood desde hace décadas. Recuerdo una película que se llamaba Meteoro, con Sean Connery, de 1979. Creo que fue la primera que proponía usar misiles nucleares para detener un gran cuerpo celeste. Y esa misma línea la han propuesto muchas otras películas, como Impacto profundo, Armageddon, Jinetes del espacio, etcétera. En principio, opino que no es una buena idea. Se trata más que nada de estrategias que buscan legitimar las armas de destrucción masiva, al proponer que, además de matarnos, también nos podrían salvar. Y creo que es absolutamente dudoso. Además de que jamás se ha probado y de que sería muy difícil hacerlo. Hay algunos estudios, basados sólo en simulaciones, que proponen que una explosión nuclear bien calculada, de algo así como un megatón (unas 70 veces la potencia de la bomba de Hiroshima), podría vaporizar gran parte de un asteroide pequeño –como este– y en todo caso desviar la trayectoria de lo que quedara. Pero, claro, una cosa es el nivel de control que se puede tener sobre un impacto de un cuerpo pasivo, un peso muerto que actúa al chocar contra el asteroide para desviarlo, y otra cosa, los resultados mucho más imprevisibles de una explosión nuclear. Una explosión nuclear, además, deja como residuo una nube radiactiva muy, muy peligrosa.
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–¿Qué es el programa Dart de la Nasa?
–Dart es una sigla de un proyecto puntual de la Nasa que significa “prueba de redireccionamiento de asteroide doble”, y al mismo tiempo en ingles significa “dardo”. Dart tuvo éxito en 2022, con el asteroide Dimorphos, que no era amenazante, pero se logró desviar y cambiar su órbita con esta técnica. Literalmente se lo chocó con una sonda no tripulada, con velocidad y dirección controlada, y se lo desvió. Hoy, esta es la principal línea en estudio para desviar un cuerpo celeste con el impacto de una sonda pasiva. Produciría desviación sólo por el impulso que transmite, sin ninguna explosión de por medio. Yo creo, personalmente, que la cosa irá por ahí, en caso de ser necesario. Y digo en caso de ser necesario porque creo que existe una alta chance de que, con el paso del tiempo, las probabilidades de colisión de 2024 YR4 disminuyan; quizás porque sea desviado naturalmente, sin necesidad de que nosotros intervengamos.
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–¿Es la única amenaza de este tipo?
–Es la más inminente, pero no la única. Se cree que hay millones de asteroides del tipo Apolo que cruzan la órbita de la Tierra. Y hay muchos otros asteroides fuera de ese grupo, que también se hallan próximos a la Tierra, aunque no crucen su órbita. Uno de ellos es Apophis, que pasará muy cerca de la Tierra en 2029, aproximadamente a 40 mil kilómetros, es decir, a una distancia igual a tres veces el diámetro de la Tierra. Anteriormente se lo consideró una seria amenaza. Hay que decir que el Sistema Solar interior, donde vivimos, es un lugar bastante más seguro que en el pasado, porque la gran mayoría de los cuerpos que se encontraban en órbitas muy excéntricas, y por lo tanto cruzaban otras órbitas, ya han chocado a lo largo de los 4.500 millones de años de historia del Sistema Solar. Pero, aun así, potencialmente sigue habiendo muchos cuerpos que, a la corta o a la larga, pueden chocar la Tierra. Probablemente estamos en un momento muy especial, por cuanto ya se pueden pensar en sistemas de defensa planetaria como Dart o algún otro. Ahora bien, si un cuerpo muy muy masivo estuviera en rumbo de colisión, probablemente no tendríamos chances de prevenir esa catástrofe. Las probabilidades de una colisión así, catastrófica a nivel planetario, son ínfimas, aunque no iguales a cero. Veremos en los próximos años qué pasará con 2024 YR4. Será una pequeña prueba.